|
|
Bienvenido, te encuentras en Inicio Reportajes y Entrevistas Las guerras plásticas |
Califica este artículo
Otros artículos de la sección:
Artículo correspondiente al número 207 (29 de jun al 12 de jul 2007)
Con todo, en función de los contenidos de la obra, la historia da para un poco más. Basta leer la obra y las fichas y entrevistas para comprobar que estamos ante un amplio panorama –y también ante una trama– de la escena visual chilena de las tres últimas décadas. Y para comprobar también que no todos los creadores y las obras fueron fagocitados por una escritura pontifical, pues la pintura, la escultura, el grabado, las técnicas mixtas y algunas instalaciones de la época tuvieron su propia autonomía de vuelo. Que es cierta la inexistencia de un coleccionismo y políticas públicas de adquisición de arte chileno para incrementar nuestro patrimonio cultural. Que la difusión internacional de nuestras artes visuales, iniciada en forma privada y tímida mediante contactos y movidas personales de los artistas a mediados y fines los años 80, sigue siendo una tarea pendiente, no obstante esfuerzos pioneros y realizados a fines de los años 90 y primeros tres años de los 2000, cuando Chile se insertó con fuerza en certámenes como las Bienales de Arte y Arquitectura en Venecia, y en la Cuadrienal de Artes Escénicas en Praga, entre otros.
No resulta peregrino pensar que en la lógica de Mosquera y de quienes hemos estado en el ojo de la tormenta, esto se deba a los deficientes mecanismos de inserción de las artes visuales chilenas en el ruedo internacional. Ni hablar de un análisis autoflagelante donde se desprenda que nuestros artistas y sus obras no son apetecidas ni resultan del todo meritorias, a ojo de los parámetros de curadores, teóricos y quienes arbitran sobre estas materias más allá de nuestras fronteras. Lo que sí resulta necesario, de una vez por odas, es espantar fantasmas y develar la inexistencia de política cultural coherente y enfocada al exterior.
Definitivamente, la Cancillería no se sumó al entusiasmo que generó en junio de 2003 la creación del Consejo Nacional de la Cultura. Incluso eludió su propia responsabilidad de asumirse –como en casi todos los países– en cuanto brazo y la expresión creativa del país en el exterior. Y hoy, reparando lo que en casa falta, se apoya en un libro de terceros, varios de los cuales disparan sin miramientos a su propia casa por la falta de oxigenación internacional de nuestros creadores. No obstante esta paradoja, hay una aceptable suma de artistas jóvenes trabajando con fuerza en diversos países del mundo. El propio libro lo prueba. Cierto que un Matta todavía no, pero quizás ya vendrá.
En su eje central, el libro urde un tejido respetable necesario para que tanto legos como eruditos puedan orientarse. El lenguaje es menos críptico y teórico que la semiología y nomenclatura habitualmente ininteligible de algunos de sus autores, lo que facilita su lectura. Pero resulta raro un estilo editorial donde el propio editor pega un disparo fulminante desde la partida al temario de su obra, donde las fichas de los artistas son de un reduccionismo adolescente y donde uno de sus ensayistas centrales –el curador y teórico Justo Pastor Mellado– ha descuartizado el libro después en tres textos publicados en su página web.
No todo son balazos en este juego paródico y aparente de inscripción e ironías, de desencanto y complicidades. Aparte de la provocadora introducción de Mosquera, los ensayos de Adriana Valdés, Nelly Richard, Justo Pastor Mellado, Machuca+Berríos, y Catalina MENA se ciñen en tono correcto y más zen a la tarea que posiblemente se les encomendó investigar.
Adriana Valdés contextualiza el arte chileno desde el trauma del 73 hasta aterrizar en la etapa de los 90 y los 2000. Su prosa mezcla cadencias proustianas con las de Julia Kristeva. Richard es pura escena de avanzada, movimiento que ella bautizó y donde cita lo justo y necesario de esa operación que lideró por años. Machuca+Berríos se aplican informados pero un poco a ras de tierra al tema que les atañe: la institucionalidad del arte, en la esfera pública, privada y municipal de galerías y museal. Mellado exhibe una ierta inscripción testimonial de artistas chilenos en un circuito internacional que muchas veces él mismo orientó. Catalina Mena pone una nota refrescante al ocuparse en su ensayo, y en las breves entrevistas incluidas en este libro, de una generación emergente aún no tan conocida, pero potente para su edad (entre 23 y 30 años).
Sin embargo, no son los ensayos y reflexiones expertizadas, sino las fichas con información breve y fotografías, las que ocupan la mayor extensión del volumen.
Copiar el Edén es una obra cuyos filones también invitan a sumarse a la provocación y al debate punteado por su editor. Algunas afirmaciones demasiado rotundas y excluyentes, por ejemplo, silencian otras lecturas de la historia de nuestras artes visuales de Chile en los últimos treinta años. No es muy simétrico que, al margen de un pocos elegidos, mecenas como Mario Fonseca y Francisco Zegers, o escritores preclaros como Cristián Huneeus, la propia Adriana Valdés, Patricio Marchant y Enrique Lihn, Adriana Valdés solo reconozca como textos orientadores de la plástica en los años 70 y 80 los escritos por de los catálogos de unas cuantas galerías de vanguardia, e ignore el periodismo cultural más perseverante de esos años. Sin ir mas lejos, bajo la tutela del crítico Hans Ehrmann –y junto a un equipo conformado además por Skármeta, Alfonso Calderón, Ariel Dorfman, Mariano Aguirre, Carlos Olivarez, entre otros– quien escribe estas líneas daba cuenta periódicamente en Ercilla de los pasos de la plástica chilena de entonces. Misma prioridad tuvieron después revistas como Hoy, Apsi, Análisis y el diario La Epoca.
Otra subestimación concierne a la génesis, el sentido y el rol de la galería Gabriela Mistral. Apenas merece dos o tres líneas en uno de los ensayos. Nacida en 1991 bajo el alero del Ministerio de Educación, con un proyecto heredado hasta hoy, una potente línea editorial en sus catálogos y una colección de arte contemporáneo cosechada en una década de exposiciones (1991-2001) este espacio incubó obras de la gran mayoría de los artistas jóvenes ahí iniciados y que integran un cuerpo de trabajo decisivo en el listado de artistas presentes en este libro. Son ellos los que están en la tímida y pujante escena internacional del arte chileno que tanto y tan acertadamente pena al editor Mosquera. Es el caso de Mónica Bengoa, nuestra representante en la Bienal de Venecia.
En sus Escritos de contingencia, Justo Pastor Mellado agrega otros reparos. Habla del desequilibrio entre las notas y obras expuestas; el inventario de tales obras sin otro orden que el alfabético, su engañosa bibliografía y que el libro cometa la torpeza de “poner toda la carne a la parrilla”. A su juicio sobran Leppe, Dittborn, Díaz, Jaar, Downey y Vicuña “porque son de otra historia” y no del “arte reciente”, una publicación que debiera haber partido en los 90. Aludiendo al patrocinio oficial señala “lo que Cancillería hace muy bien en las relaciones internacionales, no lo hace en las relaciones internacionales del arte por una razón muy simple: el arte no depende de la retórica de la diplomacia. El arte es muy poco diplomático, está en su condición de ser, de otro modo tenemos delante nuestro solo la cortesanía”.
Por suerte, y según califi cadas opiniones, el león no es tan bravo como lo pintan. Refiriéndose al libro y al arte chileno con cierta piadosa misericordia, Dan Cameron, curador del New Museum of Contemporary Art, señala que ”Chile debe sentirse emocionado de contar con un portavoz ideal”, pues si Mosquera está escribiendo sobre una escena artística subestimada durante tanto tiempo, es “porque está próxima a tener su día.” Y, según Ivo Mesquita, otro curador internacional de fuste, esta publicación brinda una actualización de las fuerzas y fricciones que mueven la escena artística de un país que, debido a una deformación del jet set de los circuitos trendy, ha sido relegada a un ingrato rincón.