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Reportajes y Entrevistas
Impacto profundo

Artículo correspondiente al número 239 (17 al 30 de octubre de 2008)

 

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El Capitalismo ha muerto. ¡Viva el Capitalismo!

 

El capitalismo no se terminará. Será diferente y mejor; habrá –al menos por un tiempo- menos arrogancia y mayor humildad. La regulación será más eficiente, pero no paralizante. Es el análisis de las causas, desaciertos y efectos de una crisis que ha tenido al mundo, como nunca, pendiente de los avatares en Wall Street. Por Sebastián Edwards.

 


Durante años los líderes de los países emergentes fueron tratados con cierto desdén por las autoridades del Fondo Monetario Internacional. Se les hablaba en un tono severo –como quien le habla a un niño travieso–, y se les explicaba cómo debían manejar sus economías. En ocasiones, los funcionarios del Fondo usaron términos que lindaban en lo ofensivo: decían que los emergentes eran países irresponsables, con una cultura del despilfarro y la corrupción, que no sabían cómo manejar sus presupuestos, controlar la inflación o evitar gigantescas crisis financieras recurrentes.

Dicen que una imagen vale más que mil palabras. Y la imagen que mejor captura esta relación compleja es del 15 de enero de 1998, en plena crisis asiática. En la fotografía aparece el anciano presidente Suharto de Indonesia firmando el acuerdo que permitirá a su país obtener un cuantioso préstamo del FMI. De pie, a la derecha del hombre fuerte del archipiélago, aparece el director gerente del Fondo Monetario Internacional, Michel Camdessus. El francés tiene los brazos cruzados y, con la severidad de un rector de liceo, mira el documento que le permitirá controlar las finanzas de Indonesia. Tiene una leve mueca en su boca – impaciencia, o desprecio quizás?–, como si quisiera asegurarse de que la firma quedará bien estampada. El abatimiento de Suharto es innegable. Se le ve encorvado y viejo; tiene un aspecto descuidado, el pelo blanco, excesivamente largo, se asoma bajo el tradicional sombrero javanés, y el traje oscuro está arrugado. La imagen dio la vuelta al mundo y fue publicada en los principales periódicos como un signo de la claudicación de los llamados tigres asiáticos. Al ver la fotografía, los ciudadanos de los países emergentes –incluso los de otras regiones, como América latina y África– no pudieron evitar sentirse humillados.

Es por esto que, hasta cierto punto, es comprensible que la actual crisis financiera de los Estados Unidos haya creado un sentido de satisfacción, desquite, e incluso mofa, entre los analistas de muchos países del mundo emergente. Los diarios y revistas del alguna vez llamado Tercer Mundo están repletos de historias que dicen cosas como: “vean, no somos los únicos irresponsables”, o “ahora sabrán lo que es bueno”, o “nunca más permitiremos que nos den lecciones.”



Culpables y villanos


Al centro mismo de la crisis se encuentra la burbuja inmobiliaria de los años 2001 a 2006 en los Estados Unidos. En algunas ciudades –Miami y Los Ángeles, por ejemplo– los precios de las viviendas subieron en 160% durante ese período. Pero la burbuja en sí no hubiera producido una crisis de esta magnitud si no hubiera sido por la contribución de una serie de elementos adicionales, incluyendo el que los bancos de Wall Street hayan creado instrumentos financieros complejos, cuyos valores dependían de los precios de las casas. El uso del leverage se generalizó e inversionistas de todo tipo, la mayoría de los cuales no entendían cómo funcionaban estos títulos, los compraron entusiasmados, siguiendo los consejos de asesores inescrupulosos y sintiéndose protegidos por las calificaciones “Triple A” de las agencias evaluadoras de riesgo.

Pero ni siquiera esto es suficiente para generar la tormenta perfecta. Para completar la historia aún tenemos fue identificar a otros villanos. Y resulta que la intromisión excesiva del gobierno en el mercado financiero e inmobiliario jugó un rol central en este drama. Efectivamente, a principios de esta década el Congreso exigió a Fannie Mae y Freddie Mac que aumentaran fuertemente sus créditos hipotecarios a familias de bajos ingresos. Esta fue, sin duda, una de las causas detrás de la explosión de las hipotecas subprime, las que pasaron de 300 billones de dólares a 2 trillones en un corto periodo de tiempo. Al poco tiempo, cuando finalmente los precios de las casas empezaron a caer, estos deudores no pudieron pagar sus préstamos y la crisis estalló.

Pero hay más, mucho más, incluyendo mala suerte y coincidencias fortuitas. Un ejemplo de esto último fue la decisión del Tesoro, a fines de 2001, de suspender las emisiones del bono de 30 años. Ello incentivó a los inversionistas que deseaban mayor duración para sus inversiones a buscar sustitutos, y los encontraron en el bono de 30 años de Fannie y Freddie. Esta demanda adicional por sus títulos permitió a estas instituciones financiar aún más hipotecas subprime.

También hubo mala suerte: en noviembre pasado se implementaron nuevas regulaciones contables –incluyendo la llamada regla FAS 157–, las que obligan a las instituciones financieras castigar fuertemente sus balances, si se producen caídas temporales en los valores de ciertas inversiones.

Y, claro, para completar la lista de los “culpables”, no se puede dejar de mencionar a los deudores que se embarcaron en compras de viviendas que, a todas luces, no podían solventar.

El cuadro anterior es complejo y va mucho más allá de la muletilla repetida como mantra: “fue la falta de regulación.”

Pero a pesar de su complejidad, este cuadro no explica la profundidad de la crisis. El pánico y la caída en espiral de los mercados fueron la consecuencia directa de la ineptitud con la que el gobierno del presidente Bush enfrentó el problema: dejar caer a Lehaman Broothers fue, claramente, un error serio, como lo fue el haberle presentado al Congreso un plan de rescate incompleto, mal armado, incongruente, y que nadie pudo explicar con claridad. Detrás de esta incompetencia encontramos el dogmatismo y la rigidez ideológica de los fundamentalistas del mercado, esa banda de políticos y economistas enamorados de un sistema puro e idealizado, que nunca ha existido y del que ni siquiera Adam Smith se sentiría orgulloso.



Arrogancia y dogmatismo


Pero el dogmatismo no fue el único problema. Además, los actores principales pecaron, una y otra vez, de arrogancia y, lo que es posiblemente peor, de una falta de perspectiva histórica.

La arrogancia fue, más que todo, a un nivel intelectual. Durante años los banqueros de Wall Street se sintieron los señores del mundo. Este sentimiento de superioridad –y, lo que es más grave, de infalibilidad– no se basaba en sus enormes salarios, ni en los bonos millonarios, ni en el lujo que rodeaba sus retiros y conferencias, sino que en su inteligencia y poder intelectual. Ellos sabían más que nadie, entendían el mundo como verdaderamente era, tenían modelos que lo explicaban todo, podían reducir las ideas más sofisticadas o etéreas a un sistema de ecuaciones diferenciales estocásticas. Para proteger su superioridad erigieron una barrera linguistica entre ellos y el resto de los mortales, barrera que impedía saber si verdaderamente eran tan inteligentes, capaces y observadores. Usaban siglas que sólo ellos entendían –CDS, CDO, SIV, ELMI– y utilizaban términos tomados de la física teórica, como procesos brownianos, Lema de Ito y otros para referirse a los movimientos de los mercados financieros. Y si alguien preguntaba que querían decir, o cómo se podían explicar sus teorías en lenguaje simple, las respuestas que daban eran tan herméticas como las siglas que lanzaban a diestra y siniestra, o simplemente no había respuestas, o el preguntón recibía una mirada fulminante y despectiva.

Pero, como ahora todos sabemos, detrás de este barniz de eficiencia y superioridad se escondía una incapacidad por verdaderamente entender el mundo y sus vicisitudes. La fragilidad del pensamiento y de los modelos de Wall Street era profunda y estructural. Los banqueros de inversión hablaban –con orgullo, por cierto- de las bondades de su “ingeniaría financiera”. Y ahí, precisamente, está el problema. La ingeniería es una disciplina exacta, basada en las leyes precisas de la física, y usa reglas inmutables y mecánicas. Pero las finazas son lo opuesto a la mecánica; tienen que ver con inversionistas y su psicología, con personas ricas y otras no tanto, que invierten sus ahorros, con familias, con pensionados y especuladores, con iglesias y fundaciones, con universidades y obras de caridad que invierten sus fondos para poder hacer sus obras en el futuro. El uso mecánico de ideas, modelos y relaciones cuantitativas, como si fueran una caja negra, jugó un rol central en esta crisis. Los modelos decían que las hipotecas subprime iban a ser repagadas, que los derivados eran espléndidos, que las correlaciones entre los mercados eran bajas y que las estampidas de inversionistas eran una invención de los socialistas o de los amargados. Nadie –o casi nadie– se preocupaba por la historia, por lo que había pasado tan sólo 60 años atrás, o en países ordenados o civilizados como Suecia, o en naciones alargadas y lejanas como Chile, o desordenadas y geniales como la Argentina, o tropicales y futbolizadas como Brasil. Lo que importaba era el modelo, las ecuaciones, los segundos, terceros y cuartos momentos, la reversión a la media, los procesos estocásticos de salto, las distribuciones estadísticas sofisticadas (pero mecánicas). Como dijo el periodista David Brooks en el New York Times, los analistas vivían en la caverna de Platón, viendo cómo se movían las sombras de la realidad y no lo sabían; ni siquiera lo sospechaban.



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Comentarios

3 Comentarios

Juan Carlos Llanten:

Publicado Martes 28 de Octubre, 2008 - 16:57 hrs

Excelente articulo. Es claro y con un enfoque realista. 
Se lo enviaré a mis jefes.

Norma Parrao:

Publicado Domingo 19 de Octubre, 2008 - 00:45 hrs

Ahhh... y excelentes recomendaciones de Luis Hernán Paul. Se las enviaré a los ejecutivos de mi empresa para revisarlas el lunes a primera hora. Gracias!

Norma Parrao:

Publicado Domingo 19 de Octubre, 2008 - 00:40 hrs

Qué buen artículo! De verdad, el primero que leo (y creanme que como inversionista financiero, me los he leido todos...) con perspectiva, con un análisis integrado, con visión y con aportes novedosos de como esto se fue gestando hasta llegar a la debacle en que estamos. Claramente, no basta tener los mejores cerebros académicos, empresariales, políticos, financieros, se necesita tener líderes con visión, pragmatismo y con cojones para sacar adelante a este mundo globalizado.

 
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