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Las guerras plásticas

Artículo correspondiente al número 207 (29 de jun al 12 de jul 2007)

Conflictividad y una cierta balcanización fueron dos de los aspectos de la escena plástica nacional que más llamaron la atención al curador cubano Gerardo Mosquera, editor del libro Copiar el Edén publicado el año pasado. De los cuestionamientos no se libra nadie. Ni siquiera el libro. Por Luisa Ulibarri

 

Recojo de La mala memoria, suerte de historia personal del Chile contemporáneo publicada por Marco Antonio de la Parra hace diez años, una cita de George Steiner: “Recordar es exponerse a la desesperación”. Bueno, es lo más parecido a lo que me ocurre cada vez que tomo el voluminoso libro Copiar el Edén, Arte reciente en Chile, editado por el curador y teórico cubano Gerardo Mosquera a solicitud de Tomás Andreu, gran galerista chileno, y apadrinado por nuestra Cancillería. Pienso que en definitiva en nuestro país nadie quiere a nadie, que nadie quiere a nuestro país. Las ácidas pugnas entre artistas, críticos y funcionarios en las últimas tres décadas me hacen concordar con Mosquera cuando dice que el arte en Chile es “un Irak de grupitos, tensiones y conflictos”. La obra se sostiene en seis ensayos y 74 fichas de los artistas seleccionados por Mosquera, breves entrevistas, biografías de autores, más una variopinta y algo arbitraria antología de citas varias de textos sobre arte contemporáneo en Chile.

Es un libro respetable y potente. Tiene 645 páginas, una esmerada presentación visual y gráfica, una abundante cantidad y variedad de fotos (497) de la producción artística de creadores de todas las edades y tiempos históricos en las últimas tres décadas, no obstante que más de alguien echará de menos a ciertos nombres y exigirá explicaciones por la presencia de otros.

Aunque no se trate de un trabajo circunscrito al arte reciente como reza su título (¿qué es lo etimológicamente “reciente”, es la pregunta que surge al cerrar la última página?), Copiar el Edén tiene el mérito de recopilar y sistematizar. Y también el de seleccionar. Bueno, es el libro que el galerista Tomás Andreu le pidió a Mosquera y a otros autores de los textos, donde cada cual ejerció su derecho a elegir.

Raro y no tan bueno es que a solicitud de galerista privado, y con la bendición oficial de la Cancillería, queramos convertir Copiar el Edén en el referente más fidedigno de la historia de nuestras artes visuales entre los 70 y los 2000 porque, meritorio y todo, no lo es ni podría serlo. Basta leer lo que se ha escrito sobre el tema dentro y fuera de Chile para advertir que este Edén es una opción válida, pero no la decisiva. Sobre esta premisa es más cuerdo y objetivo hincar el diente y opinar.

 

Obras y textos

Vamos. Lo más elocuente del libro es la introducción de su autor. Mosquera, como curador de cartel y hombre inteligente que es, apadrina la experiencia manteniéndose a una respetable distancia del tema y de la escena, con bastante ironía y un algo que en buen chileno podría equivaler al No me ayude usted compadre…

A poco andar en lo que los franceses denominarían el avant-propos de esta aventura, Mosquera cree que en este período el arte chileno adolece de una inflación de textos por sobre las imágenes. Dice que hay un tsunami de tinta en ese gusto chileno por ejercer algo más cercano al discurso erudito que a la crítica directa. Dice que los artistas parecen legitimar a sus mentores antes que mostrar y comunicar sus obras (hechas “más cerca de la lucubración y elaboración de teorías”) que a través de sus sentidos y fuera del santuario de las elites. Dice verdades tremendas.

Citando a Nelly Richard y Adriana Valdés –dos de las ensayistas invitadas al volumen– sostiene que en ciertos casos la obra parece un pretexto para el discurso. Y constata dos sorpresas: “la dramática desconexión entre una economía que juega con relativo éxito en el tablero de la globalización”, y una sociedad o cultura general “provinciana, localista, cerrada en estructuras de tradición oligárquica”. Por otro lado, dice que “basta notar que la mayor parte de las obras reproducidas permanecen en poder de los artistas para apreciar lo reducido del coleccionismo de arte contemporáneo como público”.

Se asombra también al constatar que la situación “de pueblo chico, infierno grande” de la escena plástica chilena perdure en una ciudad que ha crecido tanto como Santiago y dentro de una práctica del arte demasiado ajena de los circuitos internacionales. “Quizás a manera de una neurosis nacida del tan llevado y traído aislamiento del país, el mundo del arte chileno sigue siendo demasiado enfocado en sí mismo y satisfecho en su sexo solitario”. Pero a reglón seguido reconoce que en tres décadas de arte hay un corpus sólido de obras, consistencia y que la textura de la escena artística chilena la sitúa como una de las más notables de América latina y de gran interés internacional. Sin embargo, agrega que el nuestro es como un arte de Corea del Sur que no circulase ni siquiera adecuadamente allá, porque no muestra con constancia ni arrojo sus reales méritos y bondades al exterior.

En Chile, dice, hay rigor pero también aburrimiento, una cultura de refinamiento con algo de monasterio, donde la palabra que manda como una suerte de mantra, es “desplazamiento”. Define a la escena de avanzada como referente obsesivo y fantasma doméstico responsable de haber producido un momento de energía cultural que responde agudamente a su entorno. Define al arte chileno como de sólido nivel y, también como una “meseta sin cumbres” donde los talentos andan por ahí tranquilos, sin impulso, estallido, garra ni atrevimiento, pues “la escena artística chilena de hoy es como un equipo de fútbol que juega bien pero no mete goles”. Ni menos ni más. Y eso solo para comenzar.


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