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Artículo correspondiente al número 293 (28 de enero al 24 de febrero de 2011)
Tras varios años de disputas, el cerro El Boldo de Zapallar aparece hoy como un ejemplo a seguir en materia de conservación. Un grupo de inversionistas de distinto origen compró hace algunos años las parcelas del lugar y se comprometió a preservar una buena parte de su territorio. Esto comenzó a tomar forma en los últimos meses, bajo una novedosa modalidad de servidumbres. Así es como funciona. Por Cristián Rivas Neira.
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Grupo heterogéneo
Para explicarlo mejor es necesario describir la historia de lo que ha sucedido: una vez que el proyecto inmobiliario no pudo desarrollarse, y en atención a las deudas que había de por medio, el Banco Santander se hizo de las 110 parcelas en cuestión y las sacó a remate en forma individual. Gran peligro, si la idea era mantener intacto el bosque natural.
Fue ahí cuando Ringeling se echó a la tarea de buscar gente que quisiera comprar en conjunto esos activos, pero que a la vez no quisiera intervenir el ecosistema. Para qué estamos con cosas: esa misión era prácticamente imposible y, luego de algunas semanas de intensa búsqueda, se dio cuenta. Pero, tenaz como él solo, siguió golpeando puertas –casi un centenar–, hasta que dio con 22 interesados en participar en la iniciativa, incluyendo a su esposa. Cuenta que ella se involucró con el fin de elevar el número de oferentes y, así, ampliar el círculo de interesados para disminuir los costos de inversión.
Lo cierto es que estos 22 propietarios –un universo heterogéneo, que vadesde empresarios y ejecutivos como Hernán Somerville, Raúl Sotomayor, Luis Felipe Edwards y Manuel José Ureta, pasando por varios abogados, como los hermanos Carlos y Gabriel Villarroel, el publicista Joaquín Bascuñán y muchas familias conocidas de la zona– hicieron una oferta para comprar en conjunto las hectáreas en remate, la que bordeó los mil millones de dólares. El compromiso era que sólo utilizarían para construcción 26 de las 110 parcelas –las que, dicho sea de paso, pueden venderse una vez que se adjudiquen entre sus dueños actuales, lo que ocurrirá en marzo próximo–. Para el resto se buscará un mecanismo que asegure su conservación.
2010 fue un año decisivo en el empeño, porque hacia el segundo semestre se avanzó en la puesta en práctica de todos estos supuestos. Lo primero que hicieron los nuevos propietarios fue crear una sociedad en comandita por acciones, a la que se le entregó el derecho de dominio de las 84 parcelas –sin perder estos 22 socios la propiedad sobre los terrenos–, con el objeto único de gestionar el establecimiento y la mantención de un parque en el cerro El Boldo.
Para ello, esta sociedad debía trabajar con la Corporación de Desarrollo de Zapallar –que actuó como garante de todo el proceso de compra– en la formación de una nueva institución que fuera la que se encargara de la conservación. Fue así como nació la Corporación Bosques de Zapallar, que agrupa en su directorio, entre otros, al médico Juan Carlos Johow, al abogado Guillermo Morales, la socióloga Catherine Kenrick, la periodista Luisa Eyzaguirre, y al propio Ringeling. Varios de ellos recalcaron que su participación en este proyecto se sustenta en un acérrimo valor de conservación que están dispuestos a defender a como dé lugar.
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