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Artículo correspondiente al número 243 (12 al 25 de diciembre de 2008)
Pioneros absolutos en la navegación austral, los herederos de Constantino Kochifas van asumiendo el timón de una empresa que partió con los pacientes ahorros de su fundador, en una alcancía. No le temen a la competencia, pero advierten sobre la desleal presencia de los cruceros piratas. Por Patricia Arancibia Clavel.
Han pasado ya treinta años desde que Constantino Kochifas, nacido en Chiloé y descendiente de un inmigrante griego llegado a Chile en 1924, diera vida a una de las empresas turísticas más prestigiosas del país. Corría 1978 cuando, con 70 pasajeros a bordo y capitaneando la motonave Skorpios I, el audaz y visionario empresario se adentró por los canales y fiordos del archipiélago de Los Chonos hasta llegar al glaciar San Rafael, inaugurando así una de las rutas turísticas chilenas de mayor renombre internacional.
Hace unos días, Capital tuvo el privilegio de recorrer el mismo itinerario y observar de cerca el crecimiento y desarrollo de esta empresa familiar. En ella, cada uno de los seis hijos del matrimonio Kochifas Coñuecar forman parte de un mismo engranaje y navegan hacia igual puerto: continuar y engrandecer la obra iniciada por el padre. Las palabras claves son amor al trabajo, disciplina y perseverancia.
Luis, el cuarto de los hermanos, tiene 48 años y es ahora el capitán del Skorpios II. Con una sencillez y cordialidad que sólo se encuentra en estado puro entre la gente del sur, da la bienvenida a los más de 60 pasajeros de 15 nacionalidades que nos embarcamos en Puerto Montt para iniciar una travesía de ensueño.
Todo es grato a bordo. Luego de acomodar mis cosas en una amplia y moderna cabina calefaccionada, con un gran ventanal que permite observar el mar, recorro el barco que, al igual que el Skorpios I, fue construido en el astillero de Chinquihue, Puerto Montt, de propiedad del propio Kochifas. “Dado que la demanda de pasajes era cada vez mayor y no dábamos abasto –cuenta Luis– en 1979 mi padre decidió crecer y viajó a Europa a comprar una nueva nave. Recorrió Dinamarca, Suecia, Noruega, Finlandia y Grecia, pero no encontró nada adecuado. Fue entonces que nos dijo que íbamos a hacerla en Chile. Elaboró el proyecto y lo diseñó pensando en la seguridad y comodidad de los pasajeros”.
Momento del zarpe
La conversación se desarrolla en el puente de mando, desde donde con soltura imparte las instrucciones para el zarpe. Sonríe y agrega: “he realizado este viaje casi 600 veces y me conozco la ruta de memoria. Pero no creas que fue fácil llegar a ser el capitán. Los papás a uno siempre lo siguen viendo chico y cuando en 1988 este Skorpios estuvo listo le pedí el mando y me lo negó. No señor, ¿Usted quiere el mando?, pues gáneselo. Cuando lo tengas será porque tú te lo mereces, no porque yo te lo haya dado. Nunca te olvides de esto: las cosas se ganan, no se dan. Lloré de rabia, pero me la tuve que comer y seguir como primer piloto hasta adquirir toda la experiencia que necesitaba. Hoy, sólo agradezco la sabiduría de mi padre”.
Comienzan a entrar turistas al puente y quedamos de seguir conversando más tarde. Hay un ambiente distendido. En la proa del tercer piso se encuentra el bar para los fumadores; al otro extremo, para los que no están sometidos al vicio. El promedio de edad de los pasajeros es de unos 55 años, aunque hay parejas jóvenes en luna de miel.
La mayoría de ellos ha llegado al crucero a través del “boca a boca”, es decir, un amigo o pariente lo ha recomendado. La nave se desliza por las quietas aguas del canal Tenglo. Rumbo al sur se abre el Golfo de Ancud y se divisan islas con nombres misteriosos: Chauques, Meulin, Quenac, Caguache… “En Chauques –cuenta Luis a la hora de almuerzo, frente a unas ricas ostras– está el origen de nuestra familia. Allá llegó mi abuelo griego y se casó en 1926 con mi abuela Mariana. Ella murió en el parto de su sexto hijo, lo que significó que mi padre y tíos crecieran huérfanos”. Mientras siguen llegando exquisiteces a la mesa, el capitán comenta que navegaremos durante toda la tarde y que al terminar el día enfrentaremos el golfo del Corcovado. Hay un médico a bordo por si alguien se marea, pero el mar está calmo pese a que el barómetro indica que habrá lluvia al día siguiente.