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Artículo correspondiente al número 261 (17 de septiembre al 1 de octubre 2009)
No participa en ningún movimiento ecologista, pero es una de las personas que mas batallas ha dado por conservar el bosque húmedo de la denominada selva valdiviana. Dueña del 50% de Huilo-Huilo, Ivonne Reifschneider devela a Capital su cruzada por materializar esta reserva y en contra de las centrales hidroeléctricas de la zona. Por Sandra Burgos y Carolina Samsing.
Por años la arquitecta Ivonne Reifschneider pasó inadvertida en el mundo de los negocios. Su ex marido, el empresario Víctor Petermann, era quien normalmente acaparaba cámaras y micrófonos. Hoy, sin embargo, las cosas han cambiado. Tras la separación de ambos, su bajo perfil ha tenido que ceder terreno dado el espacio que se ha hecho su gran obra, la Fundación Huilo-Huilo, creada al alero del complejo turístico e inmobiliario Huilo-Huilo, cuya dirección está en manos de Víctor Petermann.
Fue el apego a la tierra y a la naturaleza, rasgo heredado de sus antepasados alemanes y suizos, lo que la ha llevado a dar grandes batallas en pro de la conservación de los bosques del sur. Una “pega que no ha sido fácil”, dice, ya que le ha tocado confrontar no sólo al negocio maderero, sino encarar las dudas que muchas veces despiertan los proyectos que cruzan lo ecológico y lo turístico.
Por eso, su primera batalla fue transformar a Huilo-Huilo en una reserva biológica, trabajo que llamó la atención de la Unesco, entidad que en 2007 la declaró Reserva de la Biosfera.
Pero si de batallas se trata, éstas no se quedan ahí. Su otro gran flanco de fricción tiene que ver con las centrales hidroeléctricas. De hecho, fue ella quien lideró la ofensiva contra Endesa cuando inició los trabajos de prospección para la central Neltume, muy cerca de Huilo-Huilo (ya que a su juicio se amenazaba la subsistencia de gran parte de la vida silvestre del sector) y es ella quien se resiste a la central hidroeléctrica Maqueo (por hasta 400 MW), que proyecta construir SN Power a orillas del lago Maihue.
La tierra prometida
A mediados de los 90, Ivonne Reifschneider y Víctor Petermann decidieron adquirir cerca de 104 mil hectáreas de terreno en el sector de Neltume, próximo a Panguipulli. La inversión parecía ensamblar dentro del negocio forestal que tenía Petermann a través de Bomasa (en asociación con los hermanos Fernando y Hernán Boher), así como de la Forestal Neltume Carranco. Sin embargo, eso no ocurrió así, ya que también promediando la década pasada Bomasa fue vendida a Emasil, una filial de tableros de Cementos Melón.
Tras la venta de la empresa, el matrimonio se quedó con esas grandes extensiones de bosque nativo, las cuales comenzaron a explorar. Fue ahí cuando Ivonne Reifschneider entró en escena, ya que recuerda que en uno de esos viajes quedó absolutamente enganchada con el lugar. “Yo iba a sacar fotos, a recorrer, porque si bien soy arquitecta de profesión, siempre me ha gustado el tema de la naturaleza. Incluso los proyectos universitarios siempre los ligaba a la naturaleza en una época en que nadie hablaba del tema”.
Toda esta pasión por lo verde viene desde su niñez. La familia de su mamá, compuesta por colonos suizos que llegaron a Chile en 1886, se había asentado en la zona de Galvarino, donde junto a su madre desarrolló un fuerte vínculo con la vida de campo y el bosque nativo. “Mi padre, que era alemán, también amaba la naturaleza, por lo cual siempre tuve inquietud por esto (...) Por eso, cuando en 1997 Víctor decidió no seguir con la actividad maderera, le sugerí a él y a sus socios hacer de Huilo-Huilo una gran reserva natural privada que tuviera asociada ciertas actividades sustentables, de modo de permitir su proyección a mediano y largo plazo”, recuerda.
Construir una reserva era un viejo y secreto anhelo de Reifschneider. Lo había visto en otros lugares, como Alemania, donde hay senderos para recorrer bosques y programas para niños, jóvenes y adultos asociados a la naturaleza. “Yo visitaba esos lugares y decía: qué ganas de hacer algo así en Chile”... Por eso, cuando surgió la posibilidad de Huilo-Huilo, no lo dudó.
“Al principio invitamos a unos amigos que en los 70 hicieron Expedición a Chile, que eran unos fascículos de botánica y conservación, gente que iba a un lugar de Chile durante unos días, hacían talleres y sacaban un cuadernillo con el entorno. Una de las integrantes me planteó la idea de la expedición, lo cual concretamos entre 1999 y 2000. Hicimos dos o tres de estos recorridos, y participó Rodolfo Hoffman, un arquitecto de profesión, pero naturalista de corazón, que es quien trazó el mapa tan característico de Huilo-Huilo. Lamentablemente él murió, pero me ayudó a darme cuenta de que hay que enseñarle a querer la naturaleza a las personas”.
Fue en uno de esos viajes que tomaron la decisión de hacer un loteo para llevar gente al lugar. “Cuando al principio planteamos la idea, me acuerdo que nuestro socio tenía un asesor financiero que decía que el bosque es frío, húmedo, sucio, y no sé cuántas cosas más. Pero no me desanimé, porque yo pensaba todo lo contrario. Para mí esto era y es un bosque maravilloso, con un potencial enorme para el turismo y la conservación”.
La batalla que dio Ivonne Reifschneider no fue fácil. Comenta que hubo mucha gente que estaba constantemente boicoteando el proyecto. “Había un ingeniero comercial al que lo único que le importaba era el tema maderero. Con él se puso bien difícil todo, porque me hizo la guerra. Lo primero que hicimos fue una entrada y levantar un café para que la gente que visitara el lugar tuviera un sitio donde descansar. Era súper ridículo, porque necesitaba madera para las mesas y nadie era capaz de darme un tronco, mientras los camiones pasaban llenos frente a mis ojos. Fue duro convencer a tanta gente para que creyeran en el proyecto”.
Pero la idea de Ivonne iba más allá del ecoturismo. Sabía que había que cambiar la mentalidad de la gente de la zona y reconvertirla en sus oficios. Por años, la vocación de Neltume y Puerto Fuy había sido la explotación maderera, heredada de la época en que se creó en la zona el Complejo Forestal Maderero Panguipulli. Los pobladores por años se habían dedicado a la tala del bosque y al manejo del bosque nativo, por lo cual decirles de un día para otro que no había que seguir haciendo lo que habían hecho toda su vida, era difícil.