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Artículo correspondiente al número 232 (11 al 24 de julio de 2008)
Los fabricantes galos son considerados como los grandes impulsores de la masificación del automóvil. Pero esa prerrogativa no les garantizó el éxito, por lo que debieron reinventarse para seguir siendo competitivos. Por Leonardo Pacheco Salazar.
Cuando el automóvil comenzó a despertar interés y las calles se inundaron con esos ruidosos y humeantes carruajes motorizados (en las postrimerías del siglo XIX), las marcas francesas comenzaron a multiplicarse. Nombres como Darracq y Bugatti deleitaron a los adinerados de la época, quienes a paso de tortuga, incluso a veces más lento que en un caballo, viajaban por aquellas polvorientas calles.
Para los fabricantes galos, la era automotriz trajo consigo prosperidad, ganancias a manos llenas y, desde el punto de vista político, reportó a Francia la reputación de país más avanzado que sus vecinos.
Pero con el correr de los años, la escasa renovación de los productos y el surgimiento de nuevos constructores que atacaron desde distintas latitudes del globo, muchas de las gloriosas casas de Francia debieron cerrar por falta de dinero. Quedaron tres: Citroën, Peugeot y Renault, siendo esta última la que más penurias vivió.
Uno de los propios fundadores de la marca del rombo, Louis Renault, fue enjuiciado luego de la II Guerra Mundial; se le acusó de colaborar con los nazis y por ello fue encarcelado. Murió en calidad de prisionero.
Citroën siempre siguió sus instintos, y fue más allá de lo que aconsejaba la prudencia. Se convirtió en un icono de la tecnología e hizo de la hidroneumática su gran aliada; pero claro, ser atrevida le causó problemas en más de una ocasión. Peugeot optó por la mesura y, en lugar de abrir nuevos caminos, prefirió fabricar automóviles de diseño glamoroso (convertibles, entre ellos), pero muy confi ables desde el punto de vista mecánico. Renault, en tanto, tomó la bandera de la funcionalidad, desarrollando una serie de automóviles polivalentes y de tamaño compacto; eso le valió un enorme prestigio.
Estas tres grandes compañías se hicieron de un buen nombre, pero eso no logró garantizarles la fidelidad de los compradores ni siquiera, la de sus propios coterráneos. El juego de la oferta y la demanda no hace excepciones, y si el oferente no es capaz de brindar algo novedoso y a buen precio, el demandante seguramente mirará para el lado.
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