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Artículo correspondiente al número 234 (8 al 21 de agosto de 2008)
“Para mí es muy difícil tener un rol secundario”, confiesa Jorge Schaulsohn... y se le nota. Protagonista de uno de los quiebres más importantes al interior de la Concertación, no guarda silencio cuando se trata de denunciar hechos que le parecen corruptos, las “mafias” partidistas o el insaciable apetito por el poder. “Chile necesita un cambio”, le resalta a Patricia Arancibia Clavel.
Jorge Shaulsohn Brodsky es la antítesis del político tradicional. Su discurso es moderno, atrayente y con contenido. Impresionan su fluidez de ideas y la sencillez con que las expone. Debe ser que está en la política porque le gusta, no porque la necesita.
Profesional exitoso, es un hombre seguro de si mismo que no teme decir lo que piensa, ya que es concordante con lo que siente. Esto se nota y, como no es frecuente, se agradece. No es de las personas que aceptan ir por la vida en medio del rebaño y al parecer no le importa que lo tachen de políticamente incorrecto. Allendista en su juventud, hoy se declara liberal progresista. Cambia el mundo y también cambian las personas. Dejó atrás al PPD y es uno de los líderes de Chile Primero, un movimiento que busca reencantar a los jóvenes y a los emprendedores para hacer realidad la igualdad de oportunidades en un ambiente de libertad y progreso. Me recibe en su estudio de abogado que comparte con Andrés Allamand y con la agenda abierta.
-Cuando naciste, tu padre, don Jacobo, famoso abogado y profesor de Derecho Civil, llevaba diez años como parlamentario radical y le quedaban por delante otros diez. ¿Influyó mucho en tu interés por la política?
-Me habría gustado que hubiera tenido más influencia de la que tuvo, porque a diferencia de lo que ocurre conmigo, mi papá fue una persona muy cautelosa y muy ponderada. Me habría evitado muchos problemas si hubiera seguido más de cerca sus consejos, pero afectivamente, tuvimos una relación muy cercana, de ir a meterme a su oficina y hurguetearle los papeles… Mi casa fue muy política, siempre. Se hablaba de política y se veían y comentaban las noticias. Había preocupación por los asuntos públicos y participé desde muy joven en ella, ingresando al Partido Radical.
-¿Y qué pasó, que no seguiste en el partido?
-Se extinguió y, bueno, terminó siendo lo que es hoy día….
-En un plano más profundo que el de la filiación política, ¿qué ha significado para ti ser de origen judío?
-No soy religioso, pero tengo sentido de pertenencia, de identidad. Lo que pasa es que en ese aspecto Chile ha cambiado una enormidad, aunque todavía mantenemos ciertos resabios. Fíjate, por ejemplo, que aquí hablamos de “colonias residentes”, y lo hacemos de buena fe y muchas veces con cierto orgullo. En Estados Unidos las personas son judíoamericanas, afro-americanas, hispanoamericanas; pero aquí hemos conservado durante más de un siglo el concepto de que los que no son católicos de origen español, como que están de visita; entonces, son la “colonia alemana”, la “colonia británica”, la “colonia árabe”, etc. En todo caso, en el Chile que yo conocí de niño cualquier persona, con absoluta prescindencia de su origen racial o fe religiosa, podía ocupar cargos públicos sin mayor problema. Ahora, en las últimas décadas, hemos pasado de ser una sociedad tolerante a ser una sociedad diversa, que no es lo mismo. Tolerancia es “yo te permito vivir acá dentro de ciertos límites”. Diversidad, en cambio, es decir “tú y yo conformamos la identidad cultural del país, somos parte de la misma sociedad y tenemos un destino común”. No entiendo a los que se enorgullecen de pertenecer a una “sociedad tolerante”. A mí me gusta más el concepto de diversidad.
-Pero, ¿te sentiste discriminado alguna vez?
-Me sentía un poco distinto. Me acuerdo siempre de la siguiente anécdota: estaba en el Kent School cuando se efectuó el Concilio Vaticano II y en la clase de religión –a la que no asistíamos los no católicos– el cura informó que Juan XXIII acababa de exonerar a los judíos de la responsabilidad que hasta ese momento se les atribuía por el asesinato de Jesucristo. Cuando terminó esa clase de religión salieron todos los niños corriendo a abrazarnos… Nunca me he sentido más aliviado que en ese momento y, a pesar de que nunca he sido religioso y de no haber tenido clara conciencia de la importancia de lo resuelto por el Papa, recuerdo haberme sacado un gran peso de encima. Ahora, no niego que aún quedan ciertos resabios de primitivismo inaceptables. El otro día, por ejemplo, en The Clinic, en un apartado que supuestamente es de bromas, publicaron una foto con mi nombre y ocurre que no soy yo el de la foto sino un tipo que parecía sacado de la película El eterno judío, un clásico del antisemitismo. A mí no me ofendió, pero el hecho me llamó la atención y me quedé reflexionando en torno a este cierto racismo naïf.
-Fuiste allendista en los 70 y hoy te defines como un liberal progresista. Es decir, sufriste –como muchos– un proceso de cambio. ¿Te marcó tu estadía en Estados Unidos entre el 73 y el 80?
-Es que cambió el mundo. Si uno piensa –por ejemplo– en lo que pasó con la URSS, que dejó de existir… ¿Quién habría imaginado en los años 70 que estábamos cerca del día en que ésta colapsaría? El mundo ha cambiado mucho y también las personas, incluso aquellas que un día se sintieron identificadas con la ética que significó estar del lado de los más necesitados, en un momento de gran convulsión mundial. Mirando retrospectivamente, tienen un juicio crítico de lo que toda esa ideología significó. Hace poco, sin ir más lejos, leí unas declaraciones de Cohn-Bendit, el líder de la Revolución del 68 en París, y dijo una cosa que realmente me impresionó: “¡Por suerte no ganamos!”
-Algunos podrían tildarlo de inconsecuente…
-A mí me llama mucho la atención que tanta gente considere la consecuencia como el más grande atributo de un político. Yo a la Gladys Marin la quise mucho como persona; pero no le admiro y no le admiré jamás su consecuencia, porque vivió y murió equivocada. Entonces, cuando ella murió y hubo un peregrinaje de políticos de izquierda y derecha celebrando su consecuencia, yo me dije, bueno ¿y qué? Ella vivió en el error. Fidel Castro también es muy consecuente, pero no creo que sea un ejemplo a seguir, que uno deba admirar. Vi el otro día a la viuda de Honecker aplaudir a Ortega en Nicaragua. Ella no ha cambiado en lo absoluto, sigue tan equivocada como cuando era la primera dama de un Estado policial.
-Siendo así, y dado que no es ningún secreto lo que piensas en materia socio-económica, ¿por qué no te has incorporado a Renovación Nacional? Después de todo, también Sebastián Piñera votó por el “no” en 1988 y es un hombre de estupenda formación académica y de éxito profesional. O sea, es un caso similar al tuyo.
-¿Y qué diferencia hay entre la ideología de José Antonio Viera Gallo o la de Enrique Correa y la ideología de Soledad Alvear? ¿Por qué ellos no están en la Democracia Cristiana? Por una razón muy simple, porque hubo un momento en el tiempo –que ya quedó atrás– en que efectivamente tuvieron diferencias. Cuando Correa y Viera Gallo estaban en contra de la economía de mercado, eran más socialistas… Pero hoy día eso ya dejó de ser verdad. ¿Por qué traigo esto a colación? Simplemente, para decirte que mirar el mundo en función de las ideologías es completamente inconducente. De hecho, ¿cuál es la ideología de la Concertación, que es una fuerza política trasversal? Tiene una ideología del poder, tiene un grado agudo de pragmatismo, sabe cómo mantenerse en el poder. Pero tampoco veo grandes diferencias entre esa agrupación transversal de partidos y la derecha moderna.