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Hija de la revolución

Artículo correspondiente al número 250 (17 al 29 de abril de 2009)

 

Se llama Alina Fernández Revuelta, porque desde niña prefirió renunciar al apellido que la marcaría de por vida. Huyo de Cuba a los 37 años para instalarse en Miami, llevando consigo los recuerdos de una vida marcada por los desencuentros con su padre, el mismísimo Fidel Castro. Remembranzas que ahora comparte con Capital, así como el diagnostico a la distancia de su isla natal. Por Jorge Abasolo A.


Me bautizaron Alina María José, como si con Alina sólo fuera poco. (...) Dos señores, uno muy fruncido que le decían el Ché y otro, un chinito igual al vendedor de sayuelas o al del puesto de viandas, que le decían Raúl, eran los que mandaban las ejecuciones, y aunque los dos eran personas cortas, Raúl era hermano del peludo más puntiagudo.

(...) Lo miré de arriba abajo (a Fidel). Las botas eran un modelo nuevo, de charolina con punteras cuadradas que le afinaban las canillitas. Le sonreí y lo ataqué primero. Con un beso.

Silencio.

Y diálogo.

-Te he mandado a buscar por lo de la boda.

-Ya.

-Lo que no me explico, lo que no puedo entender, es que no me hayas pedido permiso. Tuve el impulso de sacudirlo por las solapas.

-¿Permiso? ¿Y cómo te lo pido? ¿Rezando? Nunca he tenido un teléfono adonde llamarte.

-Ya sé. Reconozco que no me he ocupado de ti lo suficiente. ¡Pero casarte a los dieciséis años!

-Diecisiete, desde hace una semana.

-Es lo mismo. Apenas conoces a ese hombre. Ese individuo no tiene nada en común contigo. ¡Estaba casado con una cantante! ¡Ese individuo es un oportunista!

-Oportunista de qué, si en mi casa lo único que hay son problemas y miseria. El fue el que capturó a la sirvienta que se robó el samovar de plata y... Mira, es muy tarde y no tengo ganas de seguir hablando de mierda.

-¡No eches malas palabras que yo no las estoy usando contigo!

-Disculpa. ¿De verdad estás hablando en serio?

-No sé si sabes que ese hombre estuvo preso. Estaba tratando de salir ilegalmente del país con toda la familia. Sería que tanta mata enrarecía el ambiente y estaba respirando un aire viciado. El caso es que no podía seguirle el razonamiento.

-Todavía no me cabe en la cabeza que no me hayas pedido permiso. Además no llevas tiempo suficiente con ese hombre. Un noviazgo debe durar dos años por lo menos. Tampoco te voy a preguntar si ya... No me gustaría hablar de esas cosas contigo.

Se refería a la virginidad. Y como no me convencía, atacó a fondo:

-Y no es solo que haya robado. ¡Ese hombre es un violador!

-¿Cómo?

-Sí. Se sabe que cuando era interrogador en Villa Marista violó a algunas detenidas.

-Me apena muchísimo que este sistema haya escogido como oficial de la contrainteligencia a un ladrón convicto y sospechoso de ser un violador.

Y se me acabaron los argumentos.



Estos tres fragmentos pertenecen al libro Alina. Memorias de la hija rebelde de Castro (Plaza&Janés), un documento decidor. Se trata del testimonio de la compleja vida, cuajada de dificultades, de una mujer cubana de la era de la revolución. Pero no es una mujer cualquiera. Es la hija de Fidel Castro, la misma a la que se le supuso parte de una cofradía que gozaba de ciertos derechos y hasta de sinecuras a las que jamás tuvo acceso. Y no es que se queje de los inhumanos cobertizos y esas literas con pedazos de yute que le servían de albergue en los trabajos voluntarios. Tampoco de la guerrilla de Angola, que le arrebató a su segundo marido. Lo que aún no puede entender es por qué la expulsaron de la Escuela de Medicina cuando cursaba el tercer año.


-“Hasta el día de hoy la facultad se vuelve sorda cuando pido una copia de mi expediente académico”, recuerda.

A los diez años, Alina se enteró –de labios de su madre– de que Fidel Castro era su progenitor.

Hasta entonces aceptaba con inocente desenfado –propio de la niña que era– las extrañas visitas y los regalos del líder de la revolución, sin imaginar siquiera cuál era el estrecho vínculo que les unía. Un poco más tarde resolvió que no adoptaría el apellido Castro. Acaso su vida había quedado demasiado marcada para tomar como herencia voluntaria el sambenito de un apellido que no admira para nada. La ecuación de este episodio es muy simple: una madre embelesada por una relación amorosa muy breve y un padre convertido en líder de una revuelta que conseguía derribar a Batista y que da como fruto a Alina.



Huyendo de la isla


Disfrazada con una peluca y una gorra que le llegaba casi hasta las cejas, Alina Fernández Revuelta (52 años) tomó un taxi que la condujo hasta el aeropuerto de La Habana en una sudorosa tarde de diciembre del año 1993.

Camuflando su nerviosismo, se hizo presente en la oficina de Iberia con un pasaporte falso en su mano derecha. Remedando un acento español previamente ensayado, pasó sin mayores apuros los controles de aduana y de policía internacional. Luego de una nerviosa espera y con una hora de retraso que para ella fue interminable, el avión despegó, llevando consigo a una Alina más aliviada rumbo a Estados Unidos. Así, pasaba a convertirse en una de las exiliadas más connotadas del régimen cubano.

Hoy, en plena madurez de su vida, resalta en ella un físico casi ideal para modelo. De hecho, también lo fue en sus últimos años en La Habana. Es buenamoza y con un aire de distinción que no pasa inadvertido. Su rostro albo a ratos deja entrever un dejo de tristeza que algo se acentúa, pues no es de las personas que suele reír.

Como una manera de provocar un acercamiento emocional –clima propicio para una buena entrevista–, me referí a su parecido físico con Geraldine Chaplin, la hija del genial bufo británico. Se limitó a sonreír, pues se lo han dicho decenas de veces. Durante la entrevista la percibí siempre gentilmente seria, aunque atenta y sonriendo por normativas de urbanidad.

No en vano también estudió diplomacia.



-¿Cuál es su actividad actual en Miami?

-Conduzco el programa Simplemente Alina en la WQBA 1140 AM, una emisora de Univisión Radio. Mi espacio va de lunes a viernes, pero ahora en la mañana, de ocho a nueve. Me cambiaron el horario.


-¿Y el público, cambia?

-En espíritu, creo que sí. Sólo que el cambio de horario le funciona más bien a unos oyentes que a otros. Hay mucha gente que me dice que ahora no me puede escuchar, pero hay otra que me dice que ahora me puede oír mejor. Pasa siempre... pero una tiene claro que todo horario tiene su audiencia.


-¿Ha recibido ayuda de parte del gobierno norteamericano?

-No. Para nada. Y debo decirle que nunca pedí el asilo político porque siempre he pensado que una está hecha para luchar.


-¿En qué momento comienza la disidencia respecto del régimen encabezado por su padre? ¿Cuándo percibe que el camino tomado no era el que el pueblo cubano deseaba?

-Me di cuenta enseguida, cuando yo era todavía una niña. Lo que pasa es que cuando se es niña casi nadie le hace caso a una.

 



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Comentarios

1 Comentarios

ALEJANDRO ARIAS:

Publicado Domingo 19 de Abril, 2009 - 03:49 hrs

Así sea. Es justo y necesario...

 
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