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Artículo correspondiente al número 240 (31 de octubre al 13 de noviembre de 2008)
La historia de episodios financieros turbulentos ha mostrado que la velocidad de la intervención es directamente proporcional a la velocidad de recuperación de la Economía. Por Alejandro Alarcón.
Hace 100 millones de años, los dinosaurios dominaban la tierra. Un meteorito terminó con la especie, pero adivinen qué: la evolución continuó, la vida también y hoy, “se supone”, la especie humana domina la tierra. Los ciclos históricos y económicos provocan esta reminiscencia. En particular, el capitalismo ha mostrado que, pese a todos los augurios de Karl Marx en su famoso libro El Capital, ha sobrevivido, se ha perfeccionado y, a través de su forma predilecta de asignación de recursos, la economía de mercado se ha perfeccionado y ha extendido la riqueza en nuestro planeta. Es justo decir que el sistema tiene tareas pendientes, pero los optimistas como yo estamos seguros de que aquello ocurrirá en el futuro.
Haciendo la analogía con la historia de la evolución, basta observar la saga que en un corto período de tiempo ha ocurrido en el sistema bancario norteamericano y en el europeo para darse cuenta de que el mundo financiero también recibió un meteorito, o varios de ellos. Claramente, el último se llamó Lehman.
Como sabemos, esta historia empieza en los dos últimos años con la llamada crisis subprime y con la explosión de la burbuja inmobiliaria que se había formado en la economía norteamericana, lo que ha dado lugar a las mayores turbulencias observadas en los mercados bursátiles; probablemente, en toda su historia. Claramente eso ha sido lo más llamativo, porque en el mundo globalizado en que vivimos podemos enterarnos automáticamente, a través de la TV, Internet y, en general, los media, de las malas noticias que arrasan los mercados financieros de países desarrollados y emergentes.
Claramente; la confianza se ve afectada por estos hechos. Como sabemos, la confianza es absolutamente esencial en los mercados financieros y, por tanto, es aquella característica la que debe ser restaurada por la elite dirigente del mundo, a la brevedad. Pero no nos engañemos; la falta de confianza que hemos visto en los mercados financieros a nivel mundial tiene su máxima expresión en el pánico. Y éste es el que conduce a un problema mayor que la crisis bursátil: la restricción de liquidez y el estrechamiento del crédito. Es eso lo que finalmente termina por contaminar al sector real de la economía, detener el crecimiento e, incluso, hacerlo retroceder y, por ende, aumentar el desempleo y la inestabilidad social. Si esto se convierte en un fenómeno global, no hay industria en un determinado país o incluso países que no sería afectada.
El mundo occidental ha reaccionado. Desde principios de octubre hemos observado una mayor coordinación de los bancos centrales de las principales economías del planeta. Con apreciables montos, especialmente de Estados Unidos y Gran- Bretaña, de liquidez disponible. La FED incluso anunció que podía comprar Commercial Paper directamente de aquellas firmas que lo necesitaran. El gobierno de Brown ha intervenido el sistema bancario, capitalizándolo y, en algunos casos, ha tomado el control de instituciones. Algo que también hemos observado en otros países europeos. Particularmente, en el caso británico, la oferta de garantías para préstamos interbancarios para los próximos tres años ha resultado ser un bálsamo fundamental. Esto ha logrado estabilizar en parte el alicaído sistema financiero internacional, pero sabemos que no es suficiente.
La historia de episodios financieros turbulentos en años anteriores ha mostrado que la velocidad de la intervención es directamente proporcional a la velocidad de recuperación de la economía. Basta observar la comparación de la llamada crisis asiática con la recuperación durante los años 90 de la banca japonesa para ofrecer este tipo de argumento. Mientras Asia se recuperó vigorosamente, Japón se arrastró por casi una década al borde de la recesión.
Habrá un gran debate. La intervención del Estado en el funcionamiento del sector privado y, particularmente, en el sistema bancario no es lo que normalmente deseamos aquellos que creemos en el libre mercado, ni tampoco los contribuyentes que pagan impuestos y, a su vez, en su gran mayoría son los que votan por los políticos que toman estas decisiones. El pragmatismo nos da estos dilemas y, como tales, hay que resolverlos.
Sólo en el caso de los contribuyentes, recordemos la crisis bancaria en Chile a principios de los 80. Como en otras latitudes, en el corto plazo eran pocos los que podrían haber apoyado esta acción. Sin embargo, el sistema bancario emergió y crecieron las empresas que operaban en el llamado sector real, lo que no sólo se refleja en su valor de mercado hoy, sino también en la sofisticación de la producción de bienes y servicios. Por lo tanto, los contribuyentes, en el largo plazo, sí se beneficiaron de esas decisiones.
Si bien la solvencia de los bancos es uno de los grandes desafíos que hay que enfrentar, hemos observado que es la falta de liquidez la que termina por afectar el sector real de la economía. Por tanto, las fórmulas de capitalización deben ser pragmáticas y urgentes. Todo lo que no pueda capitalizar el sector privado en las crisis debe ser capitalizado rápidamente por el Estado, ofreciendo la oportunidad –ciertamente– a aquellos en el sector privado que estén dispuestos a capitalizar en conjunto. Aquí, los incentivos son clave. En estas crisis, en que la urgencia es fundamental, la pregunta al infinito de qué es primero, “el huevo o la gallina” no debe aparecer. Si estos desafíos son rápidamente enfrentados por los G-8, el pánico desaparecerá, la confianza será restaurada y la desaceleración de la economía mundial en 2009 será menor, como también la duración de aquella desaceleración. El capitalismo resistirá y la economía de mercado volverá con las lecciones aprendidas.
Un párrafo final para Chile en este escenario mundial: la banca que opera en nuestro país claramente no enfrenta el escenario descrito. Así, ésta continuará cumpliendo su rol social, el cual entendemos tiene dos dimensiones que se complementan: por un lado, mantiene adecuados niveles de capitalización, buenos sistemas de evaluación de riesgos y sofisticados modelos de seguimiento de liquidez adecuada; por el otro, continuará apoyando a sus clientes para asegurar que el funcionamiento económico se mantenga y se traduzca en buenas tasas de crecimiento y de empleo en una economía como la chilena que, indudablemente, no está en crisis.