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Artículo correspondiente al número 300 (20 de mayo al 2 de junio de 2011)
El “yo no soy candidato a nada y no tengo ninguna preocupación de serlo” de Laurence Golborne sería suficiente como para descartar una estrategia electoral. Pero con un 90% de conocimiento, 85% de respaldo popular y encuestas que lo posicionan como el único representante de la centroderecha capaz de impedir el retorno de Bachelet, esa opción parece inviable. Así lo han entendido el propio biministro y un equipo que cuida mejor sus pasos y analiza las rutas a seguir. Por María José O’Shea C.; fotos, Verónica Ortiz.
La mañana del 11 de mayo de 2010, apremiada por la orden presidencial de aumentar el nivel de conocimiento del ministro, una periodista del equipo de Laurence Golborne llamó a los medios para ofrecer la siguiente información: los asesores le proponían al secretario de Estado castellanizar su nombre. Es decir, hacerse llamar Lorenzo; quien, además, es el patrono de los mineros. Para ellos, parte del problema de conocimiento del ministro –además de encabezar una cartera por entonces muy poco glamorosa– era que un nombre tan gringo era difícil de pronunciar, recordar y escribir.
Desde ese día han pasado doce meses y ahora a nadie parece importar si se llama Laurence, Lorenzo o Juanito. El es Golborne, y pronunciado de cualquier manera. El 89% de la población dice identificar perfectamente a esta especie de superstar que aterrizó de paracaidista en el cuadro presidencial de la derecha, para bien de algunos y molestia de varios otros.
El origen de la historia lo saben hasta en Tombuctú: sacó a los 33 mineros atrapados en el yacimiento San José. Y la misma cápsula que los traía uno a uno desde bajo tierra le llevó de regalo hasta un 91% de aprobación popular. Bastó que un minero pusiera un pie en el suelo para que el cartel de candidato presidencial no saliera nunca más de la frente de Golborne.
Y ahí está. Dando pequeños pasos. Sutiles señales.
En su entorno se empeñan en asegurar que no. Que él no está en carrera ni nada que se le parezca. Que Golborne vino al gobierno para ser ministro, y punto. Y la verdad es que eso nadie se lo discute. El repite en privado que su hija le dijo: “te presto por cuatro años. Sólo por cuatro”. Otra cosa es que el hombre se ha ido dando cuenta de que del 85% de respaldo no baja. Pensaba que con el paso del tiempo el efecto minero iba a quedar atrás y dejaría de ser la novedad del gabinete. Pero no ha ocurrido.
Después, en su entorno apostaban a que perdería cerca de 20 puntos cuando planteó –tras el desastre de Fukushima– que Chile igual debe estudiar la energía nuclear. Y nada.
Es que, sin siquiera ponerlo en palabras, con su actitud Golborne ha ido mostrando un giro. De pasar a decir “por ningún motivo seré candidato”, hoy ha asumido que quizás sí tiene que hacerse cargo de la popularidad… En el fondo, el biministro vive estos días el terrible duelo entre el querer y el deber. Y al parecer, esa dicotomía se ha ido diluyendo.
Las señales
Probablemente, a un ojo menos entrenado en las artimañas de las comunicaciones, no le llama para nada la atención. Pero a aquellos que estudian cómo se mueve la gente para lograr determinados efectos mediáticos, la aparición de Laurence Golborne a principios de mes en un programa de TV que denunciaba cobros abusivos en las cuentas de la luz, vaya que les hizo sentido.
“Está actuando como candidato. Este mono –como se le dice a la imagen en la televisión en jerga periodística– no es en vano. Aquí hay un cambio, un click. Nunca un ministro de Energía había salido en esto, esa es pega del director del Sernac”, fue la conclusión.
Si bien no tiene un equipo dedicado especialmente a diseñar una estrategia política y se maneja con el mismo grupo con que llegó al gobierno –su jefa de gabinete, Luz Granier, más sus asesores Juan Pablo Koljatic y el equipo de prensa, encabezado por Carolina Lathrop–, dicen que se ha dedicado a escuchar más consejos y a transitar por la política con más cuidado. Que habla con los diarios “lo justo y necesario” y que en televisión sale “sólo cuando es bueno el mono”. Por estos días, está focalizando mejor sus pautas e intensificando sus salidas a terreno, una pega que para cualquier ministro de Minería y Energía no es nada fácil. En otras palabras, las carteras son bastante poco sexy y no es fácil agarrar cámara… salvo que se trate de HydroAysén. Y ahí viene el segundo botón de muestra: en la derecha dicen que será “la” prueba de fuego para su popularidad y el propio Golborne está consciente de ello. Por algo comentan que, una vez aprobada la central, revisaba su Twitter –donde tiene más de 135 mil seguidores– para enterarse de los insultos que le propinaban en las redes sociales. El poder no le está siendo indiferente.
Pero más allá de lo que digan las encuestas, sus apariciones en la prensa hablando del asunto también fueron estratégicamente pensadas. A diferencia del ministro del Interior –otra carta en carrera presidencial–, quien horas antes de la decisiva votación del lunes 9 de mayo dijo que la central es buena para el país, él guardó silencio hasta después del finalizada la sesión. Sólo los días anteriores había manifestado su preocupación por la matriz energética y siempre poniendo acento en el respeto a la institucionalidad y la relación entre energía a menor costo y superación de la pobreza. Y al día siguiente de la votación, cuando comenzó a hablar públicamente del tema, se quedó en ese mismo discurso. Lo más avezado fue repetir una frase dicha en un anterior seminario: que “la ciudadanía está empoderada, pero no bien informada respecto de nuestro sistema energético y pide acciones que no están en las facultades del gobierno”.
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