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Artículo correspondiente al número 198 (23 de feb al 08 de mar 2007)

Después de estar casi tres años recorriendo el mundo a bordo de su velero Simpática, Wenceslao Casares –el mito más grande de la era punto com– prepara su aterrizaje en Chile. ¿Por qué aquí? Porque siente que este es el mejor lugar del planeta para trabajar, hacer negocios y criar a los hijos. Por eso se compró el Palacio de Las Majadas, en Pirque, donde pretende instalarse una vez que termine de remodelarlo. Ojo con el personaje.
Por Lorena Medel; fotos Verónica Ortiz.
Bastan unos cuantos minutos con Wenceslao Casares (32) para comprender por qué los círculos más selectos del mundo alternativo todavía lo llaman el chico maravilla del siglo XXI. Hay algo en su forma de hablar, en sus gestos y sobre todo en su discurso, extremadamente persuasivo. Como que dan ganas de abandonar los credos propios y abrazar su religión… Sin exagerar, el Casares de hoy tiene algo de profeta y mucho –mucho– de semidiós. Es un tipo envolvente, carismático, excéntrico, repulsivamente brillante y muy, pero muy seguro de sí mismo. Lo pillamos en Chile de pura casualidad.
Vino de vacaciones por unas cuantas semanas, en las que aprovechó de darse una vuelta por la costa, contratar a los arquitectos y constructores que le van a remodelar la que será su residencia definitiva, el palacio Las Majadas de Pirque, y ponerse al día con sus negocios. Estaba visiblemente más relajado que la última vez que hizo una aparición pública en Chile. Menos acelerado, mucho más maduro y ostensiblemente más cuidado en sus respuestas. Se nota que la experiencia lo ha marcado, que ha tenido tiempo de reflexionar y que hace mucho rato que dejó de ser el campeón que dictaba cátedra acerca de cómo alcanzar el éxito. Después de tres años recorriendo el mundo arriba de un velero, el chico definitivamente se convirtió en hombre.
La travesía, en todo caso, todavía no termina. Con un poco de pudor, cuen-ta que aún le queda el tramo Puerto Rico-Miami, cosa que pretende saldar a mediados de marzo.
-La idea original eran dos años, pero nos entusiasmamos tanto que todavía no le ponemos fin –cuenta–. Yo seguiría viajando, pero ya decidimos que en Miami vamos a vender la Simpática (así se llama el velero) y dar por terminada la travesía.
Concluída esa etapa, su próxima aventura es venirse a vivir a Chile. Curiosa decisión para alguien que acaba de conocer el mundo entero… La idea, dice, es manejar desde acá todas las inversiones que tiene a través de Meck, una sociedad de capital privado que formó hace un par de años con Meyer Malka, Guillermo Kirchner y Michael Esrubilsky –los mismos que lo acompañaron en la creación de Patagon.com–, a través de la cual mantienen inversiones en América del Sur y Estados Unidos.
-Aquí, en esta oficinita que tú ves, manejamos todos nuestros negocios internacionales
–señala con complicidad–. Chile siempre ha sido nuestra base de operaciones y es curioso, porque ninguno de los cuatro socios es chileno. Nos encanta este país. En Chile tengo grandes amigos. Acá todo funciona, los compromisos se cumplen, la gente es honesta… Me gusta el clima, el paisaje, el agua. Me gusta la clase política y me fascina la clase empresarial. Pero más allá de todo eso, la razón principal por la que quiero radicarme en Chile es porque me parece un país extraordinario para criar niños.
Quien lo hubiera imaginado. El chico símbolo de la histeria dot com viene para quedarse.
Fue hace exactamente siete años que medio mundo se enteró de Wenceslao Casares. ¡Cómo olvidarlo! Un mes antes que la burbuja reventara y que el desplome de las acciones tecnológicas dejara a miles de ciber-empresarios por los suelos, este argentino de apenas 26 años le vendió el 75% de su empresa Patagon.com al Banco Santander Central Hispano (SCH), en 528 millones de dólares. Sí: 528 millones de dólares. La jugada fue maestra. De un día para otro se convirtió en el máximo ídolo del segmento juvenil. Invitado estrella de cuando seminario se dictaba en el mundo, mencionado en todas las cátedras de escuelas de negocios y comparado con los más grandes empresarios de la historia.
Pero el apogeo duró poco. Tras la debacle de abril del 2000, el valor de Patagon.com se fue a pique y luego de dos años de fallidos intentos por reflotar el sitio de finanzas personales que permitía comprar y vender acciones –además de pagar cuentas y contratar seguros– el SCH decidió revenderle a su creador los activos de Patagon en América latina, en 9,8 millones de dólares, y pagarle 11,4 millones de dólares para comprarle la participación que tenía Casares en la matriz del grupo Patagon en España que, por esos días, incluía activos bancarios en España y Alemania. Casares prefirió tomar el riesgo de quedarse con el negocio de Patagon América. El episodio, cuentan los medios extranjeros de la época, fue sangriento. Volaron cabezas, hubo demandas, juicios por fraude y precautorias judiciales por lado y lado..
Casares lo pasó mal. Y se lo dijo abiertamente a un diario bonaerense: “La verdad es que fuimos muy soberbios, no escuchamos consejos de gente experimentada y hoy pagamos la consecuencia de ello. Prometimos tener tres bancos funcionando en Argentina, México y Brasil, algo que obviamente no supimos concretar. Eramos un grupo de pibes sin experiencia en este negocio y nos quisimos llevar el mundo por delante”.
Muchos pensaron que se retiraría. Después de todo, tenía patrimonio suficiente como para exiliarse en una isla desierta y olvidarse del ingrato mundo de los negocios. Pero no. Wenceslao decidió seguir adelante y sacar dividendos de la experiencia.
Su primera movida fue transformar algunos negocios de Patagon América, como por ejemplo, la corredora de bolsa Lemon Financial, la misma que tiempo después le vendió a Euroamérica en más de 2 millones de dólares. Paralelamente, convencido de que lo suyo iba por el lado de la tecnología asociada al negocio financiero, creó Lemon Bank, un banco para el segmento de menores recursos de Brasil.
-La marcha blanca de Lemon Bank coincidió con la creación de Meck, esta sociedad de inversiones de la que te hablé hace un rato –cuenta Wenceslao–. Se nos presentaban tantas buenas oportunidades de negocios que junto a mis socios concluimos que lo mejor era tener un solo vehículo de inversión. Hoy día los cuatro hacemos todo a través de Meck y ha resultado una forma mucho más profesional, rigurosa y sistemática de operar.
Hoy Meck tiene intereses en 14 empresas, básicamente en los rubros de energía, finanzas y tecnología, sumando activos que según cálculos superan los 100 millones de dólares.
A la cabeza del holding está Diego Valenzuela, un abogado de la Universidad Católica que tiene a cargo la vicepresidencia legal de Meck y es el responsable de manejar las transacciones del grupo y representarlos en varios de los directorios de las empresas en que participan.
-A mis tres socios y a Diego los coonozco hace muchos años –señala–. Todos participamos en el desarrollo del proyecto Patagon, de manera que trabajamos juntos hace bastante tiempo. Con ellos comparto muchas cosas e intereses, tenemos la misma edad y eso nos permite pensar y proyectarnos a 30 ó 40 años, lo que es un lujo. Creemos además que se puede hacer de América latina un lugar mejor y que es perfectamente posible desarrollar negocios rentables y que al mismo tiempo tengan externalidades sociales positivas, que se enfoquen a una sociedad mejor, más justa.
-Nos inclinamos por negocios que distribuyen la mayor parte de los resultados en forma de dividendos, para de esta forma maximizar el rendimiento del capital y poder tomar nuestras propias decisiones de cómo reinvertirlo –señala–. Invertimos en empresas que posean gestores con amplia experiencia, comprometidos económicamente con sus negocios y con valores alineados a los nuestros. Nuestra política dista de tener socios con free-rides. El esfuerzo está estructurado en base a compartir con ellos el riesgo, el fracaso o el éxito financiero.
Actualmente, el negocio operativo más importante de Meck es Lemon Bank, de Brasil, proyecto en el que ha invertido hasta la fecha más de 30 millones de dólares. Se trata de un modelo de negocios que presta servicios bancarios y pago de cuentas a los segmentos no bancarizados de la población brasilera –que alcanza casi un 80%– en puntos de atención instalados en farmacias, panaderías y almacenes, entre otros.
-El proyecto Lemon Bank nos tiene muy orgullosos –dice Casares–. No solo por estar dando muy buenos resultados y tener un crecimiento explosivo, sino además porque nos ha permitido mejorarle la vida a mucha gente. Es impresionante ir a las favelas en Brasil y ver a gente pobre contenta con el servicio. El creador de esto, Michael Esrubilsky, es de los tipos más brillantes que conozco. No solo se le ocurrió la idea, sino que además la hizo funcionar. Creó toda la plataforma tecnológica para que farmacias, panaderías, estaciones de servicios y otros puntos de venta pudieran operar como banco. Hoy tenemos 5 mil puntos de atención y 9 millones de clientes.
-Entiendo que la gente del Banco Estado los contactó para replicar el proyecto en Chile.
-Sí, estuvimos varias veces con ellos. A mí me impresiona que siendo un banco estatal, operen como banco privado. Por eso son los terceros del mercado. Así debieran ser todos los emprendimientos, incluso los sin fines de lucro.
-¿Pretenden replicar lo de Lemon Bank en otros países de América latina?
-No por ahora. Hacerlo en Brasil no fue nada fácil. Tuvimos la ventaja de que la escala de ese país nos perdonó muchas cosas.
-¿Qué planes tienes para Chile? Te Casares cuenta que en general prelo pregunto porque curiosamente acá no tienes nada.
-Actualmente no. Hasta hace muy poco teníamos la empresa de desarrollo de video juegos Wanako Games, pero en diciembre de 2006 se la vendimos a Vivendi Games, el grupo francés de Telecom Vivendi… ¿Te puedo decir algo?
-Claro.
-A mí la venta de Wanako me pareció una linda noticia para Chile. ¿Qué te parece que la empresa más grande del mundo en juegos electrónicos haya valorizado el talento chileno en 10 millones de dólares? Porque eso fue lo que compraron: talento. Yo tengo mucho respeto por la forma en cómo se ha manejado la economía en Chile. Ustedes han hecho cosas extraordinarias con el salmón, el kiwi, la palta, los berries, el vino… Sin embargo, para que Chile sea más parecido a Nueva Zelanda, en términos de progreso y en cómo le llega la prosperidad a todo el mundo, creo necesario que comiencen a basarse en negocios menos intensivos en capital y más potentes en talento. Cosas como Wanako te muestran que también se pueden hacer grandes negocios por el lado del intangible.
Esa empresa funciona con un montón de geniecitos chilenos que hacen juegos que se venden en Asia, Europa y Estados Unidos. La formamos con 500 mil dólares y mira en lo que la vendimos.
-Todo lo que tú haces se valoriza en cantidades astronómicas.
-¡La bendita suerte! (risas) Yo no quería venderla. Pero les pregunté a los chicos y ellos estaban entusiasmados con la idea de pertenecer a un grupo internacional.
Sin embargo, con mis socios seguimos creyendo que Chile es la mejor plataforma de negocios del mundo. Acá está el mejor talento para hacer software, hardware, research, etcétera, que luego se pueden vender en Estados Unidos, Europa y Asia. En este momento, de hecho, estamos mirando alguna empresa de tecnología. Disponemos de 5 millones de dólares para comprarnos algo que esté funcionando, que genere flujos y que requiera una inyección de capital.
-¿Y qué hay con el cine chileno?
-Mi gran aproximación con el cine es por Diego Valenzuela. Es él quien nos dice me tinca este guión, me tinca el director, entremos… No, estoy mintiendo.
En realidad, casi no nos pregunta. Si el proyecto cinematográfico le parece, invierte. En este tipo de negocios, Diego nos maneja la billetera, nos firma cheques (risas). Así es como hemos participado en Promedio rojo, Se arrienda, La mujer de mi hermano, Padre nuestro, etc.