Antes de empezar a discutir si la crisis financiera que hoy vive el mundo es el fin del capitalismo, es importante entender el significado de este término tan ampliamente usado y muchas veces poco comprendido. El capitalismo se refiere a un sistema económico caracterizado por la existencia de propiedad privada, en el que los individuos y las compañías pueden competir para obtener ganancias y las fuerzas del libre mercado son las que determinan los precios de los bienes y servicios. Este sistema se basa en la separación del Estado de las actividades de producción: sus roles son la regulación y la protección del sistema.
La crisis subprime, que da pie a la crisis financiera que hoy vivimos, tiene su origen en la entrega –por parte de las instituciones financieras en Estados Unidos– de préstamos hipotecarios a individuos sin capacidad de pago de los mismos. Dado el riesgo de estos préstamos, los bancos se deshacían de los mismos armando, con grupos de créditos, distintos paquetes o instrumentos de acuerdo a los flujos esperados que éstos entregarían. Estos son los instrumentos que se vendían en el mercado financiero, y que los inversionistas compraban en búsqueda de mayores rentabilidades para sus portafolios.
Muchos culpan de la crisis, entonces, al apetito por dinero de los agentes del sistema financiero que dio origen a la creación de estos instrumentos; por lo mismo, otros tantos hablan del fin del capitalismo, pues culpan al procedimiento que permitió que la búsqueda del lucro de los agentes del sistema financiero llevara a la situación en que nos encontramos hoy. A todos se nos olvida que no fue la acción creativa de los agentes del sistema financiero la que generó el problema, sino la inadecuada regulación de los mercados. Labor que, de acuerdo a la definición de capitalismo, es rol del Estado.
No debemos olvidar que es esta búsqueda de lucro la que ha permitido el desarrollo de los países y los avances en ciencia y tecnología que hoy hacen más fácil nuestra vida; que han permitido incrementar la riqueza de los países y disminuir en forma extraordinaria los niveles de pobreza en el mundo.
La historia nos hace testigos de otras ocasiones como la actual cuando el capitalismo, en vez de encontrar su término, ha salido fortalecido de las crisis. Recordemos que fueron Karl Marx y Friedrich Engels, en 1842, quienes argumentaron que: “la burguesía, durante un escaso siglo de gobierno, ha creado fuerzas productivas más masivas y colosales que las conseguidas por todas las generaciones precedentes juntas…” Pobre e inadecuado es, entonces, el argumento de quienes –sin encontrar otras causas para atacar al capitalismo– intentan sacar frutos de esta crisis.
DANIEL BRIEBA
INDEPENDIENTES EN RED
Lo que ha fallado en esta crisis no es el capitalismo, entendido en su sentido estricto de propiedad privada de los medios de producción de una economía (lo cual claramente no está en cuestión), pero sí han quedado al descubierto fallas profundas en la organización del “capitalismo financiero” estadounidense y global (entiendo este capitalismo como la suma del mercado financiero y las reglas e instituciones que condicionan su funcionamiento).
Primero, existió un déficit regulatorio en el mercado financiero estadounidense, al permitirse sin muchos análisis ni condiciones, la incorporación, tanto de nuevos tipos de inversionistas como de nuevos instrumentos financieros que –en conjunto– incrementaron de manera exponencial la complejidad del sector.
Cuando esta creciente complejidad sobrepasó la capacidad del mismo mercado y de sus reguladores de estimar, cuantificar y transparentar los riesgos involucrados en las transacciones financieras híper complejas que se desarrollaron, ni el valor real de ciertos instrumentos ni la salud financiera de muchos agentes en el mercado, se pudo ya conocer con razonable exactitud, ayudando a gatillar la crisis. En segundo lugar, existe aún un déficit de institucionalidad financiera intergubernamental para el manejo de crisis.
Enfrentar los problemas de los mercados financieros se ha vuelto muy difícil porque la interconexión y la velocidad de reacción de éstos es mucho mayor que la capacidad de los gobiernos nacionales de actuar coordinadamente en respuesta. La ausencia de instituciones globales ha redundado en la proliferación de medidas parciales, soluciones caso a caso y mayores incertidumbres al multiplicarse los gobiernos que podrían (o no) lanzar paquetes de rescate, limitándose así la efectividad de la respuesta internacional.
Por último, una tercera falla es que los términos de la relación entre mercados financieros y las sociedades en que éstos están inmersos son percibidos como injustos. La sensación de que las ganancias de los buenos tiempos son privadas, pero las pérdidas de los malos se socializan, ha restado legitimidad pública a estos mercados, dificultando su rescate en tiempos de crisis y poniendo presión adicional a los gobiernos para regularlos de forma más dura en el
futuro. Sin duda, este tema requiere un debate público profundo.
En suma, si bien no ha fracasado “el capitalismo” en general, una forma específica de organizar su parte financiera sí contribuyó –mediante la regulación laxa de mercados muy complejos, la falta de una institucionalidad financiera global con capacidad de acción colectiva y el déficit de legitimidad pública de los mercados financieros– a la creación y mantención de la actual crisis.