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Reportajes y Entrevistas
Impacto profundo

Artículo correspondiente al número 239 (17 al 30 de octubre de 2008)

 

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Evadiendo el problema

It`s nothing stupid!

 

¿En que estaban los líderes mundiales de hoy? ¿En la invasión a Irak y e los cambios de gobierno en Alemania, Inglaterra, Rusia, Francia y Estados Unidos? ¿En el milagro chino e indio? ¿En el cambio climático? ¿Y en la crisis financiera que se acercaba? Por Juan Carlos Eichholz.

 



¿Qué habrá estado en los cráneos de Roosevelt, Stalin, Chamberlain, Petain y otros líderes mundiales en los años 30? De seguro que un importante espacio lo ocupaba el reconstruir sus países después de la Gran Depresión. Y más allá de eso, ¿qué habrán estado mirando? ¿Cuánta atención estaba siendo puesta sobre lo que se iba incubando en Alemania, con Hitler a la cabeza? Lo probable es que no hayan sido indiferentes a lo que allí ocurría. De hecho, crecientemente este tema fue siendo parte de las conversaciones informales entre los líderes de la época, pero no pasaba de ahí, pese a que las señales se hacían cada vez más preocupantes: concentración del poder, ideologización, militarización, antisemitismo, anexión de Austria… e invasión de Polonia. Todo eso tuvo que ocurrir –en un espacio de seis años– para que, finalmente, las otras potencias europeas comenzaran a reaccionar, aunque lenta y desarticuladamente al comienzo.

¿Y en qué estaban los líderes mundiales de hoy? ¿En la invasión a Irak y en los cambios de gobierno en Alemania, Inglaterra, Rusia, Francia y Estados Unidos? ¿En el milagro chino e indio? ¿En el cambio climático? Seguramente que en todo eso y en otros asuntos también. ¿Y en la crisis financiera que se acercaba? Lo probable es que fuera parte de las conversaciones informales, pero no mucho más; al menos, no como para tomar acciones que evitaran llegar hasta donde hemos llegado hoy. Pese a que las señales, igual que con la Segunda Guerra, se iban sumando: la burbuja de las punto com, el exceso de liquidez, las tasas reales negativas, el aumento desmedido del crédito, la burbuja de los commodities, la burbuja inmobiliaria… hasta que la crisis estalló. Y ahora vemos las reacciones para detener el desplome de la economía mundial, que asoman lentas y desarticuladas.

Dos fenómenos devastadores, en campos muy distintos, que siguen el mismo patrón: evasión del problema. Sin embargo, no nos quedemos con poner nuestra mirada acusadora sobre esos grandes líderes solamente, porque estoy seguro de que usted ha estado alguna vez en una situación similar, de menor alcance por supuesto, viendo las señales de lo que se venía, pero sin prestarles mucha atención o esperando a que otro lo hiciera. Y es que ni para usted ni para esas autoridades mundiales se justificaba hacer algo, simplemente porque no había un problema, o al menos no era lo suficientemente grave. Por lo mismo, frases como “It’s the economy, stupid!”, o incluso “It’s politics, stupid!”, no tenían cabida. Simplemente no estaba pasando nada: “It’s nothing, stupid!”



Evadirte, evadirme, evadirnos


¿Se ha puesto a pensar alguna vez en la dinámica que se produce en este tipo de situaciones? Todo gira en torno a la evasión, y las etapas se van dando en una lógica casi perfecta, igual que en la borrachera, que parte por la euforia, seguida de la melancolía, que da paso a la depresión, para terminar en el arrepentimiento.

Aquí todo parte con el agorero; es decir, con quien advierte al resto que hay un problema, que algo anda mal, que tenemos que cambiar. Pero como el resto siente que está bien, no hace caso, mira para el lado. Y si el agorero insiste mucho, entonces se busca la forma de acallarlo. En otras palabras, se mata al mensajero. En la década del 30 hubo varios de esos agoreros; entre otros, el propio Churchill, a quien sólo le dieron crédito, eligiéndolo primer ministro, cuando la guerra ya había comenzado. En esta crisis también los ha habido, y entre ellos se cuentan el recientemente fallecido economista Charles Kindleberger, sus colegas norteamericanos Larry Summers y Joseph Stiglitz y el chileno Hernán Cortés.

Aunque el agorero es desoído, igualmente genera inquietud en la gente; en especial, cuando ya comienzan a hacerse visibles algunos síntomas de la enfermedad. Entonces comienza la segunda fase de la evasión: la negación del problema por parte de la autoridad. Este patrón es un clásico, y se expresa en frases como “no hay de qué preocuparse, porque nuestra economía está blindada”. De hecho, el propio Henry Paulson decía en julio de 2007: “yo no pienso que plantee un riesgo serio para la economía en su conjunto, porque tenemos una economía diversa y sana”. Y a comienzos de este año, las autoridades económicas de Europa y Asia inventaron la teoría del desacoplamiento, intentando explicar que la crisis subprime en Estados Unidos no se extendería más allá de sus fronteras, porque ese país ya no era el único motor de la economía mundial. Juzgue usted.

La tercera fase es la del autoengaño colectivo: algo huele mal, pero preferimos taparnos las narices. En otras palabras, aunque intuimos que el problema está ahí, acechando, optamos por ampararnos en el discurso tranquilizador de las autoridades, y nos quedamos impávidos. Todos saben que algo anda mal, pero el acuerdo tácito se impone: “hagamos como que la cosa está bien”. Y seguimos donde mismo, sin enfrentar el problema, tal como ocurrió entre enero y septiembre de este año. Sin ir más lejos, el propio Paulson pronunció otra frase para el bronce en mayo último: “Lo peor de la crisis ya pasó”.

La cuarta fase es dolorosa, porque ya no podemos negar la existencia del problema: simplemente nos estalló en las narices. Lo increíble es que, de algún modo, buscamos la forma de no sentirnos tocados por lo que está ocurriendo. ¿Cómo? Echándole la culpa a otros, hasta el punto, si es necesario, de dar con chivos expiatorios que nos ayuden a soportar nuestra frustración. Es la caza de brujas en la que nos encontramos hoy: que los bancos de inversión, que las clasificadoras de riesgo, que Greenspan, que Bush, que los chinos, que el capitalismo, que la codicia, que los ejecutivos inescrupulosos, que el corredor de bolsa que me dijo que comprara, y para qué seguir con la lista. Cien culpables, excepto uno mismo.

Largo circuito de evasión tras evasión para poder, finalmente, enfrentar el problema y comenzar a cambiar, asumiendo los inevitables costos que esto implica. Por lo tanto, del “It’s nothing” pasamos al “It’s them”, para finalmente llegar al “It’s a crisis, stupid!”

Es interesante observar que los países y las personas que más progresan son aquellos que menos tiempo se quedan en cada fase; es decir, los que más rápidamente enfrentan el problema. Por eso es que el pronóstico de mediano plazo para Europa y Japón es bastante peor que para Estados Unidos, cuya cultura es más de enfrentar que de evadir.



Cada vez más sistémico


El gran desafío, sin embargo, es que no basta con que sea sólo un país el que decida enfrentar el problema. Así como la resistencia aislada de Francia, o incluso la de Inglaterra, no era suficiente para derrotar a Hitler, en la crisis financiera no es suficiente que actúe sólo la Reserva Federal, ni aun en conjunto con el Departamento del Tesoro, porque tienen que intervenir también las autoridades de otros países, y no sólo europeos. Eso es lo que se llama un desafío sistémico, que exige colaboración de muchos actores, porque lo que unos hagan o dejen de hacer afecta a otros y, por tanto, el resultado final.

Esta historia lo dice todo: dos exploradores están recorriendo África cuando, de pronto, se encuentran con un león que se aproxima a ellos mientras acampan, decidido a atacar. Muy asustado, uno de ellos mira al otro, que se está poniendo los zapatos, y le dice: “¿qué haces poniéndote zapatos? ¿Qué no te das cuenta de que el león es más rápido que nosotros?” Y el otro le responde: “claro que sí, pero el asunto no es quién corre más rápido que el león, sino quién de nosotros corre más rápido que el otro.”

Por lo tanto, si un país pretende buscar soluciones para sí, el problema seguirá sin ser enfrentado con la profundidad que se requiere, y estaremos viendo medidas de parche que durarán sólo por un rato. Lo que hay que entender es que los mercados globalizados de hoy requieren soluciones globales, lo que demanda un inédito esfuerzo de integración mundial, que también incluye a un actor al que le cuesta esa mirada: China.

Se ha dicho que esta no es una crisis de liquidez, sino de confianza, aseveración que es del todo cierta, y cada vez lo será más, en esta y otras situaciones. La falta de liquidez es lo que se ve en la superficie; es sólo el síntoma de la enfermedad. Se podrá inyectar más dinero en el sistema, como se ha estado haciendo, pero éste no fluirá si no existe la confianza que asegure a los agentes económicos que los compromisos entre ellos se cumplirán, garantizando la cadena de pagos.

Cuando un problema es sistémico, su solución pasa por la colaboración de las diferentes partes que se ven afectadas por él, lo que exige no sólo coordinación, sino una actitud de colaboración, que sólo puede fundarse en la confianza. El tema es que esto es algo relativamente nuevo. Los problemas que tenemos son crecientemente globales –y por tanto, sistémicos–, pero tendemos a aplicar soluciones locales, porque es lo que hemos realizado por siglos.

Es por esto que la última gran frase de Thomas Friedman se queda corta: “siempre creí que el gobierno de Estados Unidos era un sistema político único, diseñado por genios para que incluso pudiera ser conducido por idiotas. Estaba equivocado. Ningún sistema puede ser suficientemente inteligente para sobrevivir a este nivel de incompetencia e imprudencia de quienes deben liderarlo”.

El dilema es que ya no se trata de conducir el sistema político norteamericano; ahora la escala es mundial. Es otro sistema, mucho más complejo, y es bueno que entendamos que no funciona con piloto automático, porque así estaremos todos más alertas a lo que vaya ocurriendo. Como nunca antes, cuesta que alguien, por genio que sea, vea el cuadro completo.



Y el culpable es…


En estos días estamos transitando desde la etapa de encontrar culpables hacia la de buscar soluciones integradoras. Sin embargo, quedarse atrapados en la primera hace más difícil avanzar hacia la última, pues parte de la integración debe darse con aquellos actores que podemos pensar que son los culpables. Es lo que, de hecho, se escucha cuando se ataca a Paulson por su historia pasada, como presidente de Goldman Sachs, uno de esos demoníacos bancos de inversión. Y lo mismo ocurre con la Reserva Federal o con el propio gobierno estadounidense. O incluso con el capitalismo.

En el extremo, habría que deshacerse de todos estos culpables para poder avanzar. Lo que hay que entender, no obstante, es que aquellos que han sido parte del problema son también parte de la solución. Peor aun, lo probable es que los culpables no sean sólo unos pocos, aquellos que ponemos en el patíbulo, sino muchos más, muchos millones más.

El capitalismo, más que una estructura artificial, es un orden social que se desprende naturalmente de lo que el ser humano es. Por lo mismo, las tan criticadas burbujas financieras, inmobiliarias y de otros mercados no son sino expresión de múltiples burbujas personales.

Culpar al capitalismo y a los capitalistas es culparnos, en parte, a cada uno, porque está en nuestra naturaleza –que por cierto es débil–, caer en estos excesos. Si se tiene en cuenta eso, evitaremos perder tiempo en un debate ideológico de trincheras, que no conduce a ninguna parte, y centraremos la atención en cómo, más allá de las soluciones inmediatistas, ir minimizando esos excesos. Una vía serán las regulaciones, por cierto, pero más efectivo que eso será el trabajo cultural. De hecho, los alemanes no cambiaron por las regulaciones que impuso el Tratado de Versalles, después de la Primera Guerra, sino por el profundo esfuerzo educacional y de diálogo social que se comenzó después de la Segunda Guerra.


El autor es director del Centro de Liderazgo Estratégico de la Universidad Adolfo Ibáñez.

 



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Comentarios

3 Comentarios

Juan Carlos Llanten:

Publicado Martes 28 de Octubre, 2008 - 16:57 hrs

Excelente articulo. Es claro y con un enfoque realista. 
Se lo enviaré a mis jefes.

Norma Parrao:

Publicado Domingo 19 de Octubre, 2008 - 00:45 hrs

Ahhh... y excelentes recomendaciones de Luis Hernán Paul. Se las enviaré a los ejecutivos de mi empresa para revisarlas el lunes a primera hora. Gracias!

Norma Parrao:

Publicado Domingo 19 de Octubre, 2008 - 00:40 hrs

Qué buen artículo! De verdad, el primero que leo (y creanme que como inversionista financiero, me los he leido todos...) con perspectiva, con un análisis integrado, con visión y con aportes novedosos de como esto se fue gestando hasta llegar a la debacle en que estamos. Claramente, no basta tener los mejores cerebros académicos, empresariales, políticos, financieros, se necesita tener líderes con visión, pragmatismo y con cojones para sacar adelante a este mundo globalizado.

 
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