Artículo correspondiente al número 239 (17 al 30 de octubre de 2008)
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Pero para armar un cóctel verdaderamente explosivo, a la arrogancia hay que sumar el dogmatismo que impidió a la administración Bush proponer un plan de rescate competente y efectivo. Aquí hubo dos problemas: primero, la obsesión por escarmentar y mostrar que eran machos y capaces de hacer quebrar a una institución venerable como Lehman Brothers. No les importó que el hacerlo haya sido como gritar “incendio” en un teatro repleto de gente. En segundo lugar, para la administración la sola idea de que el gobierno inyectara directamente capital a los bancos resultaba inaceptable; bancos y gobierno no se mezclan, dijeron, volviendo a ignorar la historia y el rol central que jugó la Reconstruction Finance Corporation en 1933. Por ello presentaron un plan incompleto –la propuesta legislativa original tenía sólo 3 páginas- e inefectivo, basado en la compra de activos tóxicos cuyos precios es muy difícil de determinar.
Sólo ahora, después del pánico, se han animado a aceptar lo que muchos dijimos desde el principio: la solución más efectiva es inyectarle capital –a través de la compra de deuda subordinada– a las instituciones financieras viables, facilitar la fusión de las débiles y dejar que sean los propios bancos los que negocien con sus deudores la reestructuración de las obligaciones. Después de todo, esa es la competencia de los bancos: negociar con sus clientes. ¿Qué esto es una nacionalización de la banca? Sí, desde luego que lo es. ¿Y, qué? Ya se hizo en 1933, y debiera volver a hacerse cada vez que sea necesario. Lo importante es que, como en los años treinta, la nacionalización sea temporal y no dure ni un día más de lo necesario.
¿La crisis terminal del capitalismo?
Muchos analistas hablan de la crisis terminal del capitalismo y del fin de la globalización. De hecho, en las decenas de entrevistas que yo mismo he dado durante las últimas semanas, las pregunta más recurrentes son, “¿es este el final del capitalismo financiero?” y “¿estamos ante la crisis terminal del capitalismo?” No. Esta no es la crisis terminal del capitalismo; esto es el capitalismo. Desordenado e imperfecto, creador de enorme bienestar y riqueza. De vez en cuando tropieza, porque tomó un ritmo demasiado rápido o vertiginoso o porque temporalmente equivocó el camino. Este es el capitalismo que cae, se golpea y retrocede temporalmente. Lame sus heridas, mientras se prepara para volver a ponerse en movimiento, con su enorme fuerza creativa y su eficiencia.
Desde sus comienzos, el capitalismo siempre ha tenido ciclos y ha sufrido crisis; algunas han sido enormes –1907 y 1929, por nombrar sólo dos–, mientras que otras han sido muy serias, pero no legendarias –se me vienen a la mente 1987 y 2001. Sólo los ingenuos o los dogmáticos pueden haber pensado que los ciclos habían terminado y que habíamos entrado en una era sin accidentes. Pero la mayoría de los analistas serios siempre ha sabido que los ciclos continuarán en el futuro. El desafío es que la fase recesiva sea corta y poco profunda; la idea es evitar grandes depresiones como la que azotó al país entre 1929 y 1933. Pero pensar en eliminar los ciclos es una ilusión ingenua.
Joseph Schumpeter, el gran economista austriaco, fue quien mejor describió al sistema capitalista. Dijo que se trataba una sucesión interminable de “destrucción creativa”, donde nuevas ideas y tecnologías desplazaban a compañías antiguas que se volvían obsoletas y desaparecían. En 1939, Schumpeter publicó un tratado sobre los ciclos económicos, en el que usó modelos estadísticos muy sofisticados para esa época y mostró que cada cierto número de años se producía una crisis profunda. Y si bien sus teorías han sido cuestionadas por razones técnicas, la idea de crisis recurrentes cada cierto tiempo sigue vigente. La periodicidad pareciera ser de aproximadamente 20 años: ha habido grandes crisis en 1819, 1836, 1857, 1873, 1907, 1929, 1987 y 2008.
Siempre hemos sabido que el mercado necesita regulación. Pero esta regulación debe ser inteligente, flexible, dinámica; no debe ser excesivamente intrusa ni asfixiante.
No cabe duda de que en los últimos años este desafío no se enfrentó con éxito. Y es por ello que en el futuro veremos nuevos esfuerzos dirigidos a proteger a los inversionistas, a mejorar la transparencia e información en el mercado y a ponerle un cota al leverage. También veremos mayores regulaciones a los derivados, incluyendo al gigantesco mercado de los Credit Default Swaps.
Desde un punto de vista político, estos cambios regulatorios se verán facilitados si, como se espera, el senador Barack Obama gana la presidencia y los demócratas llegan a controlar ambas cámaras del Congreso. Pero hay que recordar que no todos los miembros del Partido Demócrata son partidarios de un nivel asfi xiante de regulación. Después de todo, fue precisamente el presidente Bill Clinton quien puso fin a la ley Glass-Steagall, permitiendo, de ese modo, eliminar la diferencia entre la banca comercial y la banca de inversiones.
Sí, veremos mayores regulaciones en el mercado financiero –y las necesitamos–, pero no veremos impuestos excesivos, ni trabas a la inversión real, ni restricciones al comercio minorista, ni un movimiento hacia un Estado del bienestar. Los emprendedores seguirán adelante. Nuevos Silicon Valley surgirán y en ellos se desarrollarán nuevas tecnologías para enfrentar los desafíos medioambientales y energéticos. Como antes, los que tengan audacia y creatividad amasarán enormes fortunas, y al morir dejarán casi la totalidad de su dinero a obras benéficas; como en el pasado, el individuo y su libertad tendrán un rol político central; independientemente de la crisis y de quién gane las elecciones, nada se hará para que esto cambie. No sólo eso: los países europeos continuarán sus esfuerzos por modernizarse y reformar el Estado de bienestar que continúa siendo un lastre para la productividad y el crecimiento. Vale la pena notar que Europa, con todas sus regulaciones, no ha estado incólume a la crisis; de hecho, los países europeos se encuentran en dificultades aún mayores que los Estados Unidos.
El capitalismo no se terminará. Será diferente y mejor; habrá –al menos por un tiempo– menos arrogancia y mayor humildad. La regulación será más eficiente, pero no paralizante. Todo el mundo entiende que una desregulación bien hecha es enormemente beneficiosa. Fue precisamente la desregulación de las telecomunicaciones lo que permitió la revolución informática. Hay acuerdo amplio en que la desregulación, la liberalización y la expansión del comercio internacional han ayudado en China, India, y Chile, entre otros, a sacar a millones de personas de la pobreza. Fue la desregulación del transporte lo que democratizó los viajes y le permitió a miles de personas de escasos recursos volar en avión –yo aún recuerdo la época en que los que tenían dinero viajaban en aviones semi vacíos y los pobres viajaban enormes distancias en buses Greyhound.
Hay, desde luego, algunos peligros. Si la recesión es larga y profunda –si como en Japón durante los años 90, tiene una forma de L, en vez de la tradicional formas de V o U–, es posible que veamos un aumento en el nivel de proteccionismo y aislacionismo. Esto sería muy grave. Los historiadores coinciden en que fue precisamente la legislación anti-comercio, conocida como el Acta Smoot-Hawley de 1930, la que generó la agudización de la Gran Depresión.
Algunos dicen que durante las últimas semanas murió el “capitalismo”. Si fuera así, debiéramos darle la bienvenida a su reemplazante: ¡Viva el capitalismo!