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La tragedia del salmón

Artículo correspondiente al número 240 (31 de octubre al 13 de noviembre de 2008)


La que por años fue la exportación estrella del país vive su momento más dramático. La crisis gatillada por el virus ISA no se detiene, dejando, a su paso, una estela de desempleo y menor actividad en la X Región. Al primer caso, aparecido en julio de 2007, se han sumado casi 80. Y los problemas siguen, porque la crisis financiera también los ha salpicado. Autoridades y productores están empeñados en salir del trance. ¿Podrán hacerlo? ¿Cómo? Estas son las claves. Por Lorena Rubio.

 

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En estos días, los principales ejecutivos de la industria salmonera pasan de una reunión a otra. Pero no se trata de encuentros con potenciales clientes o compradores, sino que de citas para coordinar medidas que permitan enfrentar la Anemia Infecciosa del Salmón (ISA, en inglés), un virus que no existía en el país y que cambió para siempre el negocio.

Los que partió como un hecho “aislado” en julio del año pasado, ya alcanzó los 78 casos, de los cuales más de 20 son “brotes” (resultado de laboratorio positivos) desde julio a la fecha. Del total de instalaciones con problemas, 53 están en etapa de “descanso sanitario”, lo que significa que no puede haber movimiento en esos centros por períodos que van de 60 a 90 días, dependiendo de lo que decrete la autoridad.

Pero las reuniones entre ejecutivos no son las únicas en agenda. Una parte importante de los socios de firmas salmoneras está de cabeza reuniéndose con bancos y proveedores para reprogramar deudas y pactar nuevas formas de pagos y, lo más Para los doloroso, anunciar despidos, que llegaron a los 4 mil personas –que luego fueron recontratadas– y se anticipa que a partir de marzo de 2009 los despidos sumarían 6.000.

Para los bancos, digámoslo, el asunto ha sido chocante. Clientes privilegiados hace cuestión de meses, hoy son, en cambio, un dolor de cabeza al punto que el dilema pareciera ser “esperar o dejar caer”, como reconoce el presidente de Salmón Chile, Cesar Barros.

Sí, porque el desconcierto es de uno y otro lado Dos años atrás, los salmoneros sólo sacaban cuentas alegres. Aparte acusación de dumping por aquí o por allá –parte del juego en industrias tan competitivas como esta– o de la crisis de precios de 2001, nada parecía empañar el horizonte. Las exportaciones superaban los 2.200 millones de dólares, los precios como promedio de todas las variedades de salmón y trucha rondaban los 6 dólares y Chile le pisaba los talones al principal productor del mundo, Noruega.

La velocidad de crecimiento también era notable. En la última década la industria venía expandiéndose a tasas promedio de 22% anual, sólo superada por la minería. Para tener una idea del explosivo crecimiento de este mercado digamos que, en 1996, la industria del salmón exportó 135.000 toneladas y tuvo retornos por 538 millones de dólares. En 2007, los envíos totalizaron 397.000 toneladas por un valor de 2.241 millones de dólares. La zona que habían elegido como centro de operaciones (Puerto Montt, Castro, Ancud, Quellón y los fi ordos de la X Región) también mostraba los signos de este boom: cerca de 53 mil personas se relacionaban laboralmente con la actividad, de las cuales unas 28 mil correspondían a trabajadores directos.

El ex gerente general de Marine Harvest, Andrés Johnson, quien llegó a la zona en 1988 como experto de la Fundación Chile, recuerda que en esos años había sólo una sucursal bancaria en Castro –capital de Chiloé–, mientras que “hoy deben ser unas diez”, señala. Lo mismo ha ocurrido con el comercio asociado y las ciudades y pueblos en los que el ejecutivo salmonero –otro “ejemplar” surgido al alero del boyante negocio– escogió para instalarse. No es exagerado decir que parte importante del crecimiento de Puerto Varas se debe a que “la mayoría de los ejecutivos eligieron esa ciudad para instalarse con sus familias”, explica Johnson.

Claro que no todo era celebración. Desde hace años las ONG ambientalistas venían advirtiendo sobre “los costos sanitarios” que el crecimiento sin mayor supervisión estaba provocando en los lechos marinos y en los ecosistemas de la X y la XI regiones. Pero eso no quitaba el sueño a los salmoneros y las perspectivas eran llegar a tener envíos por 2.500 millones de dólares antes de 2010.



La batalla del ISA


Las cosas marchaban así hasta que en julio de 2007 todo cambió. Ese mes, uno de los centros de cultivos de Marine Harvest arrojó positivo para el ISA y las alarmas se encendieron. Hasta ese momento Chile era el único productor de salmón del mundo que no sufría el virus y en el negocio todos sabían lo difícil que había sido para Noruega y Escocia combatirlo, en una batalla que los hechos probaban casi imposible de ganar.

Frases como “el ISA vino para quedarse” se hicieron frecuentes y comenzaron las medidas de mitigación. El resto es historia, aunque todavía falta saber el origen del virus, tema no menor si se piensa que existen otras enfermedades propias del salmón que aún no están en Chile. La tesis que ha adquirido más fuerza es que hubo importación de ovas contaminadas. De hecho, la aparición de un brote de ISA en Magallanes refuerza esta hipótesis, ya que los ejemplares contagiados provendrían de ovas importadas.

Como sea, por ahora la idea de Sernapesca y los productores es apagar el incendio lo más rápido que se pueda, y para ello ya se han inyectado 600 millones de pesos extra a Sernapesca.



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