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Artículo correspondiente al número 233 (25 de julio al 7 de agosto de 2008)
Esta inmigrante peruana también llegó a Chile hace una década. Trabajó como empleada doméstica, pero sus ansias de independencia la hicieron volver al rubro comercial, en el que por años se desempeñó en su país. “Siempre quise volver a trabajar en lo mío y hace unos cuatro años se dio esta oportunidad de establecerme acá en la Vega: conseguí un local y partí vendiendo productos de mi país cuando había sólo tres negocios de este tipo. Ahora hay muchos más”.
Fue este hecho el que la llevó a buscar otras ubicaciones, siempre manteniendo sus dos locales en la Vega. Así llegó a La Pequeña Lima y se instaló con el más famoso minimarket de la cuadra: El Señor de Los Milagros –la imagen católica más
venerada en Perú–.
Pero el empuje de Norma y su familia va más allá. Su principal objetivo es educar a sus cuatro hijos. De hecho, la mayor –cuenta con orgullo– ya cursa el primer año de Derecho en la Universidad de Las Américas. También se ha empeñado en reunir dinero para comprar una casa, y se ha preparado para la apertura de un nuevo local. Cuenta que no se trata de replicar el negocio del minimarket, sino que su afán ahora está en diversificarse y, para ello, está a la espera de los permisos para inaugurar un local de jugos naturales.
Pero en esta zona no sólo hay locatarios consolidados. También está la visión de los que recién arriban. Es el caso de Jaime Ocaña (40), también peruano, quien durante más de diez años trabajó en el Lider de Los Dominicos y que tras su retiro de la empresa, el año pasado, decidió montar un comercio propio.
Aprovechando sus conocimientos en el rubro, cuando arrendó el local lo primero que hizo fue reordenar las góndolas, diversificar los productos y, junto con ello, incorporar mercaderías peruanas. Resultado: en un año ha duplicado la venta del local.
Hoy, Ocaña dice vivir tranquilo, sin deudas, tiene casa propia y auto del año. Cuenta que el negocio le da para mantener a su familia y ahorrar algo para algún día volver a Chimbote, su ciudad natal.
Pero en La Pequeña Lima no todo es empuje y optimismo. Estos mismos locatarios también alegan discriminación en el trato. Norma Anampa dice estar viviendo esta situación: anota que hace siete meses está tratando de abrir el local de jugos naturales y que, por diversos motivos, la junta de locatarios del pasaje ha negado o tramitado los papeles para obtener la patente. Conocer la opinión de los vecinos del lugar no es tarea fácil, ya que prefieren señalar que desconocen la situación o, sencillamente no tienen ninguna respuesta.
Es que no a todos les gusta conversar de sus asuntos. Particularmente, a los que se ubican en el caracol situado en la esquina de Catedral con Bandera. Cuentan algunos que es por su pasado, ya que muchos se desempeñaban como ambulantes. De ahí que prefieran el anonimato.
Pero mientras la mayoría cerraba sus puertas, sólo uno accedió a conversar brevemente con Capital. Se trata de Luis Bustamante, peruano de nacimiento, quien instaló un pequeño almacén en el centro del caracol hace un par de años, precisamente cuando comenzaban a asentarse los puestos orientados exclusivamente a los inmigrantes de su país en esa galería comercial.
Revela que no todas las historias de negocios en La Pequeña Lima son de éxito. Que muchos están al borde de la quiebra y a otros tantos “sólo les da para vivir”. Esto ocurre particularmente en los negocios ubicados dentro de galerías. Bustamante está consciente de esta situación y explica que se debe a la falta de visibilidad. “Aquí hay varios que han quebrado, pero así como se cierran locales se abren otros. Es difícil mantenerse, sobre todo si estás ubicado en un lugar más apartado, como en estas galerías”, explica.
Pero las quejas no resultan tan aisladas. En los negocios que dan hacia la calle, más de uno advierte que la situación no es la misma. En el caso de los centros de teléfonos, las llamadas prácticamente valen “nada”, advierte Mario Iturriaga, encargado de Easynet, empresa que cuenta con dos locales de telefonía de larga distancia en la zona. “Hoy nadie gana más por telefonía; el que tiene más locales es para mantenerse. Por ejemplo, hace unos cuatro o cinco años un local vendía fácilmente 8 millones al mes, pero han caído tanto las tarifas que sólo llega a facturar la mitad. Entonces, se ha vuelto un negocio cada vez más difícil. Hay que buscar otras alternativas”, advierte.
Con todo, la efervescencia comercial que vive ese sector no decae, y aunque algunos son menos optimistas respecto del futuro de La Pequeña Lima, hay otros tantos que señalan que la zona va a crecer mucho más; sobre todo, con la llegada de nuevos inmigrantes. Por ahora es cosa de pasear por sus calles donde, efectivamente, se confunden cada vez más los acentos y las entonaciones.