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Artículo correspondiente al número 270 (26 de febrero al 11 de marzo de 2010)
Los ha habido para todos los gustos. Entre 1823 y 1830 existieron alrededor de 30 gobiernos, que se sucedieron de forma inorgánica y sin fórmulas preestablecidas, situación que se repitió parcialmente en 1931- 1932. Sin embargo, esa no es la regla, sino mas bien lo es la continuidad que tanto en orgullecía al sector dirigente chileno y que también admiraban los analistas extranjeros en los casi dos siglos de vida republicana. por Alejandro San Francisco.
El comienzo de la continuidad: el general Prieto
Un cambio crucial en la historia chilena se produjo en 1831, cuando resultó elegido Joaquín Prieto como presidente de la República, por cinco años, después de los cuales fue reelegido por otros cinco, iniciando así un periodo de cuatro decenios (después vendrían Bulnes, Manuel Montt y Pérez).
Una interesante característica del cambio de mando fue que “no lo hubo”: pocos meses antes había muerto José Tomás Ovalle, precipitando el proceso electoral. Otra curiosidad es que Prieto asumió el gobierno el 18 de septiembre, lo cual coincidió con las celebraciones patrias, que tuvieron un especial sabor ese año, con una pluralidad de eventos sociales, musicales, religiosos y cívicos que fueron destacados a través de las páginas del periódico El Araucano y también por los observadores internacionales. Pero quizá la gran importancia fue otra: en 1831 comenzó una larga etapa de sesenta años de continuidad institucional en los cuales ningún presidente fue derrocado por la fuerza, cuestión tan habitual en otras naciones del continente. Con Balmaceda cambiaría esa tradición, producto de su derrota en la guerra civil de 1891.
Balmaceda en La Moneda
El Mercurio de Valparaíso y El Ferrocarril felicitaron al nuevo gobierno, valoraron la estabilidad del país y también el nuevo gabinete, tema siempre importante y atractivo. Pero no todo era favorable: el gobernante había dejado fuera de su primer ministerio nada menos que a Isidoro Errázuriz y a Augusto Orrego Luco, sus dos compañeros de las luchas laicistas, primeros en la campaña y amigos personales de Balmaceda. La razón era curiosa, aunque comprensible: estaban “demasiado teñidos” y había que buscar una fórmula más integradora. El problema es que ahí mismo comenzó el primer distanciamiento de Balmaceda con sus propios partidarios. Después se alejarían otros sectores liberales que, sumados a los conservadores y radicales, formarían la poderosa máquina política que se opuso a la administración en las borrascosas disputas de 1890 y luego en la guerra civil misma. La primera alienación de voluntades había comenzado antes del primer gabinete.
1970: sesenta días dramáticos 
Casi ochenta años después Chile vería nuevamente una crisis política con consecuencias dramáticas. El 4 de septiembre de 1970 Salvador Allende, el líder de la Unidad Popular, obtuvo la primera mayoría relativa (36,1%) en las elecciones presidenciales que lo enfrentaron a Jorge Alessandri (34,9%) y a Radomiro Tomic (algo más de 27%). La noticia fue una bomba, surgió el pánico económico. Frei estaba preocupadísimo, Allende no estaba dispuesto a ceder su "victoria", mientras surgían los creativos de siempre: que el Congreso Pleno (entidad llamada a resolver quién sería presidente entre las dos primeras mayorías relativas) eligiera a Alessandri, éste renunciaría y en las nuevas elecciones la derecha apoyaría a Frei Montalva. No sabemos qué hubiera pasado en tal caso, pero sí conocemos lo que pasó: algunos inescrupulosos, para generar caos e impedir el acceso del marxismo al gobierno, decidieron secuestrar al general Schneider, comandante en jefe del Ejército, pero el plan terminó en el asesinato del general. El Congreso Pleno finalmente apoyó a Allende, quien aceptó –como “necesidad táctica” – un Estatuto de Garantías Democráticas exigido por la DC. El líder socialista estaba convencido de que lo importante en ese momento era llegar al gobierno. El mundo seguía con atención las noticias, Washington veía con preocupación la situación de Chile, mientras otros celebraban al primer gobierno marxista que llegaba al gobierno por las vías constitucionales.
La despedida de Pinochet
En 1988 triunfó la opción No en el plebiscito que postulaba al general Pinochet por ocho años más en La Moneda. En diciembre de 1989, Patricio Aylwin se impuso con gran holgura frente a Hernán Büchi y Francisco Javier Errázuriz, llevando a la Concertación de Partidos por la Democracia al gobierno de Chile, después de casi dos décadas sin propaganda opositora decía abiertamente “la alegría ya viene”, mientras al año siguiente el slogan era “gana la gente, Aylwin presidente”. El verano de 1990 contemplaba dos escenarios contradictorios, interesantes, novedosos: mientras Pinochet recorría el país con el mensaje “misión cumplida”, don Patricio preparaba sus equipos para asumir tareas de gobierno en medio de las dudas y las esperanzas. Con pleno respeto por quienes lo habían acompañado políticamente, Aylwin optó por el dream team de la era concertacionista: su equipo político con Krauss, Boeninger y Enrique Correa llegó junto a él y con él abandonó La Moneda; había figuras de la talla de Ricardo Lagos o Alejandro Foxley, y otros tantos que marcarían su periodo de gobierno con grandes éxitos económicos y estabilidad política, en lo que el nuevo gobernante había descrito como “el reencuentro de Chile con su historia”. Una historia que mantendría a la Concertación durante veinte años en el poder.
El Chile del Bicentenario
Durante 2010 se repite nuevamente el cambio de mando, producto de las elecciones que, en dos vueltas, instalan en “la casa donde tanto se sufre” a Sebastián Piñera. Acompañado por la Coalición por el Cambio durante el proceso electoral, ha optado por un gabinete de gran capacidad técnica y formación profesional de excelencia, pero que ha recibido críticas por su inexperiencia política y por la falta de representación de los partidos. El nuevo gobernante transmite una energía a toda prueba y asume en un momento de gran estabilidad.
Numerosos observadores internacionales miraban asombrados cómo el pasado 17 de enero el gobierno daba los resultados a las 18 horas, en medio de una total calma y de un gran respeto por las instituciones, a pesar del dolor de perder el poder después de veinte años. Piñera en esta etapa ha optado por gestos simbólicos políticos y culturales, presentando sus cuadros en importantes museos de la capital, proceso seguido con interés a pesar de las vacaciones en las que se encuentran millones de chilenos.
El nuevo presidente sabe que son muchos los ojos que están puestos sobre él, no sólo por las razones obvias de ser una alternativa a las corrientes dominantes por dos décadas, sino porque es el gobernante del Bicentenario, fecha simbólica que el país tiene acuñado desde hace algún tiempo. Fue precisamente en el Centenario, en 1910, cuando Chile tuvo cuatro presidentes en un año, que comenzó siendo gobernado por Pedro Montt, quien murió un mes antes de las celebraciones oficiales, que algunos propusieron cancelar. La historia siguió adelante con su reemplazante Elías Fernández Albano, pero también falleció antes de la fiesta. Parecía como si una maldición hubiera caído sobre el país, como reflexionó ese gran memorista y observador de primera mano, Carlos Morla Lynch. Por el contrario, la situación sirvió para que Chile se luciera y en septiembre, junto con las celebraciones, el país (su pequeño sector dirigente, en realidad) eligió a Ramón Barros Luco como nuevo presidente de la República, en medio de una realidad que en otra sociedad –según se comentaba– habría sido fuente de una revolución o de una guerra civil por el poder.
En 2010 hay menos fatalismo y muchas esperanzas. El cambio de mando tiene los roces de siempre, las felicitaciones de los partidarios y las críticas de los adversarios. Pero, más allá de la coyuntura, también tiene una especie de nuevo reencuentro de Chile con muchos momentos de su historia, con decenas de cambios de mando desde y hacia todos los colores, en un proceso que tiene ya una larga vida y que, por otra parte, está recién comenzando.