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Reportajes y Entrevistas
La tierra protegida

Artículo correspondiente al número 251 (30 de abril al 14 de mayo de 2009)

 

Un nuevo bichito se está infiltrando en las venas del empresariado: la conservación. En los últimos años esta idea ha ido prendiendo en connotados hombres de negocios, que han destinado grandes sumas a la compra de tierras con valor ecológico para preservarlas. La lista no es larga, pero tampoco tan corta. Es que la conservación se ha instalado en el mundo privado, al punto que ya es tema de debate en cónclaves y tertulias. Por Sandra Burgos.


Dicen que una nueva moda está irrumpiendo en el mundo empresarial. Se trata del conservacionismo, que ha ido sumando a sus filas a un número importante de connotados hombres de negocios que ya no ven la actividad como algo privativo de los ambientalistas, ONG o estamentos públicos. “Hay como una nueva visión de esta materia con algún grado de frescura diferente, no vinculado a organizaciones ni al Estado, sino a un movimiento de personas, de privados, que están descubriendo un compromiso personal con el tema y que están haciendo emerger una cultura de la conservación”, sentencia el abogado Alejandro Quintana, socio de Grasty, Quintana y Majlis quien de más está decirlo se mueve en este mundo.


Como él, han enganchado fuertemente con el asunto empresarios como Eliodoro y Bernardo Matte, Eduardo Ergas, Marcelo Ringeling, Andrés Schneider, Andrónico y Jean Paul Luksic, Pedro Ibáñez, Gabriel Ruiz-Tagle y el candidato presidencial Sebastián Piñera, por nombrar algunos.

 



Y es que la idea de conservar está agarrando una fuerza poderosa en el mundo privado. Las empresas cada vez más están incluyendo en sus planes de responsabilidad social proyectos de conservación, destinando para ellos sumas importantes de dinero. Asimismo, hay empresarios que han comenzado a título personal a generar sus propios proyectos.


Si bien este boom comenzó a hacerse notorio en los últimos años, la práctica de conservación privada viene cimentándose desde hace un tiempo. La socióloga Claudia Sepúlveda, experta en el tema, explica que el fenómeno en la esfera privada surgió on mucha fuerza a fines de los 80 y comienzos de los 90, con muchas áreas creadas espontáneamente y manejadas de forma más bien intuitiva, en lo que se dicen llamar “la fórmula chilena de la conservación privada”, y que es una combinación de usos recreativos, inversión inmobiliaria y protección de la naturaleza.

Comenzaba así a tomar forma un movimiento de creación de Areas Protegidas Privadas (APP), iniciado por el Parque Oncol de Arauco (1989), el Santuario El Cañi (1990) y el Parque Pumalín (1991). “Lo que marca un punto de inflexión en la conservación privada en Chile es Douglas Tompkins, con el desarrollo de Pumalín, ya que empiezan también grupos y ONG a dar respaldo técnico a esta pujanza conservacionista, contribuyendo con metodología, planes de manejo y estudios territoriales para enseñar a la gente cómo hacerlo”, explica Patricio Rodrigo, director ejecutivo de Chile Ambiente, quien participó en el diseño de Pumalín, Tantauco y la hacienda ecológica Los Cobres de Loncha, de propiedad de la División El Teniente de Codelco.

Antes de que Tompkins pusiera de moda la tendencia en Chile comenzaban a configurarse las primeras comunidades de conservación: grupos que se juntan para comprar un paño de terreno, dejando una porción para hacer casas de veraneo y el resto para preservación. Esa fórmula comenzó a expandirse en los 90, existiendo hoy varios ejemplos.

“También en esa época surgieron los proyectos eco-inmobiliarios, que combinaban la misma idea de tener un parque y lugares de veraneo, pero que en vez de gestionarlos personas, lo hace la empresa inmobiliaria. Es el caso de Tepuhueico, en Chiloé; y Oasis La Campana y San Francisco de Los Andes, en Aconcagua. Son modelos interesantes, que muestran que en Chile funciona combinar lo inmobiliario con la conservación”, comenta Claudia Sepúlveda.

Hoy se ha producido un cambio de actores. Empezaron a surgir nuevas iniciativas y otras que ya existían comenzaron a consolidarse y a generar otro tipo de enfoques que no estaban antes. Por ejemplo, muchas áreas grandes que son de fundaciones, empresas o empresarios han comenzado a involucrarse en la conservación con un enfoque más científico: un énfasis que no había antes.

Surge, de esta forma, una nueva generación de conservacionistas cuya vocación explica muy bien el empresario, socio de Quintec y fundador de Parques para Chile, Marcelo Ringeling: “ahora la palabra conservación está metida en nuestras casas como un nuevo paradigma. Pensar que conservacionista es una persona que busca un pedazo de tierra y vive de modo medio hippie está en retirada total. El paradigma cambió absolutamente, porque de cada 100 científicos, 90 dicen que el problema del cambio climático es efectivo. Personalmente, siento la misma pasión de cuando empezamos con la computación personal en Chile, el año 81”, relata.



Primeros approaches


Alberto Tacón, encargado de Areas Protegidas de WWF, revela que, según un catastro de la CONAMA de 2005, hay más de 500 iniciativas de conservación privada en todo el país, con más de 1 millón y medio de hectáreas comprometidas. “Hay desde el Parque Pumalín, que tiene 300 mil hectáreas y que es Santuario de la Naturaleza a iniciativas muy pequeñas, con distintas figuras de conservación”, precisa.

Sin duda, los proyectos más conocidos son Pumalín, Hacienda Chacabuco, Yendegaia y Cabo León, de Kristine y Douglas Tompkins; Tantauco, de Sebastián Piñera; Karukinka, de Goldman Sachs; Parque Oncol, de Celco en Valdivia y Huinay, de Enersis. Sin embargo, a una escala menor hay proyectos de conservación privada que están comenzando a reclutar seguidores.

Entre éstos se encuentran las comunidades de conservación, cuyo principal ejemplo lo constituye el Parque Ahuenco, en Chiloé. El proyecto, que tiene cerca de 800 hectáreas, surgió en 1992 cuando un grupo de profesionales llegó a la zona a estudiar la posibilidad de crear un parque marino en esa zona de la costa Pacífico de la zona. Entre ellos estaban Alberto Carvacho, académico de la Universidad de Chile y ex director del Museo de Historia Natural, y la antropóloga Magdalena del Valle.

El grupo recorrió el área y realizó un catastro del ecosistema marino. Alertados por el interés de un grupo de inversionistas por establecer un complejo turístico y una marina, Carvacho y Del Valle se organizaron para comprar el predio y finalmente, en 1994, lograron convencer a un grupo de personas para juntar los recursos. En 1997 sumaron al proyecto el predio vecino, Toigoy, de aproximadamente 500 hectáreas.

Actualmente, la propietaria del predio es la Inmobiliaria Ahuenco S.A., figura legal cuyos propietarios son 42 accionistas, entre los cuales se encuentran el gerente general de CGE, Pablo Guarda; Joaquín Cordua, de Fundación Chile; Claudio di Girólamo; el economista Andrés Gómez-Lobo; el economista ambiental Edmundo Claro; el dueño de la Viña Gillmore, Francisco Gillmore; el de la consultora Agraria, Jorque Echeñique –suegro de Guido Girardi– y el fotógrafo Nicolás Piwonka, entre otros. Ellos entregaron el predio en administración a una organización comunitaria funcional llamada Comunidad Ahuenco.

Su gerenta general, Paula Troncoso, explica que están a un predio de distancia del Parque Nacional Chiloé, por lo que buscan socios dedicados a la conservación para que compren el predio adyacente y así constituir un gran paño de conservación que recorrería gran parte de la costa chilota del Pacífico (sumando el Parque Nacional Chiloé y Tantauco). “Además estamos constituyendo una fundación dedicada a la conservación. La inmobiliaria cedería parte importante del predio para el desarrollo de acciones de conservación, y se reservaría una proporción de tierras para asegurar el derecho de los socios al uso y goce del predio”.

Otra comunidad de este tipo es Parques de Estuario S.A., propietaria de tres áreas que en conjunto, conforman el Parque Factoria y suman alrededor de 1.600 hectáreas, en el sector Factoria del Estuario del Reloncaví.

La sociedad, que opera desde 1994, está integrada por 44 familias, entre las cuales hay varias conocidas por su servicio público: Ana María Correa, Sara Larraín, el ministro de Hacienda Andrés Velasco, Marcelo Trivelli, Javier García y Rodrigo Calcagni, presidente del directorio y socio fundador.

Una iniciativa privada semejante es Alto Huemul, en la VI Región, un espacio de 19 mil hectáreas. Se trata de una sociedad inmobiliaria que generó Adriana Hoffman en 1996 con un grupo de 145 accionistas y que es una comunidad de conservación abierta.

Hay otras figuras, como el proyecto eco-inmobiliario Oasis La Campana: una sociedad que vende parcelas a particulares, lo que da derecho a ser socio de un patrimonio común que es el área de conservación. En Chiloé también está Parque Tepuhueico, cerca de 20 mil hectáreas loteadas, manteniendo una parte común de preservación cuyos dueños son principalmente ejecutivos y profesionales de Santiago.



Empresarios conservacionistas


En los últimos cuatro años, un grupo importante de empresarios se ha sumado al boom de resguardar tierras. Algunos cuentan con predios que ya están embarcados en proyectos de conservación, mientras otros sondean alternativas para iniciar procesos de esta índole. Un caso es el del empresario Andrónico Luksic. Según nos dijeron, cuenta con un número importante de hectáreas en la zona de Villa O’Higgins, las que quiere destinar a proyectos de conservación. De hecho, ya habría sondeado en el ministerio de Bienes Nacionales la posibilidad de anexar tierras en concesión para su proyecto.

Otro privado que está embarcándose en una iniciativa similar es Eduardo Elberg. El empresario tiene un fundo de 21 mil hectáreas en la zona de Coñaripe, Trafún y Los Añiques, el cual quiere dedicar al eco-turismo.

La vocación conservacionista de Marcelo Ringeling también le ha llevado a impulsar varias ideas. “Estoy trabajando hace algunos años como director de Parques para Chile, en crear el corredor biológico Namoncahue, el mayor retazo de bosque templado lluvioso –que no se cubre de nieve en invierno– de la región de la Araucanía, entre los lagos Caburgua, Villarrica y Colico. Allí hay un par de reservas forestales y muchos propietarios privados comprometidoscon conservar ese hábitat”, señala.

El proyecto contempla instalar en la zona un innovador centro de investigación multidisciplinario para científicos y académicos chilenos y extranjeros.

 



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