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Artículo correspondiente al número 241 (14 al 27 de noviembre de 2008)
A mediados de año, y a lo largo de todo un mes, cuatro chilenos con Rodrigo Jordán a la cabeza, se adentraron por los fiordos y valles de esta escarchada isla. ¿El objetivo? Documentar el impacto que el cambio climático esta teniendo en sus glaciares, sus comunidades y la costra terrestre. ¿La conclusión? No todo es blanco y negro, ya que en la gama de los grises hay quienes incluso han salido ganado con el calentamiento global. Por Roberto Sapag; fotos, gentileza de Kiko Guzmán.
Biosfera –esa suerte de fluido en donde física, química y biología se funden–, es la palabra que la lleva entre quienes están haciendo estudios en la frontera del cambio climático. Más allá de las consignas o las creencias religioso-ambientales, dichos estudios hoy parten del supuesto de que el aumento de la temperatura planetaria es, a estas alturas del partido, un hecho bastante documentado y que, ante él, lo que hay que hacer es ver cómo la humanidad –que es parte de esa biosfera– se apea frente a esta nueva realidad.
Con jirones de esta palabra en su cabeza y mientras en enero pasado integraba una travesía en kayak por los contornos de los hielos antárticos, a Rodrigo Jordan le cuajó la idea de replicar en Groenlandia un esfuerzo documental equivalente al que estaba haciendo en el continente blanco junto a investigadores de National Geographic. La meta de su nueva travesía sería levantar material que le permitiera cerrar el círculo sobre los síntomas y alcances del cambio climático.
Una vez de vuelta en sus cuarteles generales, y como el Grupo Vertical que encabeza tiene pantalones largos, decidió empujar el proyecto aun sin tener amarrado el financiamiento, el cual finalmente se levantó sin problemas, con el concurso de empresas como Recalcine, Transelec y Essbío.
Hoy su aventura está por completarse. “Sí, porque hasta que no esté impreso el libro y liberado el documental que grabamos, nuestra expedición no ha terminado”, dice muy serio. Una noche de noviembre, en su casa, mientras daba los toques finales al libro que saldrá en diciembre, y junto a Kiko Guzmán, conversó con Capital. Tras masticar recuerdos de la expedición, ambos nos confesaron que este viaje fue determinante en su noción del cambio climático: “de alguna manera partimos con la idea de confirmar una opinión que ya teníamos formada y terminamos por descubrir que en esto, como en otros temas, hay infinidad de matices”.
Una aventura atípica
Lo primero que hizo Jordan fue montar un equipo expedicionario liviano y funcionalmente complementario. De ahí que desde un principio el team se pensó sólo con cuatro integrantes: un científico con dotes de computín (Camilo Rada); un jefe logístico que a la vez fuera responsable de la fotografía (el más que probado Eugenio Kiko Guzmán); un camarógrafo con buen ojo y experiencia (Pablo Gutiérrez); y el propio Jordan.
Julio fue el mes elegido porque las condiciones climáticas de esas fechas son inmejorables para un periplo de esta naturaleza por latitudes boreales. Tras una escala en Dinamarca, nación de la cual depende Groenlandia (pese a ser una región autónoma y distante), el puñado de expedicionarios arribó a principios de mes a esta gigantesca isla cubierta en más de 80% con hielo y a la cual se llega principalmente por vía aérea en enormes Boeing, los cuales pueden aterrizar sin problemas gracias a las portentosas pistas que les heredó la Segunda Guerra Mundial.
Tras tocar tierra en Nuuk, la capital que tiene 15.000 habitantes, un solo semáforo y hamburgueserías de carne de foca, rápidamente se desplazaron al punto de partida de la excursión. Allí se agenciaron tres kayak y se lanzaron al mar en un formato de expedición dramáticamente distinto al de la típica excursión montañista. Esta vez el grupo no iba tras una cumbre, sino que en busca de información y registros: “a diferencia de lo que es ir a un cerro, en donde el proyecto termina con el cerro, acá podríamos decir que este proyecto aún está en curso, porque terminará una vez que estén el libro y el documental”, dice Jordan.
De aventura extrema el viaje no tuvo mucho, aunque para ellos sí resultó desafiante el nuevo esquema de trabajo: cámaras dispuestas para grabar cuadro a cuadro el flujo de los icebergs a lo largo de días enteros, entrevistas a los habitantes, recorridos a remo por los fiordos y avanzadas pedestres por los glaciares. En fin, un mix nuevo.
Jordan dice que también fue especial en este viaje la presencia de Camilo Rada, un montañista amigo que en sus pergaminos tiene el grado de geofísico. Sus observaciones y el material de apoyo que llevaban les permitió establecer que efectivamente “todos los modelos de predicción sobre el derretimiento de hielos en esa zona se quedaron cortos”.
Tan así fue, que incluso vieron frustrado uno de sus intentos por adentrarse por los recovecos de un fiordo. Era tal la cantidad de trozos de hielo flotando, tal la densidad de la costra helada que manaba de los glaciares, que debieron recalar los kayak y atacar a pie uno de sus primeros objetivos.
Pero más allá de esa evidencia, hubo otra que levantaron para integrarla al conjunto: el diálogo con las comunidades. Hablaron con pescadores, cazadores y personas que ofrecen servicios y producen bienes. De hecho un emprendedor de la zona les aportó un punto de vista nuevo: sin tapujos les dijo que es evidente que hay un retroceso de los hielos y un cambio en las temperaturas, pero que para él eso sólo ha traído cosas buenas. Más barcos, más actividad, más turistas, más ventas. Era que no, si su negocio es elaborar cerveza con lo que dice es el agua más pura de la tierra, procedente de icebergs de más de 2.000 años que funde en su fábrica.
A gran parte de estos habitantes, el aumento de las temperaturas les ha reportado jugosas ganancias: el regreso del bacalao ha vuelto a llenar de presas las redes; las temperaturas más agra- dables han hecho repuntar el turismo y con ello, el consumo de bienes; y el retroceso del hielo ha elevado la superficie de tierra disponible... Una superficie que por lo demás no se sumergirá con el aumento del nivel del mar, como dicen los más agoreros, ya que la isla, al descargarse del peso del hielo, debería emerger aún más sobre el nivel del mar. Así su superficie actual libre, equivalente a la de todo Japón, aumentará, multiplicando las posibilidades de sus 55.000 habitantes.
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Moralejas en gris
Ahora bien, y más allá de lo que para muchos es el icono del calentamiento global: la dramática imagen de un oso polar acorralado sobre un trozo de hielo que se derrite bajo sus patas, para Jordan lo que corresponde es poner toda la información que levantaron en un contexto, para acercarse aunque sea un poco al alcance que tendrá para el planeta todo este proceso.
“Lo que sabemos hasta ahora –dice Guzmán– es que la biodiversidad es seguridad para la humanidad”. Por eso es que hay que estudiar el proceso, ver todas sus aristas y, por qué no, hacer lo que esté al alcance de la mano del hombre para asegurar esa biodiversidad.
“No todo es bueno o malo per se –remata Jordan–. Esto está lleno de matices. Mira por ejemplo el caso de Chile y verás que para distintas personas y grupos todo esto tiene distintos alcances. Para unos será bueno que se pueda cultivar frutales y uvas hasta la X Región. Para otros, por ejemplo quienes tienen centros de ski, será una tragedia que la nieve caiga 300 metros más arriba y deje descubiertas sus pistas.
Sin catastrofismo ni mesianismo, Jordan está consciente de que el esfuerzo realizado proveerá sólo un grano de arena a ese diagnóstico, pero dice que no aspiraban a tanto más: “fuimos a confirmar una opinión que ya teníamos formada, y descubrimos que hay matices, y eso... ¡vaya que es importante!”.