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La Presidencia Ilustrada


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Artículo correspondiente al número 201 (06 al 19 de abr 2007)

En Francia la presidencia de la República se ha convertido en el gran mecenas de la cultura y las artes. Primero fue el Centro Pompidou. Después Mitterrand hizo lo suyo y Chirac no se quiso quedar atrás. En Chile por esfuerzos el presidente Lagos no se quedó y de eso da testimonio el Centro Cultural Palacio La Moneda. Pero, ¿cuál quiere ser su propuesta y contribución en el largo plazo?
Por Luisa Ulibarri.

Los 30 años que a fines de enero de 2007 cumplió el Centro Cultural Georges Pompidou en Francia, así como la fl amante inauguración a mediados de 2006 del Museo del Quai Branly, destinado a las culturas “no Occidentales”, presidida por su propio mentor, el presidente Jacques Chirac –sumados a los diez grandes proyectos que bajo el impulso del ex presidente François Mitterrand cambiaron el rostro, la arquitectura y la semiología cultural urbana de la capital francesa- pueden ser el ejemplo más claro de la “otredad” enarbolada por los filósofos y sociólogos de la Francia de fi nes del siglo XX y que Octavio Paz también exploró.

A instancias de la autoridad política –y no de mecenas o reyes– nacían en Francia museos, ministerios enclavados en el Sena, pirámides de cristal en pleno corazón del Louvre, legatarios no necesariamente de la cuota de poder entronizada a punta de logros de la contingencia cotidiana –o de las esquivas componendas de la clase política– sino de personas cultas y resueltas a cultivar la diferencia.

En otras palabras, mandatarios informados, con utopías y capaces de comprender que todo lo anterior era posible de realizar a través de una política de las “buenas prácticas” capaz de proyectar sus sueños en el tiempo a través de obras culturales, urbanas y arquitectónicas de calidad, las que responsablemente creadas –y mejor dirigidas– eran más susceptibles de sumar que restar al balance final de cada gestión presidencial.

EL SUEÑO DE POMPIDOU

Georges Pompidou, que había sido premier de Charles de Gaulle hasta que su gabinete cayera producto de la revolución de Mayo de 1968, se había educado en el prestigioso Liceo Luis el Grande de París, donde también estudiara Jacques Chirac. Su vocación literaria lo llevó a la Escuela Normal Superior y luego, a una carrera docente cuyo legado es una Antología de la poesía francesa todavía citada y consultada en los medios intelectuales.

Sensible y conocedor de las expresiones de la cultura, con su mujer, Claude, Pompidou reunió una valiosa colección de obras de arte contemporáneo que como presidente disfrutaría poco.

Su polémico centro cultural concebido a comienzos de la década del 70, fue inaugurado en 1997, tres años después de su muerte. Bajo su período (1969-1974), en Francia hubo un estilo y una impronta: nacían el TGV, la modernización de las telecomunicaciones y la creación de autopistas deudoras del estilo denominado “pompiduliano”, obras entre las cuales el lunar más controvertido y menos aprobado hasta hoy es la Torre Montparnasse visible por doquier y situada en pleno corazón de París.

El Pompidou o Beaubourg –www.centrepompidou. fr– con un museo que alberga hoy la mejor colección de arte contemporáneo del mundo después del MoMA de Nueva York, contempla también una biblioteca pública que recibe a 14 mil personas al día. El centro, que está próximo a inaugurar una sede en Metz (2008) y otra a futuro en Shanghai (China), nació de la utopía de los sixties, la cual con su movimiento de masas de 1968 paradójicamente provocó la caída de su autor. Pompidou sentía que en París existía ya el museo –el Louvre– de colecciones, patrimonio y memoria visual de la humanidad. Por eso quiso dar apasionadamente a la ciudad un centro cultural polivalente que fuese a la vez un museo y un espacio de creación donde las artes plásticas dialogarían con la música, el cine, los libros, la investigación audiovisual y, por sobre todas las cosas, con la expresión más dinámica de la memoria cultural contemporánea, tanto de Francia como del mundo entero.

En la creación del Centro Pompidou estuvieron presentes principios decisivos para proyectos de nivel, que Francia ha cumplido en casi todas las iniciativas de esta naturaleza. Entre ellos: un objetivo o propuesta muy acotada; un edificio ad hoc nacido de un concurso nacional o en lo posible internacional de arquitectos; un presupuesto razonable y congruente con sus objetivos y funciones; una férrea voluntad política de la autoridad y una dirección absolutamente profesionalizada, con equipos más cercanos y de experiencia anterior –un expertise irrefutable– ajenos al cuoteo político y a las torpes desinteligencias que vulneran la legitimidad de proyectos así.

Directores como Robert Bordaz, Dominique Bozo, el ex ministro de la Cultura Jean Jacques Aillagon, Germain Viatte –ex conservador del museo y hoy director responsable del proyecto Quai Branly– y el actual Bruno Racine, han sido mentes jóvenes pero a la vez –y por suerte– verdaderos pesos pesados, casi venerados en su especialidad. Han logrado que estas tres décadas el proyecto Pompidou se perpetúe renovado en el tiempo. Por ejemplo, la meta inicial de 5 mil asistentes diarios, hoy día se ha triplicado a 16 mil; la colección de 58 mil obras del museo se ha impuesto como una de las más importantes del mundo; su espectacular y serena biblioteca se ha convertido en un bullente y ordenado hervidero humano. El Pompidou estuvo cerrado tres años entre 1997 y 2000 para readecuar la arquitectura interior y permitir que la antes llamada despectivamente “usina”, “fábrica de gas” o “refi nería de París”, siga en la actualidad siendo tan provocativa y fascinante como el día en que se creó.

LA IMPORTANCIA DE CHIRAC

El reciente Museo del Quai Branly, obra del célebre arquitecto Jean Nouvel emplazada en la ribera del Sena más vecina a la Torre Eiffel, rodeado de casi 20 mil metros cuadrados de jardines, nace con un muy diferente objetivo pero una muy similar responsabilidad e impronta cultural, política y social.

Convencido de la diversidad y del diálogo de las culturas, Jacques Chirac confi ó en 1992 a su tocayo coleccionista y viajero impenitente Jacques Kerchache, organizar una gran exposición dedicada a los indios taínos de origen arawak que mostrara el otro aspecto de la conquista de América, que celebraba su quinto centenario. Más adelante, y ya siendo un presidente convencido que la humanidad solo puede progresar mediante el respeto y el diálogo; que solo puede desarrollarse a través del encuentro pacífi co, enriquecedor y estimulante con las experiencias y los valores de los demás, decidió crear un nuevo espacio museográfico.

Un museo dedicado a las artes y las civilizaciones de Asia, Africa, Oceanía y las Américas con una muy clara voluntad política: celebrar la universalidad del genio humano a través de la diversidad del arte y de una visión más respetuosa de intercambio de las culturas “primigenias”, como él las suele denominar.

Sin un ápice de improvisación, sino con cada paso responsablemente estudiado, el 29 de julio de 1998, con una selección de 120 obras reunidas por Jacques Kerchache, más las del Museo del Hombre y el de las Artes de Africa y Oceanía, Chirac acordó en el consejo de ministros el Establecimiento del Museo del Quai Branly, poniendo a su cabeza a su actual presidente director, Stéphane Martin, hombre de 50 años hoy, con experiencia en el Centro Pompidou, en el Museo del Hombre, de las Artes y las Civilizaciones y en la Dirección de la Música del Ministerio de la Cultura.

Basta entrar a la página web de ese museo –www. quaibranly.fr– para entender por qué las cosas bellas cuando se hacen pensadas, razonablemente convocadas y responsablemente realizadas, como sucede en Francia, independiente de unos euros menos o más, explican la coherencia de la política cultural gala.



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