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Artículo correspondiente al número 239 (17 al 30 de octubre de 2008)
La crisis actual no es una extensión de la crisis subprime, como muchos parecen creer. Las hipotecas son solo el actor más popular de una película cuya trama son los excesos de gasto y que salpicó a todo el mundo. Por eso que en Chile lo primero que debiéramos dejar de hacer es transmitir que estamos blindados. Por José Ramón Valente.
La actual ha sido una crisis de lento desarrollo. En 2005 ya había indicadores clarísimos de un exceso de gasto en la economía norteamericana, lo que –de hecho– llevó a algunos economistas a pronosticar la posibilidad de una recesión para Estados Unidos hacia fines de 2006, la cual obviamente no ocurrió sino hasta 2008. Sin embargo, a pesar de que el pronóstico erró por dos años, la predicción de que el exceso de gasto en EE.UU. –financiado con los ahorros de China, a los que se le unieron luego los países petroleros– generaría tarde o temprano una recesión, fue acertado.
Estados Unidos alcanzó a tener un déficit anual de su cuenta corriente –indicador utilizado para medir el monto de los recursos que un país debe conseguir de otros países para financiar su propio gasto– de cerca de 900 mil millones de dólares: algo así como un 7% de su PGB. Quienes hemos analizado las cuentas externas de las naciones emergentes sabemos que dicha cifra es demasiado alta y que la mayoría de la veces los países que se han acercado a ella terminan teniendo problemas de financiamiento, lo que los obliga a reducir fuertemente su gasto interno, causando con ello una recesión. Es el caso de la mayoría de los latinoamericanos a principios de los años 80 y de los tigres asiáticos en 1997-1998.
Por otra parte, a raíz de la preocupación de las autoridades monetarias durante la recesión de 2001, respecto a que Estados Unidos fuese a caer en una depresión similar a la vivida por Japón a principios de los 90, las tasas de interés que fijó el comité de la Reserva Federal en el período posterior a la crisis de 2001 y hasta fines de 2005 fueron extremadamente bajas comparadas con los niveles históricos. Incluso, durante varios meses estas fueron inferiores a la inflación, de manera que, lejos de reflejar escasez de recursos financieros para financiar el exceso de gasto de los norteamericanos, la señal que entregaban era de plata dulce.
A través de la historia hemos aprendido que cada vez que a las personas y a las empresas se les ofrece crédito a tasas de interés negativas, la gente no duda en tomarlo aunque no los necesite. Si me están regalando algo, lo acepto y luego veo qué uso le doy.
Es decir, la economía de Estados Unidos tenía un foco de incendio con su exceso de gasto, al cual se le echó unos cuantos bidones de bencina con tasas de interés extremadamente bajas, que terminaron por generar una explosión del gasto. Pero como la cantidad de hamburguesas y cerveza que se pueden consumir es limitada y el número de autos que se pueden manejar, también; los norteamericanos comenzaron a comprar otro tipo de bienes; sobre todo, aquellos que por su naturaleza pueden ser dejados en garantía para obtener un crédito, tales como casas, oficinas y departamentos, pero también acciones y bonos de empresas.
Por su parte, los bancos, financieras, compañías de seguros y fondos de inversión, ante las paupérrimas tasas de interés que se podían obtener por los instrumentos de bajo riesgo (bonos del Tesoro), tuvieron grandes incentivos para buscar instrumentos de inversión con los que obtuvieran mayores retornos. Al principio, fueron los bonos de empresas, luego los de países emergentes y, posteriormente, las sofisticadas (e inentendibles) notas estructuradas que surgieron del financiamiento de la compra de activos inmobiliarios.
De manera que, de acuerdo a esta descripción de los hechos y compartida por numerosos analistas, la crisis actual no es una extensión de la crisis subprime, como muchos parecen creer. Por el contrario, la crisis subprime es sólo el actor más popular de una película cuya trama son los excesos de gasto generados tanto en el mercado de bienes y servicios (autos, viajes, etc.), como en el mercado de activos (casas, acciones y bonos). Y el villano invitado son las burbujas de precio en el sector inmobiliario, los commodities y las acciones y bonos: sobre todo, de los países emergentes.
Obviamente, nada de esto habría sido posible sin el financiamiento otorgado por los chinodólares y petrodólares que, ante la imposibilidad de encontrar activos financieros seguros y rentables en sus países de origen, terminaron depositándose en los bancos de los países desarrollados. Principalmente, Estados Unidos y Europa.
Así que la culpa de la actual crisis no es solamente de los irresponsables banqueros norteamericanos, las despreocupadas compañías de seguros o las incompetentes clasificadoras de riesgo. De alguna manera, el mundo entero –es decir, sus instituciones– fueron incapaces de manejar el aumento de riqueza y las transferencias de riqueza provocados por la revolución tecnológica y la incorporación de millones de personas en todo el mundo a un sistema de economía de mercado, así como la mayor propensión al ahorro de esa gente.
La crisis de la que somos testigos no es una extensión indeseada de la crisis subprime; por el contrario, es un problema global que simplemente reventó primero en el mercado de hipotecas de alto riesgo en Estados Unidos.
Si entendemos la crisis como un fenómeno global, es más sencillo comprender la profundidad y extensión que ha alcanzado en los últimos días y los posibles efectos que pudiera ejercer en el futuro.
¿Y las advertencias?
Entre paréntesis, a estas alturas usted se estará preguntando: si el desarrollo de la crisis era tan obvio como para poder ser descrito en un par de párrafos, ¿cómo no se tomaron a tiempo las medidas necesarias para evitar el penoso desenlace que estamos presenciando? ¿Cómo es que tanta gente y, sobre todo, tantos destacados profesionales del mundo financiero fueron sorprendidos por la crisis financiera global en que estamos inmersos en este momento?
Bueno, lo cierto es que había una visión optimista sobre lo que estaba ocurriendo en la economía mundial que era sostenida por muchos analistas y que, a la luz de los acontecimientos, probó tener más seguidores que la visión catastrofista esbozada en los párrafos iniciales. En pocas palabras, dicha visión reconocía la existencia de un desequilibrio global de consumo y ahorro de gran magnitud, pero estimaba que el crecimiento de la demanda interna en los países emergentes –principalmente, China, Brasil, Rusia e India– se haría cargo del problema por la vía de disminuir paulatinamente y sin sobresaltos los fondos disponibles a los norteamericanos y sin que fuese necesario una desaceleración brusca del consumo en Estados Unidos.
Este grupo de optimistas fue el mismo que luego pronosticó que la crisis subprime estaba encapsulada sólo al segmento de las hipotecas más riesgosas. Y cuando fue evidente que la situación alcanzaría a todo el sistema financiero norteamericano, se las arreglaron para convencer a los mercados de que el mundo sería capaz de desacoplarse de Estados Unidos y seguir creciendo, aunque los norteamericanos estuvieran en recesión.
Este conjunto de analistas confió –y algunos confían hasta ahora– en que el futuro promisorio de China sería capaz de sostener el crecimiento del mundo en rangos iguales o superiores a los promedios históricos y, por supuesto, también los precios de los commodities se mantendrían en los niveles alcanzados durante los primeros meses de este año. Cabe recordar que hace no más de cuatro meses abundaban los estudios de prestigiosos analistas que proyectaban el petróleo a 200 dólares el barril; y el cobre, a 5 dólares la onza.
Esta visión del futuro de la economía mundial fue la que mayoritariamente prevaleció en los mercados desde 2005 y hasta hace sólo algunas semanas. Precisamente por ello la actual crisis demoró tanto en mostrarse en todo su esplendor. También es probable que el haber demorado el ajuste haya agudizado su magnitud.
Lo que viene
Pensando ahora en lo que viene para adelante, una crisis global requiere soluciones globales. No creo que sea practicable que todas las pérdidas derivadas de esta crisis sean asumidas por los contribuyentes norteamericanos.
Los inversionistas de todo el mundo, incluidos los bancos centrales y los fondos soberanos de países como China y Arabia Saudita, deben entender que en un mundo con exceso de ahorro los retornos de poco riesgo por sus inversiones van a ser bajos y que –cuando se invierte en instrumentos con riesgo– está dentro de las posibilidades perder parte de lo invertido. Las inversiones de alto retorno y bajo riesgo no han existido nunca; y menos, cuando la liquidez abunda.
Al mismo tiempo, deben hacer esfuerzos por desarrollar sus propios mercados de capitales de manera que sean capaces de absorber una mayor parte de sus ahorros. En ese sentido, comparto plenamente la idea del Banco Mundial de ampliar el G7 a un G14, de manera de incorporar a países como China, Brasil, India, Rusia y Arabia Saudita a ayudar en las soluciones de la crisis actual y en el establecimiento de un orden financiero mundial más seguro para todos.
Por otro lado, el mundo y –especialmente– los países emergentes deberán ajustarse a una menor tasa de crecimiento en el futuro que la observada en el quinquenio 2003-2007. Claramente, un crecimiento de esa magnitud crea cuellos de botella que a la larga terminan por generar burbujas, especulación y crisis.
En relación a Estados Unidos, si bien muchos señalan a ese país como el culpable y el más golpeado por la crisis financiera actual, tengo confianza en que su sólida institucionalidad y su gran flexibilidad le permitirán salir mas rápido que a otros de la actual situación.
Chile no se salva
Finalmente, en cuanto a Chile lo primero que debiéramos dejar de hacer es transmitir que estamos blindados para soportar esta crisis. Los ahorros acumulados por el tesoro público, producto de la regla de superávit estructural, permiten al gobierno garantizar el financiamiento de su gasto público aun en una situación de disminución drástica de sus ingresos. Eso es muy positivo, pero no es suficiente para señalar que Chile, y sobre todo los chilenos, están a salvo de las consecuencias de la crisis financiera y la posible recesión mundial que le seguirá en los próximos meses.
Hay cientos de empresas chilenas que exportan sus productos a decenas de países que en los próximos meses tendrán un desempeño económico muy inferior al de los últimos cinco años y, por lo tanto, verán inevitablemente disminuida su demanda de productos.
Las empresas extranjeras que tienen o tenían proyectos de inversión en Chile verán dificultadas las fuentes de financiamiento para dichos proyectos y a las empresas chilenas que tenían planes de inversión, tanto en Chile como en el exterior, les pasará lo mismo. Eso implica menos inversión, menos crecimiento y menos empleo.
Los millones de consumidores que se han beneficiado, sobre todo en los últimos dos años, de un dólar barato y un peso fuerte, verán cómo el alza de los precios de los bienes importados erosiona sus ingresos y su capacidad de compra.
El crecimiento general de la economía será menor en los próximos meses, tal vez un par de años, pero principalmente el crecimiento del gasto caerá el próximo año casi a la mitad de lo que fue este año, haciendo que la desaceleración se sienta mucho más profunda aún de lo que se refleja en las cifras de crecimiento económico.
El Banco Central y el ministerio de Hacienda no deben escatimar esfuerzos por proveer tranquilidad y liquidez al mercado financiero nacional, en el entendido de que es una industria sana y que no hay razones para pensar que las instituciones locales pudieran seguir la misma suerte de sus pares norteamericanas y europeas.
Con todo, nos esperan meses, tal vez años, difíciles. Chile va a salir mejor parado en esta crisis que varios de sus vecinos latinoamericanos, especialmente aquellos que no aprovecharon los años de vacas gordas en ahorrar para los momentos difíciles, como Argentina y Venezuela.
Incluso creo que algunas de las estrellas emergentes de nuestra región, como Perú y Colombia, van a sufrir más que Chile, porque su acelerado crecimiento de los últimos años fue acompañado también de un fuerte impulso del gasto interno financiado con los ingresos provenientes del boom de los precios de sus productos de exportación.
Aun así, los chilenos –ahora más que nunca– vamos a echar de menos no haber utilizado nuestros años de bonanza para mejorar la calidad de la educación, flexibilizar nuestro mercado del trabajo y reformar nuestra anquilosada administración publica. Ello nos habría permitido hoy mirar el futuro con mucho más optimismo y con un blindaje más resistente que los ahorros fiscales. Esto es, una economía competitiva que capaz de ajustarse rápido y salir también rápido de los problemas que se le presentan.