|
|
Bienvenido, te encuentras en Inicio Reportajes y Entrevistas Juan de Dios Vial Larraín. Vocación y creación |
Califica este artículo
Otros artículos de la sección:
Artículo correspondiente al número 244 (26 de diciembre de 2008 al 22 de enero de 2009)
Las grandes utopías
-Si usted repasa el panorama de la educación superior chilena, ¿le satisface que sólo la Universidad Católica y la de Chile figuren en los ranking internacionales y en posiciones más bien rezagadas?
-Los ranking hay que recibirlos con benefi cio de inventario, como dicen los abogados. Por ejemplo, si en un hotel no hay una alfombra roja y un señor con uniforme imperial en la puerta, entiendo que no le asignan cinco estrellas. Pero a alguien pueden importarle bastante más la calidad de la almohada, la frecuencia de los ascensores o el buen café. En otras palabras, desconfío de cómo ponderan las encuestas la calidad de la universidad. Parece obvio que es bueno tener muchos doctores, pero si éstos no tienen recursos para trabajar o no son realmente buenos, tampoco sirven. Creo que cabe esperar bastante de las nuevas universidades privadas, pero en la medida en que se zafen de los modelos antiguos que han empezado copiando. Las antiguas universidades no deben esforzarse demasiado en parecer nuevas, deben asumir la responsabilidad de sus años.
-¿Cree que la modernidad ha terminado asfixiando a las humanidades en la universidad?
-Si usted incluye en “humanidades” a la filosofía y a las artes, por ejemplo, temo que la universidad en buena medida haya contribuido a asfixiarlas, sencillamente, porque la universidad se ha convertido en una institución masiva para lo que eufemísticamente se llama “sociedad del conocimiento”. Pero en esos términos sólo se piensa en una capacitación técnica. ¿Usted se imagina a Picasso o a Stravinski cursando cinco años y treinta asignaturas para recibir un diploma de pintor o de músico? Quienes pudieran ser considerados como los mayores filósofos del siglo XX, Heidegger y Wittgenstein, se sentían a disgusto en la universidad. Ni Neruda, Mistral o Huidobro estudiaron poesía en ella. Lo que sucede es que la fábrica de profesionales impone sus pautas a cosas que no son profesiones y crea más bien una burocracia académica o una agencia ideológica. Filosofía, arte, ciencias puras, debieran tener su lugar propio. Por ejemplo, yo creo que habría que empezar por ofrecerlas en la enseñanza media con mucha mayor intensidad y profundidad. Desde luego, mediante un currículo concebido sin criterio positivista, por profesores con superior formación intelectual. Más tarde, en la universidad, las humanidades debieran tener un estatuto propio, ajustado a su índole esencialmente ligado al trabajo de investigación y creación que se realiza en estos campos.
-¿Hay espacio todavía para los grandes movimientos ideológicos?
-El hombre siempre se ha movido por ideas, y la gran falacia del marxismo es creer que son las fuerzas productivas las que generan la cultura y la historia humana. Es el llamado materialismo dialéctico de Marx. La historia estaría determinada sobre la base de los procesos técnicos en la producción económica. La religión, la filosofía y la cultura serían una superestructura casi accidental de este proceso propio de la materia y sus energías. No hay que olvidar que el marxismo tiene vínculos originarios con el capitalismo liberal, al cual el Manifiesto Comunista prodiga elogios. La teoría del trabajo como fuente de valor, que profesara el economista liberal David Ricardo, da pie a la plusvalía y al concepto del proletariado como agente de la historia a través de la revolución y la dictadura del proletariado que el marxismo forjó.
-¿Tiene la filosofía la capacidad de movilizar con ideas originales a las masas?
-Empecemos por precisar que filosofía no es un movimiento de masas, sino lo contrario, aunque existe alguna relación con que los primeros en ignorarla son, justamente, los movimientos de masas. La filosofía tiene más de 2.500 años de historia; es más antigua que la medicina o la geometría, que tienen antigüedad semejante. Pero hay una diferencia importante: hoy un médico o un geómetra pueden no haber leído a Hipócrates o Euclides, que es lo más probable, pero las fuentes originarias de la filosofía tienen vigencia actual inevitable. La energía creadora de la filosofía se bebe en ellas. No obstante, la filosofía no es árbol de hoja perenne. Pasan largos siglos sin que nada nuevo brote en ella. La primera mitad del siglo XX fue brillante, pero desde entonces no veo sino repetición epigonal.