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Artículo correspondiente al número 271 (12 al 25 de marzo de 2010)
Pese al discurso autocomplaciente que se escuchó en las primeras horas de la tragedia, el país nunca ha estado preparado para enfrentar los terremotos. Así queda en evidencia al revisar los grandes sismos que ha sufrido a lo largo de su historia. Por Alejandro San Francisco.
En 1835, durante su visita a Chile, Charles Darwin escribía una carta que hoy nos parecería una ironía amarga, pero que en realidad también sirve para explicar uno de los rasgos esenciales de la historia nacional. Así se expresaba el sabio: “el suelo está atravesado por grietas, las rocas sólidas parecen temblar, sólidos contrafuertes de entre seis y diez pies de grosor están rotos en pequeños fragmentos. Estoy muy contento de haber llegado a Concepción poco después (del terremoto): es uno de los espectáculos más interesantes que he visto desde que salí de Inglaterra”.
A diferencia del entusiasmo del naturalista inglés, para el gobierno chileno el tema era, obviamente, de gran preocupación: el general Joaquín Prieto (1831- 1841) enfatizaba en su mensaje al Congreso, el 1 de junio del mismo año, que las plazas de la zona de frontera “han sido últimamente reducidas a escombros”. Asimismo lamentaba la escasez de recursos para enfrentar la destrucción. Sin embargo, antes de terminar su gobierno alcanzó a decir que el país estaba reconstruyéndose y que se había enfrentado el desastre natural con decisión.
El siglo XX tendría repetidas escenas de movimientos tectónicos y desastres civiles, en ciudades como Valparaíso, Chillán, Valdivia y Santiago. El siglo XXI, en el año del Bicentenario, ha comenzado con un terremoto inmenso que ha vuelto nuevamente el tema a la palestra: la situación de Chile como tierra de sismos, así como también las consecuencias efectivas de este tipo de desastres en los planos humano, económico e incluso político.
Valparaiso, 1906
El terremoto del puerto, catástrofe ocurrida el 16 de agosto de 1906, inauguró los desastres naturales del siglo XX. Con una ciudad destruída y miles de muertos, Valparaíso vio también cómo se desarrollaba uno de las mayores vergüenzas que se producen en este tipo de situaciones: el vandalismo, el pillaje, los saqueos que se iniciaron apenas cesaron los movimientos.
Como en el drama presente este año del Bicentenario, el terremoto coincidió con el proceso político del cambio de mando: en junio Pedro Montt fue elegido presidente de la República, pero sólo recibiría el gobierno de parte de Germán Riesco en septiembre. Entre ambos procesos colapsó la ciudad que entonces tenía una gran importancia comercial y representaba la apertura chilena hacia el mundo.
A pesar de esa situación, se tomaron de inmediato medidas muy severas: el capitán de navío Luis Gómez Carreño fue designado jefe de plaza en una ciudad en estado de sitio. El uniformado se hizo rápidamente conocido por su dureza, al dar orden de fusilar a quienes cometieran delitos. El país, señala Gonzalo Vial, “enfermo, semiparalizado por la ruina de uno de sus centros vitales, se repuso lenta y trabajosamente”.
Chillán, 1939

Como destaca Memoria Chilena, es el terremoto de Chillán, la noche del 24 de enero de 1939, el que ostenta “el triste record” de la mayor cantidad de víctimas fatales, con 24 mil personas fallecidas y miles de heridos, además de la destrucción de viviendas y edificios de todo tipo, la interrupción de los servicios básicos y las secuelas persistentes de terror, hambre, dolor.
A la mañana siguiente el presidente de la República Pedro Aguirre Cerda, con apenas un par de meses en La Moneda, se dirigió a la zona devastada, y se cuenta que, llegando al área de mayores daños, el gobernante dejó caer unas lágrimas, como manifestación del profundo drama que contemplaba.
Era una manera, directa y en circunstancias de gran dificultad, de enfrentar un problema mayor y frente al cual numerosas veces se ha comprobado que Chile no está realmente preparado. Inmediatamente, el mismo 25, se nombraron autoridades militares para controlar la zona entre Talca y Biobío, a la que no se podía entrar sin el permiso del ministerio del Interior o del jefe de plaza. Leonidas Bravo, auditor de guerra que escribió sus recuerdos, señala que “todo el ejército se sumó de inmediato a la tarea nacional”, agregando que, además de las funciones institucionales propias, los militares ayudaban removiendo escombros, enterrando muertos, limpiando las calles o sumándose a las labores de construcción. Como resultado del terremoto se creó la Corporación de Reconstrucción y Auxilio (la actual Onemi), que vería los temas relativos a la reconstrucción y los damnificados.
Valdivia, 1960
El 21 y 22 de mayo de 1960, durante el gobierno de Jorge Alessandri, Chile nuevamente se enlutó a consecuencia de un terremoto y maremoto, cuyas desastrosas consecuencias afectaron principalmente a la sureña ciudad de Valdivia.
El movimiento doble de mar y agua provocó pérdidas numerosas, como informó el ministro del Interior ante la Cámara de Diputados, en septiembre: “12.018 muertos, 573 desaparecidos y 764 heridos graves”, mientras la cantidad de damnificados era de ¡medio millón de personas!
El esfuerzo gubernamental implicó un esfuerzo económico gigantesco, para la reconstrucción de las zonas afectadas. La ocasión también fue propicia para probar la calidad y profesionalismo de los ingenieros chilenos de la Endesa y de Obras Públicas, liderados por Raúl Sáez, quienes realizaron una obra que impidió un desastre de proporciones en el lago Riñihue.
Santiago, 1985
El domingo 3 de marzo de 1985, poco antes de los noticiarios de la noche, en plena época de ingreso a clases de colegios y universidades, Chile sufrió un intenso terremoto, que causó cerca de doscientas muertes y casi 150 mil viviendas dañadas.
Si bien el sismo fue de gran intensidad, los daños aparecen como menores frente a otras situaciones semejantes. La razón está relacionada con el desarrollo del país, así como con el nivel de sus construcciones, que de otra manera o en épocas previas habrían sufrido un daño incalculable.
El gobierno se esforzó por presentar un plan de reconstrucción, con recursos que en parte provenían del 2% constitucional, tras declararse la zona de catástrofe en las regiones más afectadas. Paralelamente la sociedad civil se levantó, bajo el liderazgo de Don Francisco –con gran experiencia en la Teletón– bajo el lema Chile ayuda a Chile, manifestación de compromiso nacional con los más afectados por el sismo.
El terremoto había llegado en un momento de fuertes convulsiones políticas, cuando comenzaba el proceso de recuperación económica tras la crisis experimentada a comienzos de la década de 1980, así como también en medio del desarrollo de las protestas sociales que acompañarían a Pinochet hasta el final de su mandato.
Las dos caras
Cada desastre tiene dos caras, como se ha podido apreciar en los últimos días a raíz del terremoto y maremoto que a fines de febrero del presente año ha afectado a Chile y, especialmente, a las regiones Séptima y Octava.
Por una parte, tal como en otras situaciones de la historia, ha quedado comprobado que Chile “no estaba preparado”. Es verdad que fue excesivo, tremendo, pero también es cierto que ha habido lentitud en ciertas decisiones, problemas de comunicación, comprobación del trabajo mal hecho en algunas edificaciones. En segundo término, hemos visto –también en el pasado– escenas vergonzosas de saqueos y aprovechamiento en medio del dolor y del vacío de poder.
Por otro lado, también ha aparecido lo mejor del país. El compromiso decidido de la gente por colaborar, la unidad de distintos sectores, el servicio prestado por los medios de comunicación, en fin, un largo catálogo de personas e instituciones dispuestas a jugársela por levantar al país. A ello se suma el aporte solidario de otras naciones y gobernantes, dispuestos a contribuir con hospitales, ropa, comida, dinero y apoyos varios.
Eso llega en un momento en que muchos de los damnificados y personas que han sufrido muestran a los demás su esperanza, y nos recuerdan con su ejemplo la maravillosa enseñanza que trazara Rudyard Kipling: “si la obra de tu vida puedes ver destrozada y sin decir palabra volver a comenzarla, o perder en un día la ganancia de cientos sin gesto ni suspiro… serás hombre, hijo mío”.
Así ha sido muchas veces en la historia de Chile.