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La Economía malherida

Artículo correspondiente al número 233 (25 de julio al 7 de agosto de 2008)


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El nuevo (des)orden financiero internacional
Bienvenido al far west



Es un hecho. La crisis económica dejó en entredicho la capacidad de alerta y reacción de los organismos internacionales. Los países emergentes acusan a los grandes y demandan ahora más protagonismo. Los europeos quieren desbancar a Estados Unidos de la hegemonía financiera internacional y desde Medio Oriente surgen nuevas potencias de la mano de años de ganancias petroleras. Es el nuevo orden que se manifiesta, pero que aún carece de un liderazgo claro y de un norte seguro. Por Claudia Heiss.

 

Descarga el audio aquí.

 


Qué duda cabe, el orden económico internacional está cambiando y nosotros somos los testigos a distancia. Lo que no sabemos con certeza es la dirección precisa de este cambio, ni quiénes serán los invitados a establecer el nuevo orden. La reunión del Grupo de los 20 (G-20), efectuada hace pocos días en Washington D.C., llegó a concebirse como un “Bretton Woods II”, algo así como la Meca en lo que a redefinición de las bases del sistema financiero internacional se refi ere. Sin embargo, tras seis horas de discusión, el encuentro terminó con una desabrida serie de declaraciones de intenciones que no alcanzan a marcar un punto de quiebre en la actual crisis financiera.

 

 

 

 

En resumen, la esperada reunión sembró más expectativas que resultados. Mientras el New York Times destacó la imposibilidad de alcanzar acuerdos sustantivos en la cumbre, el Wall Street Journal señaló que ahora la pregunta no es si los grandes poderes económicos podrán enfrentar la crisis, sino que hasta qué punto podrían empeorarla. En un ambiente tenso, los principales líderes del mundo decidieron postergar las grandes decisiones para 2009 ¿Por qué? Simplemente, porque –aunque nadie lo mencionó– faltaba el actor principal a esta cita: el presidente electo Barack Obama.

Los rituales y declaraciones en torno a la reunión del G-20 demuestran un giro en las correlaciones de poder en el mundo. Aunque la magnitud de estos cambios es incierta, pocos dudan que el actual ordenamiento institucional global tiene sus días contados.



G5, G7, G8, G20, G-¿N?


La historia se remonta al fin de la Guerra Fría, cuando el colapso de la Unión Soviética dejó a Estados Unidos como principal superpotencia militar y a un grupo de países en Europa y Asia como actores económicos relevantes, aunque sin una estrecha coordinación. A nivel político, el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas perdió su capacidad de representar este nuevo orden internacional y, aunque durante gran parte de la década de los 90 fue el único instrumento de gobernabilidad global, surgieron numerosas propuestas para reformarlo. Potencias emergentes como India y Brasil empezaron a demandar participación en esta esfera de decisión.

La incapacidad de las principales potencias para lograr acuerdos en el marco de Naciones Unidas había llevado, años antes, al surgimiento de espacios alternativos de toma de decisión. En 1975, a propuesta del entonces secretario del Tesoro George Schultz, se reunieron los ministros de finanzas de cinco países: Estados Unidos, Japón, Alemania, Francia e Inglaterra, a los que posteriormente se sumarían Italia y Canadá. A partir de 1998 se integró Rusia, conformándose lo que hoy conocemos como G-8.

Cumbres de jefes de Estado como las del G-8 se han transformado en instancias clave para el sistema internacional, por el peso económico de quienes allí se reúnen y por el tipo de agenda que se discute, y que incluye temas financieros, comerciales, ayuda para el desarrollo, seguridad alimenticia y medio ambiente, entre otros.

El Grupo de los 20

Creado en 1999, el G-20 tiene por objetivo discutir temas de economía global. Lo integran, en orden alfabético: Alemania, Arabia Saudita, Argentina, Australia, Brasil, Canadá, China, Estados Unidos, Francia, India, Indonesia, Italia, Japón, México, República de Corea, Reino Unido, Rusia, Sudáfrica, Turquía y un representante de la Unión Europea. En conjunto, sus miembros representan el 90% del PIB mundial y el 80% del comercio mundial. Desde su creación se han efectuado 10 reuniones. La de Washington D.C. es la primera que se cita en forma extraordinaria para alcanzar consensos sobre la crisis financiera internacional. Las próximas reuniones ya programadas se realizarán en Reino Unido, Kenia y Nueva Zelandia.
Sin embargo, una de las principales críticas que se ha formulado al G-8 es la exclusión de importantes naciones que tienen un significativo peso en la economía global, como China, India, Brasil y los países exportadores de petróleo.

La creciente necesidad de una adecuada coordinación entre naciones desarrolladas y potencias emergentes llevó en 1999 a crear el G-20, compuesto por el G-8 más once países emergentes y un representante de la Unión Europea .

Así, la cita que se desarrolló estos días en Washington D.C. no tiene precedentes en la historia del G-20 y apunta, definitivamente, a un cambio en las relaciones de poder. En vez de citar al G-8, frente a una situación de crisis se decidió incorporar en el debate a actores tan centrales como China, Arabia Saudita, República de Corea y Brasil. Pero el problema central con mecanismos informales de coordinación global como éste es su representatividad. Más de alguien se preguntará por qué incluir 11 y no 12 potencias emergentes o por qué invitar a Argentina, un país cuya fama financiera le persigue (y cuya presidenta se dio, incluso, el lujo de llegar retrasada a la fotografía oficial de mandatarios). La inclusión o exclusión de países depende tanto del peso estratégico y político que ellos tienen como del poder de veto de las principales potencias del mundo. Al igual que en el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, existe un serio problema de legitimidad de origen en los actores que finalmente decidirán los destinos de la economía mundial en los años venideros.



La Cumbre de los 19 + Bush


Una de las grandes dificultades para concretar acuerdos en esta reunión fue la poca estatura política del anfitrión, George W. Bush, tanto por su inminente salida de la Casa Blanca, como por el escaso nivel de apoyo que detenta en su país. Y en realidad, más que a veinte potencias reunidas para discutir asuntos de economía global, la cita congregó a 19 países que buscaban respuestas por parte de Estados Unidos a una crisis que se inició precisamente en esa nación.

La presencia de Obama fue indirecta, al recalcar en una declaración efectuada el mismo día que se iniciaba la cita que se estaba frente al “desafío más relevante de nuestro tiempo” y que “esta crisis global requiere respuestas globales coordinadas”. Sin embargo, la cautela política de Obama llevó a evitar cualquier demérito al presidente saliente. Un encuentro bilateral con alguno de los jefes de Estado presentes en el cumbre hubiese sido interpretado como una señal hacia la actual administración y, fundamentalmente, hacia los mercados. El futuro gobernante enfatizó que “tenemos sólo un presidente a la vez y hasta el 20 de enero es George W. Bush”.

Quienes sí sostuvieron reuniones privadas con algunos de los jefes de Estado presentes en Washington D.C. fueron Madeleine Albright (ex secretaria de Estado de Bill Clinton) y James Leach (ex senador republicano); ambos, por expreso encargo de Obama. No hubo trascendidos sobre el contenido de estos encuentros, lo que refleja la preocupación del equipo del futuro presidente de no filtrar mensajes equívocos en medio de una crisis económica de proporciones.



El inicio de un nuevo (des)orden


El acuerdo de Bretton Woods, que sentó las bases del actual esquema financiero internacional, demoró proximadamente dos años en salir a la luz. La reunión de Washington D.C. podría considerarse como una primera aproximación a los temas a discutir por los países que representan gran parte del comercio mundial. El presidente francés Nicolas Sarkozy planteó que si bien la cita del G-20 era histórica, al poner en la discusión problemas estructurales del sistema económico internacional, la agenda no sería fácil de negociar.

Lo interesante de esta reunión fueron las actitudes de algunos de sus protagonistas. El presidente brasileño y otros representantes de países emergentes insistieron en destacar el agotamiento de espacios de negociación más restringidos, en referencia indirecta al G-8. Lula da Silva planteó la necesidad de una reforma estructural a las instancias multilaterales para incluir la presencia de nuevos actores, incluyendo por cierto a Brasil. El primer ministro de India, Manmohan Singh, por su parte, señaló que se convocaba a los países emergentes para resolver una crisis de la que ellos eran las víctimas y no los responsables. El peso de las soluciones y de los recursos debía, en su opinión, provenir de la primera potencia mundial.

Nicolas Sarkozy se preocupó de destacar la unidad de posiciones de todos los representantes europeos en la reunión, todos interesados –por cierto– en cobrar la cuenta a Estados Unidos por la crisis y conseguir un mayor protagonismo en el futuro nuevo orden financiero global (incluyendo, claro está, a su moneda única en relación al dólar). Uno de los principales puntos de fricción con Washington en lo inmediato será la insistencia europea en aumentar los controles sobre el sistema financiero, lo que ciertamente se ve con más resistencia en círculos de la Casa Blanca. No es casualidad que Sarkozy declarara que “no fue fácil convencer al presidente Bush” de avanzaren una agenda como la propuesta por Europa y algunos países emergentes.

Los temas que causaron mayor resistencia por parte de Estados Unidos fueron, primero, la necesidad planteada por franceses y alemanes de crear una agencia reguladora internacional, capaz de establecer controles en los aspectos financieros a nivel nacional. Tampoco se llegó a acuerdo respecto del rol que el Fondo Monetario Internacional debe asumir en la actual coyuntura. Aunque es conocida la necesidad de aumentar las condiciones de crédito para los países emergentes, no se llegó a un consenso sobre la materia. Los únicos compromisos concretos fueron el interés del gobierno de Japón de otorgar 100 mil millones de dólares al FMI (organismo que necesita una inyección de recursos y que, con este objetivo, ha apelado incluso a los voluminosos fondos árabes) y la declaración de intenciones respecto de que otras potencias asuman una actitud similar.

La reunión del G-20 fijó una hoja de ruta para comenzar a discutir una reforma al sistema financiero internacional. Tal vez el resultado más importante del encuentro sea precisamente definir los puntos que debe contemplar esta agenda futura: el fortalecimiento de los procesos de control y transparencia de los mercados financieros; establecer mecanismos de regulación prudentes; promover la integridad en los mercados financieros de modo de evitar conflictos de interés y manipulaciones ilegales; el fortalecimiento de regulaciones nacionales y regionales; y la reforma a las instituciones financieras internacionales de modo de incrementar su legitimidad y efectividad ante los mercados y la ciudadanía, incluyendo la necesidad de ampliar la representación de los países más pobres y de potencias emergentes.

En los próximos años se desencadenará una ronda de negociaciones que abordará estos y otros temas. La postura de Estados Unidos fue de cautela, en especial porque uno de los puntos más sensibles de la agenda es precisamente la forma en que se regularán los mercados a nivel nacional e internacional. En lo inmediato, Brasil, Reino Unido y la República de Corea quedaron con la misión de presentar un plan de acción el 31 de marzo de 2009. Por otro lado, los jefes de Estado del G-20 se volverán a reunir el próximo 30 de abril para evaluar las acciones emprendidas. Barack Obama tendrá 101 días para llegar a esa reunión preparado para responder por las acciones que ya debió haber emprendido para entonces.

En este contexto, el timing de las decisiones parece crucial. Para algunos analistas, lo que se requiere es un liderazgo decidido en lo inmediato para intervenir los mercados y reactivar las economías; es decir, ampliar el crédito y proveer de mayor liquidez al sistema financiero a fin de evitar la recesión. El hecho de que los líderes hayan postergado sus decisiones hasta fines de marzo podría ser interpretado como un signo de debilidad y falta de consenso. El problema de esta solución es que no deja claro quién asumirá las responsabilidades por eventuales nuevas pérdidas. Para la Unión Europea, por ejemplo, son los bancos los que deberían reservar dinero fresco para cautelar ciertas caídas. Los bancos en Londres sostienen que aquella medida hará el dinero efectivo más caro, desincentivando la posibilidad de ampliar el crédito.

En el intertanto, los signos de una recesión global se hacen cada día más evidentes. En Estados Unidos las grandes corporaciones han anunciado el despido de miles de trabajadores. Las compañías de automóviles han declarado que sin el apoyo del gobierno podrían reducir la producción generando más de tres millones de desempleadosen los próximos 12 meses. La recesión tocó las puertas de Alemania y Japón y ya se habla de nuevos países como España, Singapur y Reino Unido.

Los tiempos políticos parecen, una vez más, rezagados frente a los acelerados acontecimientos de una crisis económica internacional. Obama asumirá la presidencia de Estados Unidos en enero, el plan de acción de Brasil, Corea y Reino Unido quedará elaborado a fines de marzo y el G-20 se volverá a reunir a fines de abril. Pero mientras se cumplen esos plazos, cada semana suma nuevas economías en recesión.

Es poco probable que la reciente reunión del G-20 pase a la historia como el Bretton Woods II, como muchos auguraban. Sí puso en evidencia que el viejo Bretton Woods no refleja la realidad del mundo. El poder ascendente de los Estados Unidos de post guerra, a comienzos de la división bipolar del mundo de la Guerra Fría, no tiene nada que ver con el escenario actual, donde no sólo los europeos tienen algo que decir, sino también potencias emergentes como China, India y Brasil.

Si la multipolaridad puede parecer normativamente superior a los dictados de una potencia hegemónica, la multiplicidad de intereses diversos hace evidente que se trata de un escenario más caótico y de un desafío mayor de coordinación. El presidente electo Obama se ha comprometido a jugar un papel más conciliador con el resto del mundo que Bush. Aunque el país que le tocará gobernar no tiene el peso político ni el prestigio de los Estados Unidos de Roosevelt o Truman, su papel en el nuevo orden mundial sigue siendo crucial. Está por verse si Obama podrá manejar el complejo escenario internacional que plantea la construcción de un nuevo orden económico.



El viejo Bretton Woods

El acuerdo de Bretton Woods, que según muchos esta reunión del G-20 vendría a reemplazar, es el orden mundial que resultó de la Conferencia Monetaria y Financiera de Naciones Unidas realizada en julio de 1944 para lidiar con una crisis internacional que se arrastraba desde la entreguerra y a la que, en parte, se responsabilizaba por la Segunda Guerra Mundial.

Reunidos en un gran hotel del centro de esquí de Bretton Woods, en New Hampshire (EE.UU.), unos 700 representantes de 44 países acordaron un paquete de medidas de cooperación que incluía la creación del Fondo Monetario Internacional, el GATT (precursor de la OMC) y el Banco Internacional de Reconstrucción y Desarrollo, precursor del Banco Mundial. Entre los objetivos del acuerdo estaba asegurar la convertibilidad de todas las monedas, facilitando el comercio internacional. El acuerdo proponía poner fin al nacionalismo económico, abriendo los mercados. Pero al mismo tiempo ofrecía ciertas normas comunes y un mecanismo de regulación a través del FMI.

Las potencias industrializadas se comprometían a rebajar sus barreras al comercio y al movimiento de capitales, y a la vez asumían la responsabilidad de gobernar coordinadamente el sistema financiero internacional.

A pesar de las numerosas delegaciones que participaron en Bretton Woods, en la práctica fue Estados Unidos quien llevó el pandero de la reunión y tomó las decisiones. La conferencia marcó el traspaso de la preponderancia financiera desde Europa a Estados Unidos.

Aunque abrió espacio al libre comercio, al contrario de lo que muchas veces se asume –en especial, al vincular Bretton Woods con el Consenso de Washington de fines de los años 80—, el acuerdo no fue un movimiento hacia el laissez faire, sino un esfuerzo de coordinación que tenía mucho de keynesiano. No en vano el representante del Reino Unido en la conferencia fue el propio Sir John Maynard Keynes.

 



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Comentarios

1 Comentarios

Simón Cofré:

Publicado Sabado 6 de Diciembre, 2008 - 10:02 hrs

Privatizar, lo más fácil. Ese sr arrau no tiene mucha originalidad, no se le ocurre nada muy interesante parece.

 
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