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Reportajes y Entrevistas
Jesse Helms. Un gladiador de la guerra fría

Artículo correspondiente al número 233 (25 de julio al 7 de agosto de 2008)







Pero más allá de estas declaraciones de apoyo al sistema económico, el centro de la noticia en torno a la visita de Helms a Chile fue ocupada por la pugna que públicamente mantuvo con el Departamento de Estado y el embajador Barnes quien, después de un descolorido desempeño en Rumania y la India, había llegado a Chile en noviembre de 1985, en su última destinación diplomática. Pinochet sabía por varias fuentes –entre ellas, la hija del primer embajador de Estados Unidos en el Vaticano, quien lo visitó en La Moneda– que Barnes venía con el firme propósito de desestabilizarlo, pese a ser el representante oficial de un gobierno conservador y anticomunista como el de Reagan.

En efecto, Barnes traía instrucciones del Departamento de Estado de promover una rápida vuelta a la democracia en Chile, justo en momentos en que los dirigentes del Partido Comunista chileno –refugiados en Moscú– anunciaban que 1986 sería “el año decisivo” en el ya largo combate subversivo que libraban para derrocar al gobierno militar. En efecto, en mayo de 1986 comenzaron a descargarse armas en Carrizal Bajo, mientras un grupo del Frente Patriótico Manuel Rodríguez se preparaba para llevar a cabo el atentado que en septiembre de ese mismo año casi costaría la vida a Pinochet.

 

 

 

Pacto desestabilizador




A la presión del Partido Comunista y de grupos marxistas a nivel nacional e internacional para desestabilizar al régimen se unían las fuerzas “liberales” de los países democráticos; entre ellas –a juicio de Helms– la de los funcionarios de carrera del Departamento de Estado, que se mantenían enquistados desde hacía mucho tiempo en dicho organismo y que eran los responsables de llevar una nefasta política exterior hacia Latinoamérica. Eran éstos –señaló en una entrevista publicada por El Mercurio– los que habían “orquestado la asunción al poder de Fidel Castro”, los que habían permitido “lo ocurrido en Nicaragua”, los que habían interferido en el proceso electoral de El Salvador y “en lo que está sucediendo en Chile”. Para Helms, por ejemplo, personajes como el senador Kennedy y Barnes eran parte de esa desafortunada política exterior. “No puedo recordar –señaló aquí– ni un solo caso en el que el senador Kennedy haya criticado a un gobierno socialista o comunista. Por lo cual, pienso que es natural que haga todo lo que está en su poder para socavar la capacidad del gobierno de Chile para defenderse contra una toma del poder de socialistas o comunistas”.

Por su parte, a Barnes lo responsabilizaba de distorsionar las comunicaciones que enviaba a Washington, con lo cual alimentaba la campaña de desinformación destinada a hacer creer a la opinión pública norteamericana que “aquí hay un reino de terror y que la represión está por todos lados”. Desgraciadamente, señalaba, “los principales medios de comunicación de mi país suelen ser muy injustos con los gobiernos anticomunistas. El New York Times, el Washington Post y otros elementos de la prensa nunca han visto un gobierno socialista que no les gustara… A mí me preocupan los derechos humanos, pero en todos los países del mundo, incluyendo la Unión Soviética, Nicaragua, Cuba y en cualquier otra parte”.

 

 

 

¿Por qué tanto ataque?




Para Helms era inconcebible que siendo Chile “uno de los dos países en todo el hemisferio que resisten al comunismo” fuera atacado con tanta saña y poca objetividad. “Chile es un país estable. Nada sugiere que aquí exista corrupción; no hay involucramiento de Chile con el tráfico de drogas y… el proceso a la democracia está planteado según lo establecido en la Constitución que fue aprobada por el pueblo con un 67% de votos”, decía.

Según recuerda Miguel Alex Schweitzer, a diferencia de otros parlamentarios y políticos extranjeros, que lo primero que preguntaban era cuándo se producirían elecciones, Helms estaba interesado en que el proceso de transición se hiciera bien y paulatinamente. Estaba consciente de que había un itinerario y un compromiso y voluntad de cumplirlo, por lo que no concebía el apoyo que estaba entregando Barnes a quienes querían alterar dicho calendario a través del uso de la violencia.

Ese apoyo se había hecho patente cuando –a raíz de un paro nacional convocado por la Asamblea de la Civilidad el día 2 de julio de 1986– se produjo un grave incidente en que resultaron quemados dos jóvenes que participaban en las protestas. Uno de ellos falleció y Barnes, que no ocultaba su compromiso personal contra Pinochet, asistió a su funeral e informó al Departamento de Estado que los culpables eran miembros del Ejército. En una entrevista que fue trasmitida por Televisión Nacional, Helms señaló que Barnes no tenía argumentos ni hechos concretos que demostraran que la información que había entregado era la correcta; que no se podía prejuzgar en materias tan delicadas y que éste había cometido el atrevimiento de plantar la bandera de Estados Unidos en un acto de claro tinte comunista.

“La investigación del gobierno chileno –dijo– comenzó inmediatamente que nació el incidente, así que Estados Unidos no tenía que solicitar lo que ya se estaba haciendo”. La actitud de Barnes había obligado a Jaime del Valle, entonces ministro de Relaciones Exteriores, a citar al embajador. Según cuenta, lo recibió en un rincón del Salón Rojo de la Cancillería en donde sólo había dos sillas. “Barnes me preguntó si era habitual que yo recibiera así a los embajadores y le contesté que no, pero que su actitud no merecía otro recibimiento”.

Mientras tanto, en medio de la batahola que había provocado la acción de Barnes, Helms quiso conversar con el presidente de la Corte Suprema Rafael Retamal, para conocer de primera mano el funcionamiento del Poder Judicial. Según rememora Manuel Valdés, Helms le pidió que lo acompañara y sirviera de traductor. “Fue una entrevista muy notable, en que se habló del sistema judicial chileno y en particular del tema de los derechos humanos. Retamal señaló que ellos actuaban en el marco de la Constitución y de la ley y agregó un comentario: usted debe saber que en Chile existe el derecho a la vida como disposición constitucional. A la salida, Helms me comentó que le parecía tremendamente interesante ese hecho, porque en Estados Unidos no existía ninguna disposición similar”.

 

 

 

La esperada entrevista




Pero, sin duda, la entrevista más esperada por Helms fue la que mantuvo con el general Pinochet, a quien admiraba profundamente por su lucha anticomunista. Según recuerda Jaime del Valle, que asistió al encuentro, éste fue gratísimo y muy franco.

“Helms estaba muy impresionado por el tema candente de esos días –el caso quemados– y le preguntó abiertamente al presidente cuál era la verdad de los hechos. El general fue muy claro al expresarle la total inocencia del gobierno, explicándole que según las versiones que había recibido –me imagino que de la CNI–, la patrulla militar no había provocado las quemaduras. Le comentó que inmediatamente había dado órdenes que le parecía injustificable la actitud de Barnes”, cuenta del Valle. Helms, como luego lo expresaría públicamente, se comprometió a enviar un informe detallado al presidente Reagan sobre la verdadera situación chilena. “Es –señaló– la burocracia del Departamento de Estado la que está induciendo a error al presidente de Estados Unidos y quiero que mi gobierno sea justo, responsable y objetivo en todo lo que hace y dice en relación a los acontecimientos que están sucediendo en Chile”. Sea como fuere, el gobierno de Reagan terminó respaldando explícitamente el comportamiento de Barnes.

Antes de volver a Washington y con el fin de llevarse una visión más completa de la realidad política, Helms pidió a Gregorio Amunátegui que le presentara a quienes a su juicio eran los tres civiles que en ese momento marcaban tendencia por su importancia, juventud y posibilidades de futuro. “Quería llegar a fondo en el conocimiento de la realidad chilena y, bueno, yo le presenté a Sergio Onofre Jarpa, Jaime Guzmán y Andrés Allamand. Después de reunirse con ellos –en forma separada- me comentó que se iba muy contento y que feliz se los habría llevado a su staff”.

A su regreso, Helms siguió defendiendo con fuerza la transición chilena, y cuando el general Pinochet fue detenido en Londres mostró la coherencia de sus principios enviando una carta personal a Jack Straw, haciéndole ver lo arbitrario del procedimiento que se estaba aplicando. “Fue una carta muy valiente”, ratifica Errázuriz, quien tuvo ocasión de leerla.

Seguramente en ella debe de haber incluido alguno de los párrafos de su declaración como presidente de la comisión de Relaciones Exteriores de diciembre de 1998, donde señalaba: “¿Quien decide quien va a ser enjuiciado y quien va a continuar libre en este desafiante y nuevo mundo de justicia global? ¿Algún juez español por su propia cuenta? ¿Algún fiscal extranjero de una Corte Penal Internacional? ¿O los pueblos libres de las naciones democráticas soberanas?”. En esa oportunidad también señaló que lo que está más allá de toda controversia es que en 1988, Pinochet, voluntariamente, respetó los resultados de la voluntad popular, bajándose del podio y entregando el poder a un civil elegido democráticamente. “Dejó un Chile libre, enriquecido, próspero y convertido en nación democrática”.

Cuando murió el 4 de julio último, el mismo día de la celebración de la independencia de su país, el presidente de la Fundación Heritage, describió a Jesse Helms como “un verdadero gran americano, un campeón de la libertad y una de las figuras más consecuentes del siglo XX. El ascenso de Ronald Reagan y la derrota del comunismo soviético no hubieran ocurrido sin su intrépido liderazgo en tiempos decisivos”.

 

 



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