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Artículo correspondiente al número 317 (27 de enero al 1 de marzo del 2012)
Nueve mil comensales al mes no pueden estar equivocados: eso es lo que recibe el Baco, con un estándar de calidad y atención que lo ha convertido en uno de los restaurantes favoritos de Santiago. Aquí su dueño, el francés Frédéric Le Baux -quien acaba de invertir un millón de dólares en doblar la superficie del local y en una cocina que debe ser la más moderna del país- explica las claves de su fórmula, basada en un concepto de comida clarísimo, con vinos a precios bajos y un servicio en el que el cliente siempre –y no es chiste- tiene la razón. Por Marcelo Soto; fotos, Verónica Ortíz.

Es una tarde de enero y en el restaurante Baco, en Nueva de Lyon, hay jornada de degustación. Frédéric Le Baux, el dueño del lugar, está junto a Pascal Marty –reconocido enólogo francés– probando algunos vinos que le muestra Patricio Tapia, el crítico chileno, autor de la guía Descorchados. También están como invitados informales el periodista gastronómico César Fredes y quien escribe. Los vinos que presenta Tapia son todos de la nueva escena local, vinos raros, que se salen de la norma.
Le Baux es un catador exigente, y frunce el ceño cuando prueba el Cinsault 2011 Viejas Tinajas de De Martino, un vino que para muchos críticos ha sido una revelación: “me recuerda a los vinos baratos, rústicos, del sur de Francia”, dice sin miramientos. Descartado. Tampoco pasa la prueba el salvaje carignan Villalobos 2010, elegido el mejor en su categoría por el mismo Tapia. Los que sí le gustan son un país y un sauvignon blanc de Ribera del Lago, un malbec sin sulfitos de La Fortuna y Temporada de Conejos, el tinto que produce el sommelier Héctor Riquelme en el Maule. Estos vinos serán incluidos en la carta de Baco, que debe ser una de las mejores y más completas de la capital.
En cinco años, este restaurante en Providencia se ha convertido en un imperdible. En un mes típico, por sus mesas pasan 9 mil clientes; se destapan unas 5 mil botellas de vino y las ventas superan por lejos los 100 millones de pesos. Le Baux no quiere dar cifras exactas, pero está claro que el suyo es un negocio redondo. Acaba de invertir un millón de dólares en una ampliación que dobló la superficie del local pero que, sobre todo –un 80 por ciento de lo gastado- sirvió para modernizar su cocina, que con justicia debe ser la más moderna del país. Y asegura que recuperará muy rápido la inversión, porque ahorra un 50% más de energía.
Le Baux –y esta es una de sus gracias– tiene sangre de empresario. Sabe que la razón del éxito de su negocio tiene tres o cuatro pilares: un concepto de cocina muy claro, en el que cada plato se repite, se prueba y se estandariza hasta lograr una receta 100 % confiable, que se fija con lujo de detalles en un manual que deben seguir todos los cocineros; un acento en el servicio, basado en la máxima de que el cliente siempre tiene la razón y que las personas que llegan al Baco no lo hacen tanto por una comida ni un vino, sino en pos de un momento y que por lo tanto la labor de los garzones es lograr que ese momento sea lo más placentero posible, tanto, como para volver; y, no menos importante, la idea de que los márgenes de ganancia deben ser los mismos para un foie grass o para un pollo, igual que para un vino de 100 mil pesos o para uno de 6 mil.
| “Al manejar un restaurante no tienes derecho a la equivocación. Es un juego que tiene su complejidad debido a todo los ítems que hay que administrar. No te sirve ser muy bueno en un ítem y ser malo en otro, porque los clientes te miden por tus fallas” |
| “Cuando vienen franceses a Chile y me preguntan: ¿vas a seguir viviendo acá? ¿Seguirá funcionando este país? Y yo les digo: ¿por qué no? Chile no tiene deudas, funciona, la gente trabaja, tenemos crecimiento. A mí lo que me preocupa es cuándo va a caer Francia”. |
El tema de la especulación financiera es un asunto que le preocupa. “Me siento mal al ver gente que no aporta absolutamente nada al sistema, que no trabaja. Solamente por el hecho de tener plata y especular con acciones, puede vivir como rey. Por otro lado, ves a la gente que realmente aporta, fabrica, construye, hace cosas, emplea gente, y que al final gana muy poco”.| “Si quiero un garzón profesional, necesito un empleado con sueldo, que reciba su plata a final de mes y pueda pagar mañana un crédito para comprarse una casa. No entiendo cómo el sistema de la propina funciona todavía en un país moderno como Chile”. |
Como explicamos antes, Le Baux llegó en 1996 a Santiago, y un año después lo hizo su familia. Si en Francia había sido dueño de una empresa de transporte terrestre, en Chile encontró una oportunidad en el aeropuerto y logró la concesión del terminal de carga. No fue un proyecto fácil: armó una empresa y la vendió en 2005. Recuerda: “la dificultad a nivel empresarial en Chile es que tus clientes quedan rápidamente en posición monopolística y esto cansa, provoca estrés depender de uno o dos personas. Si hablamos de la actividad aérea, era Lan y Lan; después tienes dos o tres exportadoras de frutas… cuando yo empecé había más de 40 salmoneras, cuando vendí había 10... Se fueron concentrando. Cuando tienes en una empresa tres clientes que representan el 80 por ciento de ingreso; si pierdes uno, pierdes tu margen; si pierdes dos, estás acabado. No es agradable trabajar así. En Francia a nivel logístico trabajaba hacia los supermercados; aquí, si trabajas para supermercados tienes tres clientes apenas. La diversificación de tu clientela es más fácil en Francia que en Chile”.
-Tu escuela es la clásica de Escoffier…
-Es más fácil leer la Biblia que seguir las recetas de Escoffier que, más que consejos, entrega ideas, definiciones sobre la cocina. Hoy en el tema gastronómico nos falta un poco este tipo de libros, hay muchos conceptos que se van volando. Se pierde el norte, el fundamento de un plato. Les falta sustancia a muchos cocineros de hoy. Por ejemplo ahora lanzamos el lenguado meuniére, es los más clásico que puede existir de la cocina francesa: fijamos la cantidad, si pones o no harina, en cuál momento agregas el limón, y pruebas y pruebas... y así logras el mejor producto; una receta que siempre va a salir igual. Ese es el gran capital de Baco. Todo lo que puede ser protocolo como cocina está escrito, se enseña a la gente.
-¿No has pensado publicar las recetas?
-No... sería contar el secreto.
-¿Qué te atraía de tener un restaurante?
-Me gusta esta organización. La dificultad de un restaurante es que el error al tiro resalta. El garzón que se equivocó se equivocó y ese cliente no vuelve. Está toda la presión de no tener derecho a la equivocación. Es un juego que tiene su complejidad debido a todo los ítems que hay que administrar. No te sirve ser muy bueno en un ítem y ser malo en otro, porque los clientes te miden por tus fallas.
-Cuando abres el restaurante, en 2006, no fue un éxito inmediato.
-No. Para mí lo más importante ante todo es fijar correctamente un concepto, yo tenía idea de mi concepto, pero tu puedes tener la idea de forma muy macro, después la debes afinar, con la experiencia, observando la reacción de los clientes. Hay mucho restaurante que se equivoca, porque antes de abrir empiezan a comunicar, empieza la publicidad, y se llenan de clientes, durante un año, y después nadie va. El chileno tiene una gracia: tiene curiosidad, entonces esto hace que cualquier restaurante que abre lo van a ir a probar, y si tu concepto no está bien afinado, si no estás preparado, no van a volver. Para mi era muy importante no contaminar la respuesta de mi cliente por la publicidad, me interesaba que los clientes que llegaran a Baco fuera porque les gustaba Baco y no porque lo habían visto en una revista. Pasamos dos años de muy bajo perfil, perdiendo plata, pero haciendo Baco. La cosa despegó después de un artículo de Esteban Cabezas en Wikén, ahí partió y empezó a hacerse conocido, y desde esta fecha nunca paró de crecer y sigue creciendo.
-¿Ya lograste la madurez del concepto que buscabas?
-Considero que todavía no tengo Baco listo, eso va a ser en 2012. El proyecto Baco, el prototipo, se está terminando. Vamos a llegar a un tamaño que me permite tener buen equipamiento, buen equipo, extender mi carta. Hasta ahora Baco tenía 90 puestos, ahora vamos a 200 puestos. Tenemos una cocina 5 veces más grande. Esta etapa para mí es muy importante. El éxito de Baco en un momento me dio bastante miedo, porque estábamos siempre llenos y siempre tenía miedo de que fallara la cocina. Ahora duermo más tranquilo. Porque yo sé que los equipamientos que tenemos no van a fallar.
-¿Baco es un restaurante francés?
-Para mí Baco es un restaurante franco chileno. De hecho la idea es ingresar algunos platos chilenos para subrayar esta posición franco chilena: plateada, un pastel de choclo, machas a la parmesana, los clásicos... no voy a hacer mucho, pero te voy a poner dos o tres platos bien chilenos.
| El servicio y la propina |
| Un aspecto esencial en Baco es el servicio. Frédéric Le Baux dice que su consigna es que el cliente siempre tiene la razón, a diferencia de muchos restaurantes que ponen el grito en el cielo cuando un comensal critica algún aspecto de la atención o de la comida. “Siendo sincero, todavía no estoy 100% conforme con el servicio que damos en Baco. Vamos bien, pero aun falta”, reconoce. “Cuando un cliente reclama la orden es tomar en cuenta este reclamo. Porque empezar a decir, como dicen muchos dueños de restaurantes, que el cliente es mañoso es una forma de mantener la mediocridad. El comentario del cliente se analiza, permite rectificar los errores, los protocolos, las reglas. Para mí, el personal chileno es bueno, pero le falta exigencia. No es culpa de ellos, sino de los dueños de restaurantes; también, de los clientes que no dicen francamente si esto estuvo bien o mal. Me toca muchas veces encontrarme con amigos, que me dicen todo bien, espectacular, pero después a través de otro amigo escuchas que no fue tan bien. Qué pena que no te lo digan directamente”, se ríe. Le Baux cree que ser garzón es un oficio que debe amarse, y por eso prefiere no contratar a estudiantes que trabajan como mozos sólo como un refugio laboral pasajero. Por eso, afirma, les paga sueldos de profesionales, aparte de enviarlos a la Escuela de Sommeliers, a costa de su bolsillo. Ligado a esto, se define como un enemigo del actual sistema de propinas. “Si quiero un garzón profesional, necesito un empleado con sueldo, con liquidación, que reciba su plata a final de mes y pueda pagar mañana un crédito para comprarse una casa... el sistema de la propina no entiendo cómo funciona todavía en un país moderno como Chile. Autorizamos este sistema, donde el cliente está casi obligado a dejar el 10%. Si yo contrato un abogado, igual si fue malo, necesito pagarlo. Entonces se debería pagar el servicio, sea bueno o malo. Y si fue malo, simplemente no voy mas”. -¿El servicio debería estar incluido en la boleta? -Por supuesto. Para mí un garzón debería recibir un sueldo exactamente igual como los cocineros reciben un sueldo. El garzón, con el sistema de la propina, forma un grupo aparte en la empresa. La propina es una fuente de desacuerdos, genera malestar con el cliente, empuja hacia los precios caros. Con su concepto porcentual, los garzones tratan de meterle al pobre turista una botella de 60 mil cuando tenemos una de 20 mil pesos igual de buena. Si el cliente la quiere, bien, pero si no es lo que espera, ¿por qué tratar de venderle lo más caro? Pienso que se debe tributar sobre la propina, se debe ingresar la propina a la caja y al sueldo oficial del garzón, como se hace en Francia. Con la propina, los garzones se limitan a buscar una buena recompensa. Yo prefiero la noción del garzón que quiere que el cliente se vaya feliz. Nosotros no vendemos comida, no vendemos vinos, vendemos un momento: dos o tres horas de placer. Toda la cadena puede estropearse si tenemos un garzón que, en vez de buscar la satisfacción del cliente, persigue la mayor propina posible. |