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Reportajes y Entrevistas
La isla de la intensidad

Artículo correspondiente al número 206 (15 al 28 de jun 2007)

Esta isla lejos de todo y cerca de nada es un planeta aparte. Su gente, sus tradiciones, su acervo cultural, está entre lo más desorbitado y diferente que el mundo globalizado pueda ofrecer hoy por hoy. Gane o pierda su postulación a las Siete Maravillas del Mundo Moderno, Rapa Nui es en sí un portento geográfico e histórico. Y un lugar increíble para vivir un tiempo. Fue lo que el autor de esta crónica hizo.
Por Alejandro Gouhaneh

 

Mientras fui isleño, cada cierto tiempo despertaba con instintos un poco salvajes. Me asaltaban ideas raras. Poner una buena carga de amongelatina en algunos monumentos arqueológicos. Hacer saltar el entorno en mil pedazos. Organizar una masacre tipo Virginia en alguna disco. Menos mal que esas oscuridades se me disipaban luego. La isla es demasiado acogedora y al otro día ya estabas organizando un exquisito tunu ahi de atún y toremo a la parrilla, en la idílica playa de Ovahe, observando una maravillosa puesta de sol, de esas que solo se pueden ver en las películas.

Efectivamente así, de postal, es Rapa Nui, la isla real. La verdadera. La única. La intensa. En ninguna parte del mundo las alegrías son más arrebatadoras que allá. Uno podría llegar a jurar que ahí está el paraíso. Pero, vaya que se viven con intensidad las penas en esas latitudes. Agónicamente. Devastadoramente. Con un sentido de la inmensidad comparable al de esos mares interminables y omnipresentes que uno ve todo el día.

Viví más de cinco años en Rapa Nui y sobreviví. Trabajé durante ese tiempo en una empresa de alimentos que abastecía a los aviones. No sé si sea el mejor lugar del mundo para trabajar. Pero puede ser un buen sitio para irse a hacer pedazos por algún tiempo, corto. O para ir a hacerse uno pedazos para siempre, como lo ha hecho mucha gente que terminó allá escapando de un mundo que le parecía atroz.

Esta es la famosa isla de los misterios. Lejana, solitaria, pacífica. Y chilena, por esas cosas de la vida.

Pascua junta en tierra firme a una comunidad donde conviven isleños (sus únicos y reales dueños), extranjeros (de todo tipo y clase), turistas permanentes y turistas en tránsito. Es un total no son más de 4 mil almas. Todas bastante acostumbradas a un ritmo relajado y cansino en el desarrollo diario de sus actividades.

Algunos miembros de este exclusivo resort del Pacífico trabajan en serio. Pero la mayoría pesca, baila, pasea en motocicletas, va a los asados y se prepara para el Toroko o el Piriti. Son las dos grandes instituciones vitalicias de la isla, que a su vez son las mejores discotecas en que he estado en mi vida. En serio. ¡Qué Pacha! en Buenos Aires o ¡qué Tunnel en Nueva York! Aquí se vive la fiesta verdadera, con una música tan ecléctica que va desde la pascuense, el zouk polinesio, pasa por Tom Petty (verdadero icono pop, para los isleños), Matato’a y AC/DC. Sagradamente todos los viernes y sábados la isla entera se apretuja en estas alegres y regadas manifestaciones. “El pedido” –así le dicen a la botella de pisco con su correspondiente bebida– la lleva. Viva Chile.

Los isleños viven con alegría. Era que no. Por eso dividen el año en dos. Es decir, seis meses para preparar la Tapati Rapa Nui, su célebre fiesta cultural, donde diversas familias compiten por la elección de la reina. Y los otros seis, para comentarla, chismearla, analizarla y celebrarla.

La Tapati, una especie de carnaval de Río polinésico dura 15 días –sí, 15-, se realiza en febrero y es puntualmente, cada temporada, la noticia del año en la isla. Cuando concluye, el nivel de estrés alcanzado por los organizadores, participantes y familias en general es tan alto que obligadamente todos se toman unos días de descanso en el campo. ¿Quién dijo que las fiestas descansan?

El campo es el campo. Los isleños se lo toman tanto o más en serio que los huasos en Colchagua. Con qué ropa, dirá usted. Bueno, con poca, con la que usan. Porque mientras las actividades diarias se desarrollan en la congestionada parte urbana, Hanga Roa, las merecidas vacaciones se toman a unos 18 kilómetros. Ahí los isleños se van de camping, pescan, realizan sus tunu ahis, se toman sus buenas pias (cervezas) y se relajan de las tensiones de la vida “urbana”. Toda la razón.

EL COMIENZO DEL SHOW

El día en que pisé por primera vez la losa del aeropuerto Mataveri me sentí en otro mundo. Al margen del asfixiante calor húmedo, parecía uno más de los invitados de La isla de la fantasía, pero sin Ricardo Montalbán ni Tattoo esperándome. Aunque había exóticas morenas bailando y repartiendo collares de flores a los fascinados visitantes –en su mayoría europeos y gringos– en mi cabeza rondaba cierta preocupación. Mal que mal había llegado solo con un pasaje de ida.

La casa que arrendé estaba bastante bien. Aunque no era muy grande, era lo suficiente cómoda para mí. Agradable vista al mar, cortinas de totora, suave box spring y espacioso taupea (terraza). Y, lo más importante, un 4x4 estacionado afuera.

Poco a poco, comencé a sentirme en el paraíso. Bastaba darse una vuelta por el pueblo para apreciar la belleza del paisaje y ese tostado natural tan atractivo de sus mujeres. Son seductoras y lo saben. Para ser un simple tire (chileno), no estaba nada de mal. La pega estaba buena, comía de maravillas y el clima era ideal.

A veces cuando llegaba a mi casa cansado y con ganas de dormir, el Tío Pobre por lo general me estaba esperando en mi living con un ron con Coca-Cola. El problema es que el Tío, que de pobre no tenía nada, era el arrendador y yo el arrendatario. El tipo nunca logró entender estos roles. Como la casa era suya, pensaba que la podía seguir usando, no obstante habérmela cedido en arrendamiento. Pero no: el dueño de casa seguía siendo él.

Nunca logré sacarlo de su confusión. Cambié cerraduras, hablé con él, me mostré hosco cuando el asunto se repetía. Nada. El Tío siempre encontraba la manera de entrar. Pero era ubicado, eso sí: cuando notaba presencia femenina, golpeaba fuerte la puerta y ofrecía potus (cigarros), se sentaba cómodamente y se largaba a contar sus innumerables historias de la época de la Williams & Balfour. Por esa época, Rapa Nui lo pasó muy mal.



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Comentarios

1 Comentarios

Amaya E. :

Publicado Martes 15 de Febrero, 2011 - 14:51 hrs

y cómo hace uno para fabricar niños en orongo?

 
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