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Artículo correspondiente al número 241 (14 al 27 de noviembre de 2008)
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La verdad más incomoda
Fue en 2007 cuando hicimos contacto pleno y masivo con la idea de que el mundo se estaba calentando más rápido de lo conveniente. También fue el año en que Al Gore se ganó el Nobel y los líderes de todo el mundo se comprometieron a salvar el planeta. Pero sobrevivieron la crisis financiera y una estrechez económica que tienen a la temperatura de la Tierra perdiendo terreno en las prioridades mundiales. ¿Será que se acabo el minuto verde. Por Federico Willoughby Olivos.
Corría septiembre de 2007. Un emocionado Ban Ki-Moon agradecía, en su calidad de secretario general de las Naciones Unidas, la visita de más de 80 jefes de Estado a la sede del organismo en Nueva York. El diplomático coreano había logrado, después de largas y trabadas negociaciones, el compromiso tácito de una buena cantidad de autoridades mundiales en orden a luchar contra el calentamiento global y, más importante todavía, empezar la elaboración del denominado Protocolo de Kioto II (documento que reemplazará, a partir de 2012, la norma que hoy regula las emisiones de Co2 en el mundo).
La reunión, aunque no contó con la presencia de Bush (que al igual que sus predecesores se negó a firmar el acuerdo por considerarlo perjudicial para la economía norteamericana), sí tuvo entre sus invitados a Al Gore y a Arnold Schwarzenegger (Gobernator ha librado una dura batalla por bajar las emisiones de carbono en California, al punto que a principios de año demandó a la Agencia de Protección Ambiental Norteamericana por no permitirle un control más agresivo de las emisión de gases invernadero). La presencia de ambos no sólo contrapesó la ausencia del mandatario estadounidense, sino que –sumada a la gran cantidad de presidentes en el evento– confirmó al calentamiento global como un tema prioritario para la mayor parte de los gobiernos del mundo.
Pero eso ocurría en 2007, cuando Lehman Brothers era todavía un banco de prestigio, cuando los gigantes hipotecarios Fannie Mae y Freddie Mac prestaban sin contratiempos y cuando las más importantes economías del orbe todavía no tenían que gastar millones de dólares en urgentes salvatajes financieros.
Ahora, la verdad es otra. Y si bien sigue siendo incómoda, lo cierto es que para los gobiernos del mundo todo indica que el planeta tendrá, por ahora, que esperar.
Cuestión de prioridades
La primera señal en este cambio de prioridades vino nada menos que de Europa, un jugador históricamente clave en los esfuerzos por reducir las emisiones de Co2. Considere, por ejemplo, que fueron los primeros en firmar el Protocolo de Kioto, que tienen en Londres el mercado más importante de permisos de emisión de carbono, que han presionado agresivamente a cada uno de sus miembros para que logren las cifras acordadas en el documento medioambiental y, por último, que han sido sumamente críticos de la negativa de Estados Unidos a suscribirlo.
Pero el mes pasado se reunieron sus 27 miembros en Bruselas para discutir y ratificar el triple 20, un esfuerzo que supone a los miembros de la Comunidad Económica una reducción de 20% en las emisiones de Co2, llegar a 20% en la producción de energía de origen renovable y aumentar en 20% la efi ciencia en su uso; todo, para el 2020. Y lo que el año pasado probablemente hubiera sido un trámite, esta vez se encontró con enconados opositores. Partiendo por el primer ministro italiano, Silvio Berlusconi, que en vista de la crisis económica señaló que “el esfuerzo para alcanzar estos objetivos supone un costo para la industria italiana de 18 millones de euros al año (unos 24,3 millones de dólares), algo que no es posible asumir en estos momentos. Además, no estamos para hacer de Quijote: ni China ni Estados Unidos limitan sus emisiones”.
Angela Merkel, la popular primera ministra alemana, también se quejó públicamente del enorme costo que significaría para la industria de su país asumir las exigencias de la Unión Europea. Como si fuera poco, Polonia –de la mano de su primer ministro, Donald Tusk– aprovechó la coyuntura, tomó la vocería de un grupo de disidentes vinculados al antiguo bloque de países de la órbita comunista (Bulgaria, Estonia, Hungría, Latvia, Lituania, Rumania, Eslovaquia y la misma Polonia) y amenazó con vetar las medidas, ya que “perjudicarían la economía de los países más pobres de la comunidad Económica Europa, muchos de los cuales generan electricidad principalmente a través del carbón”.
Así la cosas, y pese a los esfuerzos de Nicolas Sarkozy, en su calidad de presidente de la UE, el encuentro de Bruselas terminó con un tibio documento en el cual los líderes se comprometieron a buscar “soluciones apropiadas que atiendan a la situación específica de los países”. Eso sí, al cerrar el encuentro y en conferencia de prensa, el presidente francés se dio unos minutos para responder a su colega italiano: “¿cómo vamos a pedir a países como China que reduzcan las emisiones si nosotros mismos no rebajamos las previsiones? Si Europa quiere ser un líder en la lucha contra el cambio climático, no puede renunciar a sus objetivos. No seríamos creíbles”.
El argumento de Sarkozy es coherente con las políticas medioambientales históricas del Viejo Continente, pero para nadie es un secreto que después de la crisis financiera, el juego cambió. Si antes –y gracias a la bonanza económica– mejorar el medio ambiente era una obligación inherente de cada gobierno europeo, en el nuevo escenario primero está la economía y, más atrás, la salud del planeta. En ese sentido, Václav Klaus, presidente de la República Checa (país que presidirá la Unión Europea el próximo año), es el perfecto ejemplo del nuevo pragmatismo que se instaló en la cúpula de la unión.