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Artículo correspondiente al número 201 (06 al 19 de abr 2007)
En Chile el gobierno de Ricardo Lagos se caracterizó desde el primer día por su deseo de situar a la cultura en el centro de sus prioridades. A tres meses de haber asumido, el ex presidente presentaba ante un entusiasta y enfervorizado auditorio en el Museo Nacional de Bellas Artes su política cultural. La ley que creó el Consejo Nacional de la Cultura, proyecto que empezó a estudiarse en la comisión que el mismo Lagos nombrara en su calidad de ministro de Educación, vio la luz bajo su mandato. Como ministro de Obras Públicas, el ex presidente echó a andar la comisión Antúnez que en más de dos décadas de trabajo instaló –previo concurso– obras de arte en soporte plano y volúmenes en decenas de reparticiones públicas, carreteras y geografías a lo largo del país.
Pero sin duda entre los muchos sueños y realidades vinculadas al mundo de la cultura del presidente Lagos, el que tuvo más apuesta de futuro y tinta personal, fue primero la creación de un Museo de Las Culturas, ideado junto al ex cineasta y coleccionista Alvaro Covacevic, ahora radicado en México, y que devino en el actual Centro Cultural Palacio La Moneda, situado en una explanada y tres subterráneos bajo el palacio presidencial. Era su obra cultural cumbre y la más tangible de cara al Bicentenario de Chile como república independiente, la que formaba parte además de un megaproyecto arquitectónico denominado Plaza de la Ciudadanía, creado por el propio Lagos y realizado por el arquitecto Cristián Undurraga.
Con excelentes instalaciones, y una concepción espacial no poco envidiada por los museos tradicionales (7.200 metros cuadrados de los cuales el hall ocupa mil, dos salas de 600 cada una, además de una cineteca, un auditorio, un centro de documentación, un espacio y tienda para la Fundación Artesanías de Chile dependiente de palacio, entre otros) este espacio cumplió un año de vida exactamente a fi nes de enero de 2007, cuando el Pompidou entraba en la treintena con pocas estrías, integrando un pasado, un presente y un futuro no menos estelar que al nacer. El balance entregado en la ocasión por la ministra de Cultura, la actriz Paulina Urrutia, fue de un optimismo comprensible aunque quizá algo desmesurado para la realidad que hasta ahora justifica el corazón, la nervadura, la pasión y la sangre que corre – o no corre– por las venas de esta potente y promisoria arquitectura estatal.
Habían asistido 846 mil personas en 2006 y no las 500 mil previstas al partir. Se anunció el nombramiento de la asistente social Claudia Serrano –más cercana a la difusión de extensión cultural juvenil que al ámbito de las artes visuales, la museografía y el patrimonio y el expertise curatorial– como primera directora del espacio luego de casi seis meses meses acéfalo tras el despido en agosto de la coordinadora inicial del centro, la productora de eventos Morgana Rodríguez. De las heterogéneas exposiciones presentadas en las salas del centro, sin duda México, del cuerpo al cosmos fue la de mayor consistencia de contenidos y dignidad museal, pues el resto se repartía en muestras fotográficas, artesanales, una exhibición de mujeres artistas que bien pudo estar en el MAC (Museo de Arte Contemporáneo) o en el pasado de la Galería Gabriela Mistral, más la Bienal de Arquitectura 2006 antes exhibida en el Museo Nacional de Bellas Artes, y la polémica exposición Artefactos del poeta Nicanor Parra que –más allá de su lectura y contenido artístico en la propuesta creativa y curatorial– dejó al descubierto en el ámbito mediático nacional e internacional, una incómoda situación de crisis institucional y de cocina interna menor, lamentablemente prolongada hasta el día de su aniversario al interior de este espacio.
Para 2007 la ministra Urrutia anunció la actual muestra Literaturas del exilio, alusiva al tema del destierro español (¿no debiera exhibirse en el Museo de la Solidaridad?); otra sobre la península ibérica, una exposición de 12 artistas contemporáneos chilenos y asiáticos que toma el modelo de la exposición Fantasmatic exhibida en 2002-2003 en Asia con el patrocinio de la cancillería. Y, en forma permanente, la obra gráfi ca y pictórica de Violeta Parra.
¿Cuál es entonces el tema, el objetivo, el proyecto curatorial y museal de exhibiciones de este centro?¿Existe como en los casos anteriores del Centro Pompidou y el Museo Quai Branly –respetando las siderales diferencias fi nancieras y la distancia entre la institucionalidad cultural francesa y la chilena– un sentido, un propósito consistente que diferencie este hermoso y bien pensado espacio, y que vehicule tal propuesta más coherente y sustantiva justifi cando así su otredad y diferencia intrínseca frente a los espacios actualmente existentes en el espacio público, y financiados con los recursos estatales?
¿Cuál es el presupuesto inercial que aporta el Estado y el que se ha gestionado para 2007 a través de auspicios privados, aportes de las embajadas, ley Valdés o empresas dispuestas a sumarse –como el Teatro Municipal– a esta desafi ante y prometedora instancia de infraestructura pero aún escasa alma en su sentido y propuesta cultural?
Finalmente, aparte de un directorio variopinto en materia de instituciones, pero no así de expertise museal o curatorial de la fundación que apadrina a la institución, ¿contará a futuro el Centro Cultural Palacio La Moneda con un organigrama que incluya a expertos y entregue lineamientos realmente innovadores y responsables para construir y consolidar este espacio soñado y creado, según el modelo francés, por el presidente Lagos?
En honor a la valiosa iniciativa de su impulsor, es de esperar que así sea, para que de una vez por todas en la cultura –como en otras políticas públicas– se muestre profesionalismo, credibilidad y se deje de improvisar.