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Artículo correspondiente al número 304 (15 al 28 de julio de 2011)
De ser uno de los clubes más poderosos y exitosos del mundo, River Plate entró en la hora más negra de sus 110 años de historia, al bajar a la segunda división argentina. Una cadena de errores, malas decisiones, casos de corrupción, administraciones fallidas y despilfarro de recursos están en el origen de algo que para muchos hinchas es inexplicable. Por Roberto Cox, desde Buenos Aires.

El sol cae en la heladísima tarde porteña y las lágrimas no discriminan. Se aferran del rostro de niños, adolescentes, abuelos, mujeres, duros y blandos. El duelo es monumental. “Estoy muerto en vida”, balbucea un quinceañero a la salida del estadio, mientras llora desconsolado. Su padre intenta contenerlo. Imposible. Ambos están destrozados.
Lo que nunca nadie imaginó acaba de ocurrir. El Club Atlético River Plate, el mismo de las 33 vueltas olímpicas, el de estrellas como Labruna, Di Stéfano, Alonso, Francescoli, Salas y tantos otros, acaba de sucumbir. Perdió la categoría: bajó a la B. El mejor ya no jugará con los mejores. Una historia que comenzó a escribirse lejos de las canchas de fútbol. Entre cuatro paredes.
Digno de Cortázar
Para entender lo que pasó con River hay que recurrir a un escritor como Julio Cortázar, que era hincha de Banfield y tal vez un visionario. Uno de sus cuentos más famosos, Casa tomada, puede leerse como la profecía del declive del club bonaerense, sesenta años después de publicado. Allí narra la historia de dos hermanos que habitan una casa que poco a poco es invadida por extraños, algo parecido a lo que sucedió en el equipo de la banda roja.
Es difícil concebir cómo un club con más de 10 millones de hinchas, 80 mil socios, un presupuesto anual de 55 millones de dólares y jugadores de primer nivel fácilmente transferibles a Europa haya terminado con una deuda superior a los 50 millones de dólares y empantanado en la B nacional argentina.
Se podrán aportar muchos datos a la causa, pero la afirmación de cada uno de los entrevistados en este artículo resulta concluyente: “hay que ser muy torpe para llevar a un club como River a que termine jugando en los potreros”.
Claro, hay que ser muy torpe, porque en Argentina existe una tabla de promedios en que la suma de puntos de los últimos seis torneos (Apertura y Clausura) se divide por la cantidad de partidos jugados. Los promedios más bajos deben jugar una definición con equipos de segunda división para determinar si conservan la categoría o simplemente descienden. Es decir, River no descendió por culpa de su reciente campaña. Lo hizo a raíz de sus tres últimos años.
Los responsables son de ayer y de hoy. Una seguidilla de fracasos deportivos que comenzó durante los ocho años del mandato de José María Aguilar y culminó bajo la presidencia de Daniel Passarella.
Resumiendo la historia, en 2001 Aguilar fue electo para dirigir los destinos del equipo. Dejaría la dirección ocho años después, con una reelección de por medio. Durante su periodo, la Banda Sangre se coronó cuatro veces campeón (poco para un club acostumbrado a ganarlo todo), no obtuvo ninguna copa internacional y en el Apertura 2008 sufrió la peor campaña de su historia al terminar último con 14 puntos. Inmerso en una profunda crisis deportiva, económica e institucional, fue ese mismo campeonato lo que pesó en el pobre promedio de los “millonarios” –como los llamaban en sus buenos tiempos– que los llevaría al descenso. En 2009 asumió Passarella, campeón del mundo con la selección argentina en 1978 y 1986, pero ni el Káiser pudo evitar la caída.
Mal negocio
River siempre fue una fábrica de cracks. Las selecciones juveniles y la adulta de Argentina solían contar con 5 o 6 jugadores provenientes de sus divisiones inferiores. Una presencia que abría el apetito de los grandes clubes europeos. Sólo en la última década aparecieron de su cantera nombres como Aimar, Saviola, D’Alessandro, Cavenaghi e Higuaín, entre otros. Una mina de oro para cualquier institución del continente.
Tras asumir Aguilar, sin embargo, comenzaron las fuertes pérdidas económicas que apuraron la venta de jugadores recién ascendidos al equipo adulto. Con escasos minutos en primera y poco roce internacional, terminaban por emigrar a Europa a un costo muy bajo.
Roldolfo D’Onofrio fue testigo de esta improvisada política. Enfrentó a Passarella en las últimas elecciones de 2009. Estuvo a tan sólo cuatro votos de la victoria, de un total de 15 mil. Su nombre ha sonado fuertemente para dirigir una lista de consenso que intente revertir el mal momento de River, una situación improbable mientras el actual presidente, el mencionado Passarella, no dé un paso al costado.
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“Todos los contratos que el club ha firmado en el último tiempo tienen un común denominador: no hay llamado a licitación. Son amigos de los dirigentes de turno los únicos que terminan haciendo ofertas”, afirma el abogado Daniel Kiper.
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