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Artículo correspondiente al número 256 (10 al 23 de julio de 2009)
Alicia Amunategui de Ross acaba de cumplir 37 años al mando de la fundacion Protectora de la Infancia. Es heredera de una institucion que ya suma 115 años –en cuya fundacion participaron su bisabuela y la de su marido– y que acaba de ser reconocida con el premio Icare en la categoria especial. Por Cristian Rivas N.
Es difícil caminar por las instalaciones de la Fundación Protectora de la Infancia sin ser afectado por las historias de los niños que la institución acoge año a año, que enfrentan problemas de vulnerabilidad. Capital lo experimentó hace pocos días y con la buena compañía de Alicia Amunátegui de Ross, que ha sido testigo directa de muchas de estas historias, al presidir la corporación por los últimos 37 años.
Recorrimos distintos rincones de la sede principal de la Protectora, en Puente Alto. Claro que el lugar que más costó dejar atrás fue una sala cuna, que alberga a unos veinte niños de no más de dos años, que esperan a que avancen sus procesos de adopción. Mientras Alicia nos explica la situación de abandono que enfrentan estos menores y el largo proceso de adopción –razón por la que no podemos tomar fotografías allí–, ya casi todos están mirando a través de la ventana, como esperando. Al abrir la puerta viene la sensación más fuerte: aunque no nos conocen, corren y se aferran a nuestros brazos.
Esa misma sensación reconoció días después nuestra guía, al recibir el premio que Icare le entregó este año a la Protectora de la Infancia en la categoría especial. “La verdad es que esta ha sido una ruta de privilegio: el estar junto a los niños, el recibirlos, atenderlos y acogerlos, para así educarlos y no dejarlos a la vera del camino. Al llegar ellos a nosotros, se aferran a nuestros brazos y sólo nos miran… pero traspasan desolación; y sí, nos van enseñando lo que son la paciencia, la reflexión, la resiliencia y la recuperación… ¿Te puedo decir mamá? nos dicen algunos estirando sus brazos…”, describió en la ceremonia realizada días atrás en el Teatro Municipal, cuando también fueron galardonados el Banco de Chile y el empresario Alvaro Saieh.
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Años de crecimiento
Lo que más nos llama la atención de las instalaciones que visitamos –a las que asisten menores en diversas condiciones de vulnerabilidad, como abandono o pobreza– es su buen estado: modernas edificaciones, amplias salas, muy buen mobiliario y bastante infraestructura deportiva.
Pero no todo ha sido fácil de conseguir. El 70% de los recursos que utilizan anualmente proviene de distintos aportes fiscales en programas en los que participan, y es el 30% restante el más difícil de lograr, a través de donaciones. “Casi todos nos ven tan bien cuando los invitamos a visitarnos que nos dicen que no necesitamos ayuda, pero la verdad es que sí, porque nos cuesta juntar los aportes”, explica Alicia Amunátegui.
Agrega que el empresariado en general es solidario, pero que todavía necesitan mayores aportes por el lado de las personas naturales, que en Estados Unidos, por ejemplo, representan el 80% de lo que recaudan las instituciones de beneficencia. Por eso, están a la espera del reglamento que pondrá en marcha la nueva ley de donaciones en Chile.
Aunque la Protectora de la Infancia está próxima a cumplir 115 años –surgió a fines de la Guerra del Pacífico, cuando muchos niños quedaron huérfanos–, sin duda las últimas cuatro décadas han sido las de mayor crecimiento. En este lapso pasaron de atender a unos 1.500 niños a alrededor de 7.500, a través de distintas instancias como salas cunas, jardines infantiles, colegios y liceos, que hoy suman 54 programas a lo largo de siete regiones del país.
Destaca que en el camino recorrido en las últimas décadas ha sido muy beneficioso el apoyo de empresarios destacados. De hecho, menciona que en el consejo directivo de la Protectora participan activamente hombres de negocios como Alfonso Swett, Sergio Undurraga o Fernando Izquierdo Menéndez.
Un apoyo importante también lo constituye su familia. Dice que tres de sus hijas ya están trabajando con ella, lo que también es una muestra más de que “todo está arreglado desde arriba”. Le pedimos que nos explique a qué se refiere y nos cuenta que hace unos 53 años, cuando recién pisó la institución en Puente Alto, se fijó en la carta fundacional de 1894, que firmaban siete destacadas señoras de la época. Dos de ellas, Emiliana Subercaseaux de Concha y Josefina Gana de Johnson, resultaron ser bisabuelas de su esposo, Jorge Ross Ossa, y de ella, respectivamente... y sus familias ni se conocían entonces. Fue la primera señal, dice, de que debía participar de esta obra, la que, asegura, tiene por delante muchos años más de vida.
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