|
|
Bienvenido, te encuentras en Inicio Reportajes y Entrevistas Juan de Dios Vial Larraín. Vocación y creación |
Califica este artículo
Otros artículos de la sección:
Artículo correspondiente al número 244 (26 de diciembre de 2008 al 22 de enero de 2009)
Si bien este filósofo se pasa los días y las noches en conversaciones íntimas con pensadores clásicos, tiene la enorme gracia de estar también absolutamente metido en la realidad más concreta del Chile actual. Por M.Angélica Zegers V. Fotos: Verónica Ortíz.
Cuando en 1997 se le otorgó a Juan de Dios Vial Larraín el premio nacional de Humanidades y Ciencias Sociales, entre otras consideraciones el jurado valoró que hubiera siempre destacado en su obra la influencia de la filosofía clásica en el mundo de hoy. Lo anterior no es para nada un tema menor. Cuando pensamos en filósofos de la talla de Aristóteles, Platón, Descartes, Heidegger o Kant y los situamos como pilares de la cultura occidental, resulta todo un desafío encontrar ecos de la genialidad de esos maestros en los tiempos que corren. Pero ésta ha sido la pasión de Juan de Dios Vial Larraín.
La suya es una biblioteca de la que Jaime Guzmán, que era amigo de sus hijos, una vez le dijo: “es limitada, pero con dos elementos claves: ser excelente y haber sido leída”, y sin asomo de vanidad o falsa modestia, Juan de Dios Vial dice que cree haber leído todos los libros, “como dijo un poeta francés, Mallarmé”... y algunos, varias veces. Hoy este filósofo se da el gusto de repasar sus lecturas en libros subrayados por él mismo hace varios años, pero en los que siempre encuentra nuevas vetas que explorar.
Son precisamente esta apertura intelectual y su envidiable capacidad de seguir maravillándose con las ideas lo que lo mantiene a los 84 años –que parecen bastantes menos– absolutamente vigente, con días que parten temprano en la mañana y terminan muy tarde en la noche. A sus clases en el doctorado en Filosofía de la Universidad Católica, las sesiones en la Academia de Ciencias Sociales del Instituto de Chile y sus labores como presidente de la Fundación Arturo Irarrázaval, suma una extensa familia con nueve hijos y más de 70 nietos y bisnietos, con quienes mantiene activo contacto. Por último, su puesto en el directorio de Televisión Nacional da una idea de hasta qué punto este hombre es capaz de desmarcarse y empeñarse en elevar el nivel del debate.
Bendita República
-Usted ha dicho que el nivel al que ha caído nuestra educación es una vergüenza. El país que contó en el siglo XIX con Andrés Bello y donde en el siglo XX nacieron Mistral, Neruda, Huidobro o Arrau, no tiene derecho a esta situación. ¿Se puede pensar, acaso, que todo tiempo pasado fue mejor en esta materia?
-Andrés Bello ha sido figura central de nuestra historia. No nació en Chile, pero es uno de nuestros auténticos mejores chilenos; el mayor humanista de América, como lo ha dicho la Enciclopedia Británica. No sólo construyó una gramática original sobre la base del habla en América, también redactó nuestro código civil, que luego fue copiado en muchos países; fundó la Universidad de Chile y, en fin, generó un influjo decisivo en nuestra cultura, tanto a través de sus seguidores como en sus adversarios. Bello puso la vara alta en todos los campos, pero no fue una especie de fenómeno que apareció por arte de magia, sino que fue traído por las autoridades de la época como parte de una política integrada por esa otra gran fi gura que fue Portales.
-¿Es bueno para un país que haya una elite dominante y muy preparada intelectualmente, que sea la que lidere los cambios?
-Estás usando una expresión quizá políticamente muy incorrecta, como es esta de la elite dominante; pero lo cierto es que nada se ha hecho nunca sin una elite. Sin una elite que lidere y eduque, nada se genera históricamente. Chile tuvo un sello cultural muy original durante el siglo XIX, derivado precisamente de personalidades como Andrés Bello o Diego Portales, quienes le dieron una identidad al país. Por eso cuando se ganó la Guerra del Pacífi co el Times de Londres dijo que ése no había sido el triunfo de un ejército, sino de una nación organizada.
-¿Le parece que la política está deviniendo en un juego de poder carente de ideas?
-Cuando decimos “ideas”, no hablamos de palabras del diccionario o de enunciados abstractos. Nada serio se hace sin ideas. Quizá los políticos a veces creen que pueden prescindir de ellas y, entonces, o meten la cabeza debajo de la arena o se visten con trapos viejos.