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Artículo correspondiente al número 227 (2 al 15 de mayo de 2008)
Tras su expulsión del partido a fines del año pasado, muchos pensaron que el ex presidente de la DC era “un cadáver político”. La vida, sin embargo, ha dado muchas vueltas y a contar de marzo encabeza la mesa de la cámara alta. Una oportunidad que dice no haber imaginado, pero que puede ser su puerta de entrada a un renovado camino político. Por Elena Martínez C.; fotos, Verónica Ortíz.
Pocos saben que un día después de ser elegido presidente del Senado, en marzo, lo primero que hizo Adolfo Zaldívar fue ir a la población La Bandera, en el sector sur de Santiago. Allí vive uno de los hombres que dice admirar. Se llama Julio Soto, es concejal y reside a pocos metros del emblemático sector donde el Papa Juan Pablo II lanzara su frase que hasta hoy resuena: “los pobres no pueden esperar”.
Junto a su señora, la pintora Alicia Larraín, el ex presidente de la Democracia Cristiana y senador por la XI Región se reunió con su amigo, al que define como “un líder popular nato”, y otros dirigentes sociales. Estuvo horas con ellos porque quiso demostrarles que iba a abrir la presidencia del Senado a ese mundo.
A más de un mes y medio del episodio, este abogado y profesor de Derecho Constitucional transita inmutable entre ese mundo bastante terrenal y el de la alta política, donde ha estado permanentemente dando batallas y soportando remezones.
El primero y quizás el de mayores proporciones fue su expulsión de la DC tras más de cuatro décadas de militancia. Su negativa a apoyar un millonario préstamo para el Transantiago desencadenó un proceso marcado por un duro enfrentamiento con Soledad Alvear y que culminó con la automarginación de un grupo de diputados cercanos a él.
Tras el cisma, muchos vaticinaron que el otrora poderoso líder “colorín” era un “cadáver político”. Craso error. Sí, porque hoy ungido en la testera del Senado, Zaldívar desempeña un rol protagónico en la cinematografía parlamentaria. Fue ese papel justamente el que le tocó como presidente de la Cámara Alta en el desarrollo de la acusación constitucional contra Yasna Provoste, otra prueba de fuego a escasas semanas de su designación como sucesor de Eduardo Frei Ruiz-Tagle.
Le preguntamos por ese desafío. Sentado con cierto aire señorial tras su imponente escritorio de la oficina institucional del Congreso, afirma que el 16 de abril, fecha de esa histórica jornada, se sintió corriendo una final, sin haber pasado por las eliminatorias ni los cuartos de final. Todo un privilegio del destino, dice. Y de paso refuta a quienes señalan que lo sucedido atenta contra los mecanismos democráticos, porque lo que pasó en el Senado permitió que dentro del estado de derecho se colocara un contrapeso al Ejecutivo.
Zaldívar es un hombre de leyes, sin duda. Estudioso y meticuloso. Cita con frecuencia artículos de las diversas constituciones que ha tenido Chile y se nota que disfruta analizando sus alcances.
Esta formación académica le ayuda en sus nuevas tareas. En el Senado, se ha apegado al reglamento de un modo estricto, casi obsesivo. Esta actitud le ha granjeado gradualmente el reconocimiento de sus pares, incluso de quienes le cuestionan su decisión de votar con la Alianza y los independientes. “No se puede hablar de un sello Zaldívar en la presidencia del Senado. Todavía es muy pronto. Pero hay que reconocer que lo ha hecho bien hasta ahora”, nos dijo un parlamentario .

El no descuida un detalle. Un ejemplo: en la sesión del caso Provoste se preocupó de que todos los senadores dijeran lo que querían expresar, aunque superaran los 10 minutos fijados. Y cuando hubo menciones a la imposibilidad de acceder a todos los antecedentes de la acusación, no dudó en suspender la sesión e instar a los comités a zanjar el tema.
Extraña esta cautela en un dirigente cuya vida política ha estado marcada por la polémica. Nunca la ha eludido o temido. Es más, a menudo pareció disfrutarla.
¿Qué lo mueve ahora? Difícil decirlo. Sus detractores afirman que sabe que cualquier error de procedimiento lo pondrá en el ojo del huracán. Que es un “animal político” y que busca sobrevivir en aguas turbulentas.
La tormenta pasada incluye haber dejado en el camino al senador socialista Ricardo Núñez, lo que provocó la furia del presidente del PS Camilo Escalona.
El sólo reconoce que quiere hacer una buena gestión. Y añade que es un amante del fair play y que no entiende ganar un objetivo al margen del mismo. “Hay que ser justo y prudente”, afirma.