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Detonantes Urbanos

Artículo correspondiente al número 269 (29 de enero al 25 de febrero)

Ciudades del futuro

¿Puede la inversión en ciudad garantizar dividendos económicos, o es factible intentar posicionar o poner en el mapa a una ciudad con obras de gran envergadura? Y en el caso de Santiago o de Chile, ¿Qué obra podría ser esa catapulta? Les pedimos a cuatro arquitectos que propusieran esa gran obra para Santiago o para otra ciudad y nos encontramos con que, mas que a rascacielos al estilo de Dubai, apostaron a obras muy aterrizadas. En parte, porque, cuando hablamos de grandes proyectos urbanos, estos pueden ser detonadores de actividad o, simplemente, convertirse en elefantes blancos. Por Camila Miranda.



N
erón y la ciudad imperial; Da Vinci y Milán; Napoleón III y París; Vicuña Mackenna y Santiago; Burnham y Chicago; Mitterrand y París, una vez más... Definitivamente la idea, o la ilusión, de crear y transformar la ciudad ha sido una constante. Necesidades de espacio, mejoras en salubridad, desastres o simplemente vanidad, por nombrar algunos factores, han atizado el cambio en las urbes de todos los tiempos.

Obviamente hoy no es distinto. Presidentes, alcaldes, empresarios, arquitectos y urbanistas siguen buscando inmortalizarse o poner a sus ciudades a la vanguardia mundial, a través de grandes obras o proyectos.

Puerto Madero en Buenos Aires, Argentina

Pero, para ser justos, no se trata sólo de gloria, sino también de números. Invertir en la ciudad o apostar a grandes proyectos puede tener beneficios económicos importantes. Una idea que no es nueva. Después del incendio de Chicago en 1871, el arquitecto a cargo de la reconstrucción, Daniel Burnham, recurrió nada menos que a las transformaciones del París de Napoleón III –y llevadas adelantes por el barón Georges Eugène Haussmann–, para convencer a las autoridades y a los banqueros de que le dieran los recursos para construir la ciudad que conocemos. Su argumento fue simple: tal como había ocurrido en la ciudad luz, invertir en la urbe traería dividendos simplemente por el turismo asociado a la belleza del lugar. Probablemente no se equivocó…

¿Puede una inversión en ciudad garantizar dividendos económicos, o es factible intentar posicionar o poner en el mapa a una ciudad con obras de gran envergadura? Y, en el caso de Santiago o de Chile, ¿qué obra podría ser esa catapulta?


Les pedimos a cuatro arquitectos que propusieron esa gran obra para Santiago o para otra ciudad (hacer click aquí) y nos encontramos con que más que a rascacielos al estilo de Dubai, apostaron a obras muy aterrizadas. En parte, porque probablemente no existe esa gran obra capaz de poner una ciudad en el mapa mundial, y proponérselo como único objetivo es arriesgado. Y porque en definitiva, cuando hablamos de grandes proyectos urbanos, éstos pueden ser detonadores de actividad o, simplemente, convertirse en elefantes blancos, como advierte el socio de Atisba y magíster en desarrollo urbano Iván Poduje.


Casos detonadores



Tras años de bajo crecimiento económico, Barcelona en los 80 tenía casi un 20% de cesantía. En ese contexto, la ciudad fue propuesta por el alcalde de ese entonces, Narcis Serra, para sede de los Juegos Olímpicos de 1992. El desafío era grande y, a diferencia de otros torneos, la ciudad de Gaudí decidió dispersar los nuevos proyectos de infraestructura y conectarlos con una importante red de transporte y telecomunicaciones, cuenta Poduje.

Puerto Olímpico en Barcelona, España

Las metas fueron recuperar el borde costero, mejorar el transporte público, la infraestructura deportiva y un plan de áreas verdes, obras que permitieron a estos juegos sentar las bases para crear la marca Barcelona y que actualmente genera beneficios que van desde el turismo hasta la llegada de empresa multinacionales.

Para tener una idea, la inversión total, directa e indirecta, en las olimpiadas fue de 9.376 millones de dólares –con un aporte privado importante– y se estima que la ciudad duplicó el monto invertido sólo por concepto turístico y atracción de inversiones.

También en España existe otro proyecto emblemático: Bilbao. Aunque gran parte del éxito de la ciudad se atribuye a la instalación del Guggenheim, lo cierto es que la llegada de este museo fue parte de un plan mayor. Aprovechando la necesidad de sanear el río Nervión y evitar las inundaciones, se trazó un plan para recuperar los suelos del antiguo puerto fluvial, que se había desplazado a la costa. Se trataba de terrenos degradados, pero muy centrales. A este plan se añadieron una red de metro y una mayor conectividad.

La rehabilitación del río y de los suelos aledaños costó 630 millones de dólares, de los cuales el 25% fue para el Guggenheim. Una suma tan criticada como el edificio del arquitecto norteamericano Frank O. Gehry.

Sin embargo, el riesgo rindió dividendos. Hoy se estima que sólo el museo generó por turismo y actividad económica asociada 2.229 millones de dólares en los 5 años siguientes a la inauguración en 1997, y le entregó al fisco 279 millones de dólares.






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