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Artículo correspondiente al número 199 (09 al 22 de mar 2007)

Acaba de ser publicado un volumen dedicado a su obra en inglés. Hizo las oficinas centrales de Turner en Buenos Aires y participa en un mega proyecto en China, país que compara con el anticipo del Apocalipsis. Aquí habla del Transantiago –“pintar verdes las micros amarillas es una tomadura de pelo”– y dice que el centro de la capital en poco tiempo será tan caótico y decrépito como el de Sao Paulo.
Por Marcelo Soto
Se habla mucho de ciertos economistas locales que son medianamente conocidos fuera de las fronteras –dos o tres, en estricto rigor–, pero en honor a la verdad pocos profesionales chilenos gozan de un prestigio internacional comparable al del arquitecto Mathias Klotz.
“Su trabajo ha fundado una escuela”, dice de él Miquel Adriá, uno de los especialistas más importantes de Europa en la materia, en el libro que la editorial Electa acaba de publicar en inglés sobre el arquitecto nacional que en 2001 ganó el Premio Borromini. El galardón, que se otorga en Roma al mejor arquitecto de hasta 40 años, le abrió las puertas en el extranjero y hoy Klotz acumula proyectos en lugares tan dispares como China, Líbano, España y Argentina. Su obra ha sido recientemente visitada en extenso, por el jurado del premio Pritzker, equivalente al Nobel de la arquitectura.
Buena parte de su prestigio tiene que ver con el Colegio Altamira, que construyó para Fernando Flores y que le permitió dejar de ser considerado exclusivamente un arquitecto de casas unifamiliares para encarar desafíos más complejos.
Aparte del nuevo colegio Verbo Divino en Huechuraba, acaba de terminar en Buenos Aires las oficinas centrales del conglomerado televisivo de Ted Turner. Y en China participa en un mega proyecto de hotel-museo en una ciudad universitaria de 6 millones de habitantes. No es poca cosa.
Pero Klotz, decano de la Facultad de Arquitectura, Arte y Diseño de la Universidad Diego Portales, sigue teniendo los pies puestos en Chile. Al frente de esa repartición académica no solo ha liderado la transformación del sector de República en barrio universitario, rescatando para la ciudad un área patrimonial que estaba perdida, sino también convertirá en parque público los terrenos de la ex toma de Peñalolén.
Nacido en Viña, aunque santiaguino de toda la vida, Klotz tiene una mirada crítica sobre la forma en que se ha construido la ciudad. De ancestros alemanes, el autor de la casa Tongoy –que se puede ver en la película Dos hermanos, protagonizada por Luciano Cruz-Coke– es un tipo serio, desconfiado de la prensa –nunca sonrió a lo largo de la entrevista–, pragmático, la versión opuesta a arquitectos de moda como Frank Gehry.
Mientras el autor del Guggenheim de Bilbao se ha hecho famoso por sus construcciones extravagantes, la trayectoria de Mathias Klotz brilla precisamente por lo contrario: nada más alejado de su estilo que llamar la atención. “Las mejores obras de arquitectura son las que menos se ven”, dice en su casa-estudio de Pedro de Valdivia Norte.
-Se hizo conocido por las casas cubo, que parecen “cajas”. Algunos le han tildado de minimalista.
-Yo cuando hago un proyecto no pienso si va a ser minimalista. Hago lo que me nace, lo que me gusta, lo que pienso interpretará y resolverá de la mejor manera los requerimientos y anhelos del cliente, y que interactuará bien con el entorno.
El trabajo está ahí y el que quiera analizarlo puede hacerlo. Es como cuando uno se viste: yo no pienso si mañana me voy a vestir de ejecutivo o de gimnasta… es una cosa que me sale natural.
-Hace un tiempo escribió un artículo en que decía que la pregunta que debe responder todo proyecto arquitectónico es parecida a la de la tira cómica “¿Dónde está Wally?” Es decir, ¿dónde se encuentra la obra?
-Un proyecto de arquitectura tiene una o dos cosas que son fundamentales, un par de decisiones que de alguna manera hacen que todo el resto funcione. Si un proyecto no lo puedes describir en una frase, no es un buen proyecto. En ese sentido hago la referencia a Wally. En alguna parte, que a veces no es evidente, se esconde la esencia misma de ese proyecto. No es que cuando parta la tenga como una clarividencia, sino que es algo que también surge en el proyectar, que es un proceso bastante largo, por lo menos dos años, a veces tres o cuatro, desde que se dibuja hasta que se termina. Si el proyecto tiene una base sólida, firme, es capaz de crecer, incluso frente a escenarios nuevos y adversos, que, como en la vida, van apareciendo en el camino. Si la obra no es más que una composición “bonita”, entonces no soporta ningún desarrollo sin transformarse en una especie de mutante mal parido. Es lo mismo que con las personas...
-Si una obra ha de ser definida en una frase, ¿qué diría de la Casa Tongoy, uno de sus primeros trabajos importantes?
-Es un refugio. Eso es. No es una casa propiamente tal. Hay que pensarla como un puesto de observación en ese lugar completamente despoblado. Era muy raro hacer una casa allí.
-¿Y del Colegio Altamira?
-Lo esencial es el corte, que es el patio sobre el techo en contra pendiente del gimnasio. El espacio del gimnasio, tanto arriba como debajo de él, es lo que hace al colegio. Es el corazón del colegio: por ahí pasan todas las comunicaciones, todos los cruces, es el lugar de reunión, de juegos, de eventos.
-En una entrevista en la revista Nexus reconoció que fue muy complicado ese proyecto. ¿Tuvo problemas con el dueño, Fernando Flores?
-Todos los proyectos son complicados. No existen los proyectos fáciles, y yo estoy muy contento de que el cliente me haya dejado hacerlo. Pero no tuve mayor relación con Flores. El tenía una comisión asesora con la cual discutíamos todas las semanas. Yo pienso, que el problema mayor que tengo con esa obra es la falta de cariño de los usuarios con el colegio, hablo de alumnos y profesores. Está bastante deteriorado. Da pena.
-El Colegio Altamira representó un antes y un después en su carrera. Ganó el Premio Borromini en 2001, que lo consagra internacionalmente.
-Sin ninguna duda. Fue el primer proyecto complejo que hice. Por programa y por escala. Y fue un proyecto que tuvo y sigue teniendo muy buena crítica afuera, y eso fue muy importante. A los arquitectos nos encasillan en rubros y yo estaba asociado a las casas. El Colegio Altamira me permitió ampliar mi trabajo. Dejé de ser únicamente arquitecto de casas, aunque las sigo haciendo con el mayor de los gustos.
-También le abrió las puertas en otros países. ¿Cómo ha sido su experiencia en China, por ejemplo?
-Estamos haciendo un proyecto en el cual hay envueltos 20 arquitectos, diez chinos y diez no chinos, en Nanjing, ciudad universitaria a 300 km. de Shangai río arriba. El proyecto es una especie de hotel y centro de convenciones. La particularidad que tiene es que el mismo proyecto es un museo de arquitectura contemporánea, abierto al público, y cada arquitecto hace un edificio-casa de 500 metros cuadrados y esa casa en el fondo es una suite del hotel. El proyecto total debe tener unos 40 mil metros cuadrados.
-¿Qué le diría a quienes ven con interés las posibilidades de trabajo que representa el gigante asiático?
-China es una versión anticipada del Apocalipsis. Es el lugar (para mi gusto) más inhumano que conozco, de fuertes contrastes y con los cuales no es fácil convivir. No es que los chinos hablen distinto nomás. Son en todo sentido muy distintos a nosotros. En China me siento en otro planeta. A mí no me gusta nada. No ha sido fácil, es como los gatos con los perros. Uno nunca sabe nada con los chinos.
-¿Y qué piensa de las grandes construcciones que se están haciendo? Ciudades nuevas enteras, de la nada…
-Es espantoso, realmente. China es lo más fuerte que existe.
-¿Mejor o peor que Santiago?
-Santiago es el paraíso terrenal al lado de China. La calidad de vida en China no es que sea mala; es horrorosa. No es que haya gente pobre y gente con plata. Es todo: el contexto, el entorno. Es sucio, agresivo, la incomunicación es absoluta. Perdidos en Tokio es nada comparada con China. Hay gente que lo encuentra fantástico, exótico. Pero yo lo encuentro siniestro. Nanjing tiene 6 millones de habitantes y es una ciudad “chiquitita”, imagínate.
-Otro país donde está trabajando bastante es Argentina.
-En Buenos Aires terminamos recién las oficinas de Turner, el conglomerado de televisión, en una antigua imprenta que se transformó. Turner se compró hace poco 20 canales más y levanta la señal para toda América latina, incluido México, desde Buenos Aires. Ahí se editan y hacen todos los programas. La única excepción es CNN, que se emite desde Atlanta. Es un edificio grande, de 4 mil metros cuadrados.