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Reportajes y Entrevistas
K Street más fuerte que nunca

Artículo correspondiente al número 263 (16 al 29 de octubre de 2009)

 

Se suponía que la administración Obama marcaría un cambio en lo que a impacto del lobby se refiere. Que el acceso a la autoridad seria mas directo. Que terminaba el dominio de los apitutados. Pero el crecimiento del aparato estatal ha producido lo contrario y en la mítica K Street no se escuchan quejas. Por Gabriel Sanchez Zinny, desde Washington.


Washington está viviendo una extraña paradoja: mientras por un lado la administración Obama trata de hacer más transparente la industria del lobby, el gran aumento del gasto del Estado está generando una explosión de nuevas firmas y la expansión de las existentes.

“El crecimiento del gobierno siempre genera una multiplicación de la industria del lobby en Washington”, afirma Gary Andrés, autor del reciente libro Lobbying Reconsider: under the influence. “Cuanto más grande y activo es el gobierno federal, más se movilizan los grupos de interés afectados”, continúa Andrés.

Interactuar con el gobierno se ha vuelto mucho más complicado. La Cámara de Representantes tiene 20 comités y 68 subcomités; el Senado, otros 22 y 102, respectivamente, que tratan más de 11.000 proyectos de ley que ingresan al Congreso por año, lo que equivale a casi 22 por día laboral. Los 435 representantes tienen un promedio de 15 asesores cada uno y los 100 senadores, más de 35. Esta es la realidad con que se enfrentan cualquier empresa o individuo que quiera hacer llegar sus legítimas aspiraciones a las autoridades, y ello explica también el crecimiento exponencial de la industria del lobby, que agrupa a más de 30.000 registrados y a más de 2.000 cámaras y asociaciones empresariales que defienden intereses particulares, con un gasto anual de más de 3.000 millones de dólares.

La reforma de salud que propugna Obama es un ejemplo: una industria que representa el 15% del producto bruto del país y que ocupa a una de cada 11 personas empleadas en Estados Unidos se ha movilizado como nunca antes frente a la amenaza de reforma que está liderando Barack Obama. Sólo durante este primer semestre, empresas y grupos de interés han gastado más de 240 millones de dólares, de acuerdo a registros públicos. Según reporta el Instituto Common Cause, con sede en Washington, el gasto de la industria de salud en lobby ha aumentando en 152%, y en un 73% si se consideran las contribuciones de campaña. Entre abril y julio de este año el gasto suma 133 millones de dólares y 1,4 millones por día en el primer cuatrimestre.

 

 


Una nueva era dorada

 

El caso de Wall Street es también muy significativo, ya que con la crisis económica y el incremento del rol del gobierno en el sistema financiero salvando compañías, financiando activos, garantizando deuda y regulando operaciones, la interacción entre Nueva York y Washington es todavía mayor, aumentando la intersección entre poder político y económico, así como el consecuente valor de los intermediarios que sepan conectar entre ambos mundos. El mayor rol del gobierno en la economía está generando la necesidad de más lobbystas que representen estos intereses privados frente a los funcionarios gubernamentales.

El empuje de la administración Obama por hacer más transparente la industria, limitar el contacto de lobbystas con el poder ejecutivo y el no contratar profesionales que hayan trabajando durante los últimos años en la industria del lobby relacionado con su posible cargo, ha tenido un impacto en la industria, que llevó a disminuir los registros este año en más de 2.000.

Sin embargo, por otro lado, el crecimiento de las firmas de lobby en las últimas cuatros décadas se puede relacionar directamente con la expansión del gobierno federal, leyes más complicadas, una proliferación de comités y subcomités del Congreso y un incremento de las regulaciones federales y locales. Como dice el reconocido analista Robert Samuelson, “el crecimiento del gobierno que está impulsando la administración Obama es una regalo para K street”, en referencia a como se denomina a la industria del lobby, ya que muchísimas firmas tiene sus oficinas en la calle K en Washington DC. “La única forma de realmente reducir la actividad de lobby”, agrega Samuelson, “es reducir el tamaño del gobierno”.

Así, más allá de la retórica del nuevo gobierno demócrata, pareciera que la industria del lobby ha comenzando una era dorada, en la cual una mayor expansión del gobierno y más intervención del Estado en la economía provocarán una mayor demanda de consultores y expertos en relaciones gubernamentales que ayuden a las empresas a conectar e influir en el proceso de políticas públicas.

 

 

 

Un best seller para entender a Obama


Ni el receso del Congreso en agosto redujo la tensión del debate político en Washington. El presidente Obama y sus funcionarios se mantuvieron más que activos, tanto en la ciudad como recorriendo el país, defendiendo las políticas domésticas que han impulsado en los últimos meses; principalmente, las iniciativas de energía y de salud, que –a pesar de la amplia mayoría en ambas Cámaras– no logran aprobarse en el Congreso.

“En esta incertidumbre, el presidente Obama debería recordar su campaña”, señalaba Dan Balz hace unos días, uno de los más reconocidos comentaristas políticos de Washington y autor, junto con Haynes Johnson, del instantáneo best seller The battle for América 2008; the story of an extraordinary election, que publicara hace algunas semanas en Estados Unidos la editorial Penguin Books.

En 1961 Theodore White, autor del clásico The making of the President comenzó con lo que se convertiría en una larga tradición en Estados Unidos: el análisis de campañas políticas, tanto nacionales como locales. El libro fue un gran éxito y alentó a infinidad de periodistas en los últimos 40 años a escribir sobre las campañas, tanto libros como películas y documentales. La calidad de esta obra sigue la misma tradición, combinando una excelente descripción de la situación política y económica del país en el contexto de la campaña presidencial, las historias y logros de los candidatos, principalmente de Obama, Clinton y McCain, los temas centrales de discusión y los instrumentos y técnicas que utilizaron, referidos a definición del mensaje, comunicación, organización territorial y búsqueda de fondos.

The Battle for America 2008 habla de Abraham Lincoln como el presidente favorito de Obama y de sus similitudes, incluido el viaje en tren que ambos hicieron hacia la ceremonia de inauguración en Washington, pasando por Pennsylvania y saludando gente a lo largo del recorrido. No es todo: ambos nacieron en diferentes Estados: Obama en Hawai y Lincoln en Kentucky, antes de instalar su residencia en Illinois. Llegaron a la Casa Blanca con hijos pequeños, ambos eran abogados y sirvieron en el Congreso estatal como primer cargo político.

Pero también lo comparan con Franklin Roosevelt y con Lyndon Johnson, en términos de la profunda crisis económica en la que asumió su mandato y la ambiciosa agenda social que está empujando. Obama, sin embargo, señala que “mi administración y las próximas generaciones de liderazgo tal vez tengan una visión más pragmática de la política pública, menos interesados en un gobierno grande o pequeño, sino mas bien en si el gobierno es inteligente y efectivo”.

La actualidad política pareciera estar presentando otra oportunidad para aplicar algunas de estas estrategias que hicieron tan exitosa la campaña del presidente Obama. Las reformas de salud y energía han generado gran cantidad de manifestaciones en todo el país, millones de dólares de publicidad en contra y una vasta red de grupos de interés y centros de políticas públicas atacándola en todos los Estados.

En las últimas semanas, el presidente recibió muchas críticas de sus principales aliados, alentándolo a contraa-tacar y a ser más agresivo contra estos oponentes. Dos momentos de la campaña se asemejan mucho a esta situación, excelentemente descriptos en la obra de Balz y Johnson. El primero fue en el otoño de 2007, cuando Hillary tenía una distancia muy grande en las encuestas y el equipo de Obama no lograba acercarse. El segundo se dio cuando el senador McCain nombró a la ahora ex gobernadora de Alaska, Sarah Palin, como compañera de fórmula, en agosto de 2008, y pasó a liderar en la opinión de la gente.

En ambos casos, siguiendo su estilo muy personal, el entonces senador Obama no realizó ataques negativos o agresivos, contra lo que le recomendaban, sino que se enfocó en mostrar los contrastes con su contrincante Hillary Clinton y mantuvo la calma en su equipo.

Como señala David Axelroad, el principal estratega de la Casa Blanca, “la pasión en Washington por las encuestas y la noción de que todos los días es una contienda electoral es algo que no compartimos nosotros”. Continúa: “esta es la situación psicológicaque ha hecho imposible lidiar en Washington con los principales desafíos del país”.

Muchos de estas características del presidente están magníficamente expuestas en el libro de Balz y Johnson, que se lee más bien como una novela de acción que como una obra de historia política. Así lo señala el mismo Obama cuando dice, al inicio del libro: “creo que toda la elección fue como una novela para mí”.

 

 

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