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Artículo correspondiente al número 232 (11 al 24 de julio de 2008)
Luego de convertirse en una moda en los 90, los talleres literarios perdieron parte de su prestigio. Sin embargo hoy esta antigua tradición recupera espacios y se alza como una importante fuente de ingresos para los autores más solicitados. Por Marcelo Soto.
A menos que uno se llame Isabel Allende, es difícil vivir de los derechos de autor en un país como Chile. Incluso escritores como Jorge Edwards, que recibió 200 mil dólares por el último Premio Planeta Casa América, o Roberto Ampuero, que acaba de pasar al sello Norma por una cifra similar, deben recurrir al periodismo o a la academia para solventar sus gastos. Hay que recordar que un narrador recibe alrededor del 10% por cada ejemplar vendido y en ese contexto, más el flagelo de la piratería, lascuentas no son muy alegres.
Por esta razón, muchos autores encuentran en los talleres de creación literaria una fuente de ingresos considerable, que aportan en algunos casos hasta dos millones de pesos al mes. La sesión de dos horas a la semana en general se paga con unos 50 mil pesos mensuales y los escritores más solicitados, como Pía Barros, tienen largas listas de espera. Y eso que ella dirige cinco talleres al año, cada uno con 10 a 12 integrantes. No está mal.
Algo de historia
Cuando Roberto Bolaño volvió a Chile en 1998, luego de 25 años de ausencia, provocó un remezón del que todavía se sienten réplicas. Aparte de desairar a los novelistas más populares de entonces, dijo que la “nueva narrativa chilena” era poca cosa y que José Donoso, el mentor de ese grupo, tenía apenas tres libros decentes y que el resto de su obra no valía la pena.
Una de las consecuencias del terremoto Bolaño fue probablemente la caída en desgracia de cierta forma de hacer literatura, que tuvo su apogeo en los 90 y que se apoyó fuertemente en la tradición del taller. Fue el propio Donoso quien en los 80 dirigió un taller del que surgió gran parte de los autores –Franz, Fontaine, Contreras– que lograron éxito en la década pasada.
La idea del escritor que se reúne con aprendices para compartir conocimientos surge de una corriente mucho más antigua, que puede remontarse hasta las tertulias de la Colonia y que comenzó a profesionalizarse recién en la década del 60 con los primeros talleres pagados, a cargo de Fernando Alegría, quien trajo la idea desde California, Estados Unidos, país de larga experiencia en el formato.
En los primeros años del gobierno militar los talleres de escritura vivieron un obligado paréntesis –el derecho a reunión estaba restringido–, pero a partir de los 80 resurgieron de la mano de autores como Enrique Lafourcade, Antonio Skármeta, Poli Délano y el mencionado Donoso. Este último había pasado por la Universidad de Iowa City, que posee una de las escuelas de mayor prestigio en literatura creativa en Estados Unidos.
Si a mediados de los 90 los talleres literarios conocieron un auge, bastante superficial según sus críticos, con la irrupción de Bolaño comenzaron a ser puestos en entredicho. En cierta forma se contrapuso el modelo del escritor profesional, que pasa por la academia (Donoso), con la del autor nato, sin estudios literarios formales (Bolaño). El aprendizaje contra la experiencia vital, la sala de clases versus la calle. En esa dicotomía hay mucho mito y frivolidad, pero de todos modos pesa y todavía se siente en el ambiente.
Hoy, extinguida la moda, la escuela del taller de escritura parece estar recuperando parte del prestigio perdido y se aleja de la farándula, para reencontrarse con sus fuentes. Estos son algunos de los talleres más prestigiosos y solicitados de hoy en el país. Tomen nota.