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Impacto profundo

Artículo correspondiente al número 239 (17 al 30 de octubre de 2008)



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New World

 

Cuando la marea se retire tras la crisis de 2008, el paisaje financiero será otro. Todo indica que aumentará la supervisión al sistema y con normas mas estrictas. Hasta mediados de año, los estándares de Basilea indicaban que los bancos tenían suficiente capital. Los rescate le pasaran la cuenta a la economía mundial durante años. Fin de una era y un estilo de vida: la banca e inversión independiente se acabó. Las cicatrices de las heridas actuales afectarán al apetito por riesgo de la industria bancaria. Europa, las naciones asiáticas y hasta las economías emergentes claman por una menor hegemonía norteamericana en el nuevo orden.



Cuando la marea se retire tras la crisis de 2008, el paisaje financiero será otro. Habrá menos jugadores y más grandes, cambios en los modelos de negocios de los bancos y nuevas y más estrictas regulaciones.

La lucha por la supervivencia ha llevado a fusiones que antes no habrían pasado por el colador de las autoridades antimonopolios. La caída ha dejado en evidencia las falencias del sistema, los abusos de unos pocos y la desigualdad en el acceso a la información.

La severidad de la crisis, que ha llevado a muchos a trazar paralelos con la de 1929 y a recordar que ésta fue seguida por la Gran Depresión, tiene de cabeza a los reguladores, pero no hay duda de que en cuanto el pánico ceda y tengan un respiro, comenzarán a trabajar en las normas necesarias para establecer un nuevo sistema financiero: uno donde Wall Street no será emperador indiscutido y que no necesariamente se construirá sobre los supuestos en que se apoya hoy.



Con las mejores intenciones


Para saber hacia donde vamos, a veces ayuda saber de dónde venimos. Tras la crisis financiera de 1997-99, que se extendió del sudeste asiático a Rusia y Brasil, los banqueros centrales y ministros de finanzas trabajaron para mejorar las regulaciones bancarias y reducir el impacto de las crisis financieras futuras. La meta implicaba conseguir un equilibrio entre la necesidad de garantizar la seguridad de los bancos y la de darles espacio para asumir riesgos y ganar dinero.

Para 2004 el proyecto estaba listo: el nuevo manual recibió el nombre de Basilea II. Europa y Japón lo implementaron durante el último año. En Estados Unidos, los bancos debían entregar sus planes de cumplimiento a los reguladores antes del 1 de abril. El problema ahora es que esas normas podrían empeorar más las consecuencias de la crisis en el sistema, ya que la idea es que los bancos equiparen el tamaño de su base de capital con los riesgos de sus préstamos y activos. Hoy, muchos bancos tendrían que reducir el riesgo, recortando las colocaciones o vendiendo acciones para conseguir más capital, y ninguna de estas opciones parece razonable en estos días convulsionados.

Para entender cómo un acuerdo que debía mejorar las cosas puede empeorarlas hay que ir a Basilea I, diseñado por los reguladores financieros en 1988 para conseguir que los bancos de todo el mundo reforzaran su capital. Lo hicieron, pero pronto encontraron los agujeros en el sistema. Para evitar tener parado el capital necesario para sostener los préstamos que hacían, los securitizaron y sacaron de sus libros. Basilea I tampoco requería que hubiera respaldo de capital si las líneas de crédito eran por menos de un año, así es que los bancos aprendieron a renovarlas cada 364 días.

Hasta mediados de este año, las tasas de incumplimiento de crédito eran muy bajas, lo que –usando los estándares de Basilea– indicaba que los bancos tenían suficiente capital. Los hechos han demostrado que no era así.



Tocando fondo


Antes de mirar hacia una nueva era para la banca y la economía hay que salir de la crisis actual. La crisis de confianza, solvencia y liquidez que paralizó a los mercados interbancarios las últimas semanas puede no dejar más opción que una recapitalización de la banca por sus gobiernos. Aunque los bancos centrales ganen la batalla de la liquidez, no habrán resuelto el problema de la solvencia: eso demandará una nacionalización plena o parcial de los bancos, ya que los compradores del sector privado son escasos. Es lo que vimos con la banca británica.

Por cierto que eso genera una nueva batería de problemas. ¿Podrán los gobiernos pagar esto? Las agencias calificadoras ya salieron a decir que la nota del gobierno de Estados Unidos no está siendo cuestionada. Pero los 700.000 millones de dólares del plan de rescate tienen que salir de alguna parte. Y hay que cumplir con las garantías de Fannie y Freddie y la recapitalización de AIG. El Tesoro dijo que le aumentaría el presupuesto a la Reserva Federal. Pero todo tiene límites.

Y suponiendo que una vez más los asiáticos compren los bonos occidentales, hay que emprender la reestructuración. The Economist Intelligence Unit, la unidad de análisis de la prestigiosa publicación británica, planteaba cuatro grandes interrogantes: ¿cómo será la reestructuración? ¿Cómo se organizará la competencia con el Estado como participante importante además de regulador? ¿Cómo se enfrentará el riesgo moral en el sector financiero a la luz de enormes rescates estatales? ¿Cómo y cuándo reprivatizarán los bancos los gobiernos?

No se sabe aún. Pero los rescates le pasarán la cuenta a la economía mundial durante años. Es probable que los impuestos suban, deprimiendo el consumo privado. Y el bajón de las bolsas ha mermado inversiones de empresas, fondos de pensiones y muchos otros que demorarán un largo tiempo en recuperar las pérdidas, golpeando más fuerte a aquellos a punto de jubilar.

En la misma línea, el consumo se verá afectado también por una menor disponibilidad de crédito y tasas más altas, como consecuencia de la menor competencia (por las compras, fusiones y quiebras, habrá menos bancos), menos securitización y mayores exigencias regulatorias de capital.



En el horizonte


Los mayores cambios que probablemente veremos en el futuro son un menor peso de Estados Unidos, cambios en el modelo de negocios de la banca y un marco regulatorio distinto.

El plan de rescate de Washington persigue revitalizar a los bancos estadounidenses y mantener su hegemonía. Moody’s reafirmó pocas horas después del anuncio del rescate por el secretario del Tesoro, Hank Paulson, que la nota AAA de Estados Unidos no estaba en riesgo, en un informe que tituló “Los cimientos no debilitados de la calificación AAA del gobierno de Estados Unidos”.

“Estados Unidos perderá su estatus de
única gran potencia en el sistema financiero
internacional e iremos hacia un sistema
multipolar”, anunció el ministro alemán de
Hacienda, Peer Steinbrück.
 
Pero otros no están tan seguros. El más directo en sus planteamientos fue el ministro alemán de Hacienda, Peer Steinbruck, quien dijo con todas sus letras que tal vez. La deuda de Estados Unidos superó los 10 billones de dólares el 30 de septiembre (ascendía a 5,72 billones cuando Bush asumió la presidencia) y el plan de rescate cuenta entre sus provisiones una que autoriza a elevar el techo de la deuda nacional de 11,31 billones de dólares. La cifra es grande, aunque no alarmante: los 10 billones equivalen a cerca de 69% del PIB. Pero afecta las perspectivas del dólar a largo plazo y pone al país en riesgo de que un día los inversionistas extranjeros dejen de confiar en la moneda como divisa de reserva. Claro que esto es en el largo plazo.

En lo inmediato, ya estamos viendo cambios en el modelo de negocios de la banca, sobre todo, la de inversión. La tendencia parece ser hacia un modelo de banca occidental y, más que nada, un regreso al antiguo negocio bancario de captar depositantes.

Con la quiebra de Lehman Brothers, la venta de Merrill Lynch y Bear Stearns y la decisión de Goldman Sachs y Morgan Stanley de convertirse en sociedades bancarias, la banca de inversión independiente se acabó. El fin de una era y un estilo de vida, según muchos. No es que sus servicios ya no sean necesarios, sino que se prestarán a través de un modelo distinto de banco, que como captador de depósitos estará sometido a normas más estrictas y bajo supervisión directa de la Reserva Federal y de la Contraloría General. En lugar de auditorías periódicas por la Comisión de Valores y Bolsa (SEC), Goldman y Morgan tendrán a los inspectores sobre sus espaldas todo el tiempo. Cuentan, por ejemplo, que JPMorgan Chase tiene unos 70 reguladores de ambas agencias en sus oficinas todos los días, con acceso a los libros, mesas de operación y procesos administrativos.

Esa mayor regulación no garantiza que no haya más pérdidas, pero ciertamente evitará el exceso de apalancamiento (o endeudamiento) que tanto ha debilitado a las instituciones financieras. Las firmas de Wall Street aprovecharon el dinero barato que las bajas tasas de interés ponían a su disposición para sus operaciones propias y préstamos a fondos de cobertura y firmas de capital privado.

Es probable que la industria financiera no sólo sea sujeto de una mayor supervisión, sino que además las normas se vuelvan más estrictas con el fin de evitar una nueva crisis. En Estados Unidos se ha planteado convertir a la Fed en un supraregulador de todo el sistema financiero, en desmedro de las atribuciones de la SEC. En la UE, en tanto, la Comisión Europea presentó el 1 de octubre su propuesta de revisión de las normas actuales sobre requisitos de capital a las entidades financieras, para reducir la exposición de la banca a los riesgos y mejorar la supervisión financiera. La proposición establece límites a las entidades a la hora de prestarse dinero entre sí, les obliga a mantener en cartera un 5% de los instrumentos securitizados –activos que son sacados de balance y convertidos en bonos para venderlos a otras instituciones–, y busca una mejora de la supervisión de los grupos bancarios transfronterizos. Sin embargo, no se aplicará antes de, al menos, dos años, dado que debe lograr el acuerdo entre el Parlamento y los estados miembros.

Otro proyecto en marcha en la UE apunta a las agencias calificadoras de crédito, sobre las que han llovido críticas.



Cambio de rumbo


Todo esto apunta a un sistema financiero estadounidense que tendrá poco que ver con el que modeló la ley Glass-Steagall de 1933, que prohibía la consolidación de servicios de banca de inversión, comercial y seguros. Tales disposiciones fueron abolidas por la ley Gramm-Leach-Bliley de 1999, que permitía la consolidación entre bancos, firmas de valores y compañías de seguros y creaba más competencia.

Es muy probable que las cicatrices de las heridas actuales quiten el apetito por riesgo a los bancos y se traduzca en un aumento de sus colchones de efectivo para protegerse de la parte baja del ciclo. Esta aversión al riesgo puede conducir a que la banca reduzca su dependencia de pasivos ilíquidos y opte en cambios por otros más líquidos y a plazos más cortos. Pero el menor apalancamiento se traducirá en una rentabilidad también menor.

 

 

El riesgo moral

Una de las discusiones más intensas que han rodeado a la crisis es la del riesgo moral (en inglés, moral hazard) o el temor a que la certeza de un rescate aliente la toma excesiva de riesgos. Es por eso que las autoridades comenzaron con un enfoque caso a caso en lugar de partir con un rescate amplio, sistémico. Rescatar a Wall Street de sus excesos resultó una tarea muy impopular y fue una de las principales razones por las que el plan de compra de activos con problemas del secretario del Tesoro no pasó el primer trámite en la Cámara de Representantes. Hubo cientos de llamadas de personas a sus congresistas pidiéndoles que no aprobaran el plan. A menos de dos meses de las elecciones en las que se renuevan dos tercios de los representantes, fue imposible resistir la presión de los votantes.

Las autoridades hicieron lo posible por no dar la impresión de estar “socializando” las pérdidas mientras toleraban la “privatización” de las ganancias: los accionistas de Bear Stearns, Fannie Mae, Freddie Mac y AIG lo tienen muy claro. La intervención del Estado, en la práctica, borró sus participaciones.

La ley de consecuencias inesperadas también se hizo presente. La decisión de permitir la quiebra de Lehman Brothers para enviar la señal de que nadie era demasiado grande para evitar caer fue celebrada en su momento, precisamente, porque hacía frente al aspecto del riesgo moral. Las autoridades estadounidenses pensaron que los problemas de Lehman eran suficientemente conocidos y que sus contrapartes ya habían tomado las providencias del caso, por lo que los efectos no serían graves. Error. La quiebra de Lehman causó pérdidas en un fondo del mercado de dinero, lo que se consideraba una inversión segura. La sabiduría convencional indicaba que los fondos del mercado de dinero no tienen pérdidas.

El impacto de las pérdidas de ese fondo fue lo que provocó desconfianza, que congeló los mercados de financiamiento de corto plazo y causó la carnicería en las acciones de los bancos. Si Lehman no era demasiado grande para caer, ¿quién sería rescatado y quién no? La incertidumbre secó el flujo en el mercado interbancario y agravó una situación que ya era color de hormiga.




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Comentarios

3 Comentarios

Juan Carlos Llanten:

Publicado Martes 28 de Octubre, 2008 - 16:57 hrs

Excelente articulo. Es claro y con un enfoque realista. 
Se lo enviaré a mis jefes.

Norma Parrao:

Publicado Domingo 19 de Octubre, 2008 - 00:45 hrs

Ahhh... y excelentes recomendaciones de Luis Hernán Paul. Se las enviaré a los ejecutivos de mi empresa para revisarlas el lunes a primera hora. Gracias!

Norma Parrao:

Publicado Domingo 19 de Octubre, 2008 - 00:40 hrs

Qué buen artículo! De verdad, el primero que leo (y creanme que como inversionista financiero, me los he leido todos...) con perspectiva, con un análisis integrado, con visión y con aportes novedosos de como esto se fue gestando hasta llegar a la debacle en que estamos. Claramente, no basta tener los mejores cerebros académicos, empresariales, políticos, financieros, se necesita tener líderes con visión, pragmatismo y con cojones para sacar adelante a este mundo globalizado.

 
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