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Artículo correspondiente al número 286 (8 al 21 de octubre de 2010)
Una cosa es citar a Dios cada vez que se pueda y otra, a sus representantes en la tierra. Esa pareciera ser la consigna del presidente Piñera en lo que a relación con el clero se refiere. Una convivencia llena de tiras y aflojas, como quedó demostrado con el impasse del indulto bicentenario y, ahora, con el rol de “facilitador” en el conflicto mapuche.
Tras una década de mandatarios agnósticos, las cinco referencias a Dios durante el primer discurso presidencial de Sebastián Piñera hacían prever una relación distinta y más fluida entre el nuevo gobierno y la jerarquía católica. Incluso, frases del mandatario como el llamado “a todos los chilenos para que recemos” por la salud de los mineros atrapados en el norte habían provocado recelo entre los sectores más liberales de la sociedad.
Pero el paso de los meses dejó en evidencia una convivencia distinta a la presupuestada. Quizás, como advierte un seguidor del tema porque al final, para un presidente con convicciones religiosas es más difícil acoger planteamientos de la Iglesia que para uno agnóstico (algo así como cuando dicen que es más fácil para la derecha subir impuestos o para la izquierda cambiar leyes laborales) o, como señala otro, porque Piñera ha buscado marcar la diferencia: una cosa es citar a Dios y otra, a sus representantes en la tierra.
Así lo cree también un miembro del clero: “muchas veces un católico en política o en instancias de gobierno es demasiado cuidadoso en cuanto a su adhesión eclesial y a las motivaciones religiosas de su servicio público. A veces han aportado poco a la libertad de acción y expresión de la Iglesia en el servicio que queremos ofrecer a la sociedad. ¿No es mejor agnósticos o ateos más libres en sus decisiones respecto a acoger los planteamientos de la Iglesia? Por eso, bienvenida nuevamente la libertad que nos otorga la separación Iglesia-Estado”.
En efecto, dos hitos han venido a marcar esta relación: la huelga de los 34 detenidos mapuches y el rol de facilitador que asumió el arzobispo de Concepción, Ricardo Ezzati, y el rechazo del Ejecutivo a la propuesta de indulto bicentenario. En este último caso, a pesar de que los obispos demoraron la entrega del texto –tensionando el debate político en torno a si correspondía o una ley de indulto general, aun cuando no se conocía la propuesta concreta– la respuesta negativa de Piñera, sólo cinco días después de presentada, y por cadena nacional, fue interpretada como un rayado de cancha para la curia chilena: por muy católico que sea el presidente, no va a ceder a presiones. Y segundo, dentro de palacio no todos comulgan con un rol preponderante de la Iglesia.
Algunos parlamentarios cercanos a ésta, sostienen que los obispos “no se movieron bien. Si hubieran querido generar presión, lo podrían haber hecho mejor. Ahora pareciera que da lo mismo decirle a la Iglesia que no”. Al interior de la jerarquía eclesial, la evaluación es diversa: “lo peor para el gobierno es plantearse en términos de poder hacia la Iglesia y que, en temas tan relevantes para la sociedad como era la fundamentación doctrinal, jurídica y humanitaria de la petición de indulto bicentenario, no haya tenido la capacidad reflexiva para analizar los antecedentes y, en cambio, optara por una respuesta inmediatista”, afirma un prelado. Tampoco concuerdan con el juicio del apresuramiento: “la idea del indulto se venía trabajando desde el gobierno de la presidenta Bachelet y se había conversado con muchos sectores; se consultó a juristas y teólogos, entre otros expertos”.
Incluso, sostienen que –desde su punto de vista– al final la propuesta logró poner sobre la mesa puntos que hasta entonces no figuraban entre las prioridades de la autoridad, como la situación de hacinamiento que sufren los presos en las cárceles, al mismo tiempo que surgieron opiniones autorizadas, como la de la ex presidenta del Consejo de Defensa del Estado, Clara Sczaranski, a favor de atender a la situación de los procesados por casos de violación de derechos humanos. “Tan poco libres somos que si el Estado de Chile protege a sus etnias, saca aplausos; si el Estado de Chile protege a sus ciudadanos culpables en asuntos de derechos humanos, saca pifias”, dijo en una reciente entrevista en Diario Financiero. También hubo puntos de convergencia en los planteamientos del reconocido defensor de los derechos humanos y colaborador de la Vicaría de la Solidaridad, José Zalaquett.
Pero ante el rechazo mucho se dijo que primó la idea del ministro del Interior, Rodrigo Hinzpeter. Pragmático, político y con una agenda antidelincuencia como principal móvil de su gestión, el jefe del gabinete se inclinó desde el primer momento por no aceptar la petición de la jerarquía católica, y así lo dejó muy claro: “siento que la Iglesia hace planteamientos en campos que no son estrictamente propios de la confesión religiosa”, dijo el ministro el 14 de julio, en la comisión de DDHH de la Cámara. Y fue esa idea de Hinzpeter –de religión judía, dicho sea de paso– la que se impuso.
Para algunos, esto tiene que ver también con que la posición del titular de Interior se asemeja a la primera de las dos visiones que conviven en La Moneda sobre cómo tiene que ser la relación con la Iglesia: una visión más propia de los católicos que se identifican con una derecha más liberal, como sería el propio presidente. Una visión que cree firmemente en un estado laico y que, si bien respeta las posiciones del clero, no sucumbe ante sus peticiones. Es decir, que quiere mantener a la Iglesia en una relación de poder similar a la que ésta tuvo en los gobiernos anteriores y que, si necesita pedirle ayuda en casos como la huelga mapuche, tampoco escatimará en hacerlo. La segunda mirada es la que tienen aquellos integrantes del gabinete que pertenecen a una Iglesia más conservadora –asociada a distintos movimientos–, como el ministro secretario general de la Presidencia, Cristián Larroulet, quien además es el encargado de llevar las relaciones con el clero.
Larroulet ha cultivado una buena relación con las distintas figuras de la Iglesia, y en su ministerio aseguran que éstas son fluidas, “mucho mejores que en los gobiernos anteriores”. Según cuentan, además de asistir a una reunión mensual con algunos integrantes del comité permanente de la Conferencia Episcopal –una costumbre que viene desde el primer gobierno de la Concertación–, mantiene contactos informales, al menos cada dos semanas, con varios líderes de la Iglesia y algunos obispos con los que tiene una relación personal de amistad que viene desde mucho antes de que asumiera en el gabinete. Así, cuentan que asistió a coloquios, primero con los obispos y luego con los vicarios de Santiago, sobre los planes del gobierno. Estos encuentros fueron cordiales, señala una fuente eclesial, pero sin anestesia en los planteamientos del clero, sobre todo post terremoto, cuando pidieron al gobierno que escuchara y trabajara con las diversas instancias de asociación de los ciudadanos de las zonas afectadas.
“Es importante para la Iglesia mantener siempre una relación fluida con representantes del gobierno, porque creemos que podemos contribuir a una mirada realista de la sociedad, como pastores que conocemos en terreno las demandas y la situación de los chilenos de Arica a Magallanes”, dice un representante del clero. “Otra cosa es que aparezca un señor destemplado y diga que la Iglesia tiene un rol exclusivamente privado, no sólo desconociendo la naturaleza de la Iglesia y su rol histórico en la sociedad chilena, sino porque –como decía san Alberto Hurtado– el evangelio es social o no es”, añade en lo que no cabe más que considerar como una directa alusión al ministro del Interior.
El rol facilitador
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| Monseñor Ezzati, arzobispo de Concepción. |
¿Por qué Ezzati? | Sobre reuniones y relaciones |
| Poca relación directa es la que tenía la ex presidenta Bachelet con la Iglesia, en términos institucionales. De hecho, a inicios de su gobierno estalló la polémica por la entrega gratuita de la píldora del día después, a lo que los obispos se opusieron con fuerza. En ese entonces, quien estaba en la Segpres –a cargo de llevar las relaciones- era la abogada Paulina Veloso, que tampoco tenía mucha relación con el clero y el único nexo más fuerte con el que contaban en La Moneda era el ministro del Interior, Andrés Zaldívar. Pero duró menos del primer semestre… Hasta que llegó José Antonio Viera-Gallo. Reconocido por su “diplomacia vaticana”, se convirtió rápidamente en un puente con la jerarquía eclesiástica, con la que se reunía al menos una vez al mes a desayunar, casi siempre los días miércoles. Por otra parte, la entonces mandataria comenzó a cultivar una relación personal con algunos sacerdotes, principalmente los jesuitas Fernando Montes y Felipe Berríos. Con este último, el vínculo era claramente de amistad, pues no era raro verlo llegar mensualmente a La Moneda y que subiera directo al segundo piso, para almorzar con la presidenta. |