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Artículo correspondiente al número 197 (26 de ene al 25 de feb 2007)

Completamente radicalizado y cada vez menos a gusto en el modelo democrático, el gobierno chavista es por ahora el último eslabón de una historia política convulsionada e incongruente. ¿Por qué un país tantas veces ganador en la lotería del petróleo ha tenido tantas crisis? ¿Hasta dónde llegará Chávez con su "socialismo del siglo XXI"?
Es difícil, si no directamente imposible, explicar la jurásica figura del teniente coronel Hugo Rafael Chávez Frías en un escenario político tan sofisticado como el que ha llegado a ser el Chile de la Concertación. Cualquier racionalización resulta inútil. Incluso la del concepto de gendarme necesario, puesto de moda por el historiador positivista Laureano Vallenilla Lanz a fines del siglo XIX, al explicar cuán necesario era un dictador para controlar al levantisco país de montoneras que era la Venezuela surgida de las guerras civiles de la independencia, cuando vio emerger de las alturas andinas la figura del hacendado Juan Vicente Gómez, un latifundista parco e introvertido del estado de Táchira, que se retuvo el poder férreamente en sus manos durante 27 años. Era Venezuela por entonces un pobre archipiélago de caudillos que Gómez tuvo a bien amansar con una de las tiranías más feroces de la historia latinoamericana. El petróleo había reventado la dura corteza de ese “cuero seco” que era la Venezuela rural, despoblada y semi analfabeta hacía poco más de una década, pero el país siguió sumido hasta diciembre de 1935 en las brumas del cau-dillismo autocrático del siglo XIX.
No es malo situar al caudillo llanero que hoy pretende llevar adelante un proyecto estrafalario y confuso llamado So-cialismo del Siglo XXI en el contexto de esa historia de montoneras. Venezuela pierde un tercio de su población –alrededor de 250 mil almas– en la espantosa guerra a muerte con que se librara su independencia. Y otras cien mil en la llamada Guerra Federal o Guerra Larga que continúa esas guerras y vuelve a desangrar e incendiar el país entre 1858 y 1863, cuando otro caudillo llamado Ezequiel Zamora –y que ahora Chávez reclama como su directo antecesor– incendiara la república por sus cuatro costados tras la bandera del federalismo y el reparto de tierras. Entonces desaparece su aristocracia y el país queda en manos de la llamada “pardocracia”, gobierno de los pardos o mulatos, que han constituido el factor socio-cultural predominante en la historia de un país carente de homogeneidad racial. La Venezuela independiente se arruina, se despuebla, se desertiza y vegeta, en condiciones inferiores a las alcanzadas tras los tres siglos de vida colonial. Sin un Estado centralizado, sin un ejército nacional, la vida política queda en manos de caudillos regionales en el mejor estilo de la herencia caudillesca hispánica, heredada de la conquista. A pesar de ingentes esfuerzos liberalizadores, como los de Antonio Guz-mán Blanco, el ilustre americano.
Gómez (1908-1935) termina por controlar al país, liquidar los caudi-llismos, levantar un Estado relativamente moderno, poner en pie un ejército profesional y crear una hacienda pública, dotando al territorio de una elemental red vial, en gran medida construida por presos políticos. Siempre bajo la sombra del petróleo, el gran protagonista de la Venezuela contemporánea. Norteamericanos e ingleses comienzan a luchar por hacerse con las concesiones, intuyendo primero y comprobando científicamente luego que bajo ese cuero seco bullía una de las riquezas energéticas más fastuosas del mundo. Ese tesoro revienta el 14 de diciembre de 1922 el pozo Los Barrosos Nº 2, cerca de la ciudad de Cabimas en la costa oriental de Lago de Maracaibo desde una profundidad de medio kilómetro, fluyendo descontro-ladamente a razón de 16 mil metros cúbicos diarios. El New York Times tituló el evento en primera página como el reventón del pozo petrolero más grande del mundo.
Desde entonces, política y petróleo se convertirían en una sola realidad. El país, que hasta entonces malvivía del cacao, el café y una miserable ganadería, se convertiría en un apetecido botín para las grandes empresas petroleras de ingleses, holandeses, franceses y norteamericanos. Se iría modernizando a trancas y barrancas y a la muerte del tirano intentaría torcer su rumbo girando hacia la modernidad. Vive una suerte de madrugada hacia la democratización entre 1935 y 1945 en manos de dos delfines de Gómez –los también generales andi-nos López Contreras y Medina Angarita-, hasta que el 18 de octubre de 1945 una insólita alianza de coroneles desarro-llistas y políticos de la nueva hornada provoca el primer estremecimiento revolucionario con el gobierno revolucionario de Rómulo Betancourt, un líder socialdemócrata de origen marxista que da un golpe de Estado y asalta el poder a los 37 años. Había vivido algunos años de su exilio en Chile a fines de los 30, cuando estableciera profundos vínculos de amistad con Salvador Allende y la elite de la izquierda chilena.
Tres años después y tras un acelerado proceso de democratización social, en 1948, la junta de gobierno cede el poder al novelista Rómulo Gallegos, electo en las primeras elecciones directas, universales y secretas vividas por el país en sus 150 años de vida republicana. Sería depuesto a los pocos meses por uno de los compañeros de Betancourt, el coronel de ejército Marcos Pérez Jiménez, quien gobierna desde entonces hasta 1958. Es la década que una historiadora llamaría “los años del buldózer”: Venezuela cambia dramáticamente su faz con la construcción de autopistas, carreteras, urbanizaciones. Se alzan los primeros rascacielos de Caracas, se construye la Ciudad Universitaria, hoy patrimonio arquitectónico de la humanidad, surgen centros vacacionales y grandes urbanizaciones para los sectores populares. Es la época del furor petrolero, la vida fácil y la inmigración masiva: llegan cientos de miles de italianos, portugueses y españoles huyendo de las miserias causadas por la guerra, enriqueciendo la nacionalidad y proveyendo de mano de obra disciplinada y especializada a un país sediento de desarrollo. Venezuela experimenta un boom que crea las condiciones para el arribo de la democracia, que revienta todos los diques dictatoriales y se hace sentir a partir del 23 de enero de 1958, cuando cae Pérez Jiménez y se establece la democracia en Venezuela. Luego de dos docenas de constituciones, innumerables revoluciones, tiranías, golpes de estados y movimientos facciosos.