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Artículo correspondiente al número 241 (14 al 27 de noviembre de 2008)
Para el ex gobernante y enviado especial de la ONU para el cambio climático, la prioridad del Protocolo de Kyoto II es incuestionable. No concibe que el camino sea la inacción. Esta convencido de que en el siglo XXI los países serán medidos por sus emisiones. “Y mas vale que empecemos a prepararnos para ese momento!”, advierte. Por Elena Martínez. Fotos, Verónica Ortiz.
La condición para la entrevista es tajante: sólo hablaremos de medioambiente. No hay problema, respondemos, es –precisamente– lo que nos preocupa. Es obvio que Ricardo Lagos está entusiasmado con su rol de enviado especial de Naciones Unidas para el Cambio Climático, una tarea que lo obliga a recorrer el planeta a un ritmo vertiginoso y que, a la hora de redactar esta entrevista, lo tenía participando en un encuentro mundial sobre la materia en Beijing.
Hablamos con el ex presidente de la República antes de que la crisis financiera pusiera en jaque los posibles acuerdos ambientales del siglo XXI. Pero el Protocolo de Kyoto, su término en 2011 y la necesidad de contar con un marco regulatorio para un mundo ambientalmente sustentable, estaban en plena efervescencia y ya enfrentaba duros desafíos. Lo vimos convencido de que el tema no puede ser dejado de lado, cueste lo que cueste. “Debemos tener, como un post Kyoto, un conjunto de instituciones y normas respecto del financiamiento. Vamos a tener mañana que reparar la inacción de hoy”, nos dijo.
Bajo ningún concepto concuerda con dejar atrás la preocupación por el calentamiento global para priorizar las soluciones financieras. Su propuesta es que la Cumbre G-20, que se reunirá en Washington a mediados de este mes, trate simultáneamente ambos temas. “Si se siguen las voces de algunos que piden olvidarse del cambio climático dada la crisis, sería un profundo error”, fue su mensaje hace algunos días desde la capital china.
Una interrogante a aclarar: el destino de los bonos europeos emitidos una vez que caduque el actual protocolo. Ahí hay un tema concreto, indica, que no puede ser dejado al azar: “estamos hablando de cifras de 50 mil millones de dólares al año, ¡ubiquémosnos!”
Alineando criterios
Su misión, extendida tras una etapa inicial por el secretario general de las Naciones Unidas, Ban Ki-Moon, ha hecho a Lagos impregnarse del debate que tiene enfrentados a los países desarrollados con las naciones emergentes: cuáles serán los máximos de emisión de dióxido de carbono a partir del 2012. Un ejemplo claro es la postura de China, que ha enfatizado que las naciones industrializadas deben asumir el liderazgo en la lucha contra el cambio climático, apoyar financieramente las medidas para bajar las cuotas de gases efecto invernadero y contribuir con transferencia tecnológica.
La labor del ex mandatario durante los últimos meses ha sido justamente conocer e intentar aunar las posturas de los protagonistas, con miras a las definiciones que se tendrán necesariamente que adoptar en los encuentros de Potsdam, en diciembre, y luego en Copenhague, en noviembre de 2009.
Horas antes de un viaje, nos recibió en su oficina de la Fundación Democracia y Desarrollo. Y ahí supimos de sus encuentros en México, Brasil, Arabia Saudita, Sudáfrica, Inglaterra y Francia, una carrera que también lo llevó a Bonn y Accra y que tiene el propósito de avanzar a zancadas en los cuatro grandes capítulos que hoy el mundo enfrenta respecto del Protocolo de Kyoto. Estos son –explica– cómo se logra la mitigación, es decir, la disminución de emisiones. Segundo, cómo se produce la adaptación de los países dada la variedad internacional. Tercero, cómo somos capaces de hacer transferencia tecnológica, ya sea para mitigar o adaptar. Y, cuarto, cómo se respalda financieramente a aquellos países más pobres.
“Cada uno de estos temas es enorme… Y entonces el problema que hay es que se optó por decir: este año 2008 concentrémonos en transferencia tecnológica y financiamiento y en 2009, en mitigación y adaptación”, señala. Pero aquí, apunta, surge un conflicto adicional: queda la obligación de avanzar mucho más en el segundo aspecto. A la luz de los últimos acontecimientos en la economía mundial, queda clara la dificultad para concretar este objetivo.
La emisión per cápita
Lagos recuerda, en primer lugar, que la convención suscrita en 1992, tras la Conferencia de Río, dejó establecido que todos los países se ponían de acuerdo para combatir el cambio climático y “hacer grandes esfuerzos”. Todos, principios que, enfatiza, tienen que ver con la responsabilidad y la capacidad de cada país.
“Todos dijeron somos comúnmente responsables, y se estableció el principio de responsabilidades comunes, pero diferenciadas. Eso quiere decir que los que más emiten son más responsables, y los que menos emiten, lo son menos”.
El acuerdo de Kyoto, que culminó en 1998, surge con requisitos precisos: los países ricos deben reducir en un 5% sus emisiones a 2012 respecto de las que tenían en 1990, mientras que a las naciones en desarrollo se les urge a trabajar en tal sentido. Dado que Estados Unidos no lo ratificó y China e India se niegan terminantemente a suscribirlo, surgió el conflicto. “Entonces, en 2012 se extingue Kyoto y hay que ver qué lo reemplazará”. Para Lagos, la clave no está en las cifras totales de emisiones, sino en la emisión per cápita: “si hoy los 6 mil millones de seres humanos emitimos lo que emite el americano medio, se acaba la tierra”.
Otro factor que está sobre la mesa es que la emisión global no es solamente energía. “Y muy poca gente se da cuenta de esto”, indica, planteando que los estudios por sectores económicos demuestran que hay también responsabilidad de la industria, el transporte y la agricultura, a lo que suma el impacto de la deforestación.
Frente a un escenario de múltiples fuentes, argumenta, “el problema que tenemos es cómo se hace un nuevo tratado con estos antecedentes”, y ese es –comenta sonriendo– el trabajo que les toca efectuar a los enviados especiales de Ki-Moon.
-Pero en lo que sí hay consenso es en que es necesario un nuevo protocolo, no?
-Muere Kyoto en 2012 y hay que hacer algo. El criterio que primará todavía no se sabe…
Y más adelante, indica:
-Una forma de destrabar es que tenemos que reconocer que han pasado 10 años desde Kyoto y en 10 años China e India son grandes economías y también grandes emisores. También en estos 10 años México, Brasil o Argentina no son comparables –con el mayor respeto– con Bostwana, Haití o países más pobres… Entonces, como una manera de destrabar, algunos hemos sugerido que en los países que no son del anexo I del protocolo, o sea todos los en desarrollo, deberíamos ser capaces de distinguir los países de rápido crecimiento, como Chile o Corea, o aquellos que ya son de ingreso medio. Esa distinción apunta establecer distintos parámetros de emisión por el tema del crecimiento.
Como presidente del Club de Madrid, en 2006 Lagos propuso a un grupo de ex gobernantes que elaboraran un marco de trabajo para un acuerdo post 2012 sobre el cambio climático. Parte del trabajo aborda puntos como los mecanismos de mercado y cuáles son su papel y escala apropiados; cómo fomentar los aportes financieros de países desarrolladas y el sector privado; y cómo diseñar una base justa y equitativa en objetivos y cronogramas para naciones desarrolladas y en desarrollo. Cuando presentó la propuesta en Berlín ante el G-8, “los europeos la aprobaron al tiro y, a partir de ese momento, fui el hombre más querido de Europa y mirado con algún recelo por China e India…”.
En síntesis, la propuesta consistió en bajar en un 20% las emisiones el año 2020 respecto de lo que había en 1990, con un alza de 5% a 20%; a lo que Europa respondió que si Estados Unidos aceptaba el 20%, ellos bajaban sus gases invernadero en 30%. La dificultad persistía en el camino para las naciones en desarrollo, y allí se sugirió compensar con compras de bonos, en una acción claramente simbólica más que efectiva.
-¿Qué análisis hace respecto del vínculo que tiene producir limpio con el impulso al desarrollo productivo? Porque significa nuevas tecnologías y no todos los países están en condiciones de hacer esas inversiones.
-Ahí lo que te dicen es: mire, hablemos en futuro. Somos 6 mil millones de seres humanos; en 2050 vamos a ser 9.500 millones y, de éstos, 8 mil millones van a estar en lo que hoy es el mundo en desarrollo. O te dicen: usted va a invertir en energía 30 trillones de dólares, no billones, de aquí al 2030. Si va a tener esa tremenda inversión, si se hace con nuevas tecnologías, entonces será un gran negocio, porque tendrá costos menores y emisiones menores. Aquí viene la segunda discusión. No necesariamente porque usted va a crecer, emitirá más, porque se puede beneficiar de haber crecido después del avance tecnológico.
-¿Se está apostando a que será un buen negocio la inversión inicial para, a futuro, disminuir las emisiones?
-Así es.
-¿Y cómo se da el impulso inicial?
-Financial Times publicó un artículo muy entretenido titulado “Mercados solos no van a conducir a un futuro verde”, del presidente del Bank of America. Aborda el meollo del asunto. Hay que crear instituciones y normas que premien cuando se está reduciendo las emisiones. Y crear derechos de emisión, como el propuesto por una senadora demócrata de California, que consiste en que no se puede emitir sin este derecho.
-Se ve posible en Europa, donde hay una fuerte conciencia ambiental…
-Por eso es que en América latina estamos hablando sólo de un menú, no más. Estamos a años luz de eso.
-También está en juego el concepto de desarrollo productivo del mundo, y cómo se concilian los proyectos y planes individuales.
-Una reflexión más: no me cabe duda de que en el siglo XXI te van a medir por dos parámetros: cuánto crece el producto y cuánto emitiste con motivo del crecimiento de ese producto, y esos dos parámetros van a ser igual que ahora. Es un concepto en la historia de a humanidad relativamente reciente. La verdad es que tenemos que crecer porque si crecemos, estamos mejor. Te van a medir también por cuánto emites. ¡Y más vale que empecemos a prepararnos para ese momento!
| Energía nuclear: “Chile no tiene por qué negarse a explorar” |
-¿Cómo ve a Chile en todo este debate con miras a Kyoto y su reformulación? -A algunos les gusta hablar del poder duro y del poder blando a nivel internacional. Se supone que detrás del primero están los cañones, el poderío económico, la gran población; y detrás del segundo, básicamente cuando se trata de influir con las ideas, que también es muy importante. Se dice que Chile siempre ha sido poder blando, tiene cierta influencia. Y Chile ha estado participando activamente en el tema, y con Brasil, que coordinan las reuniones entre Potsdman y Copenhague. -¿Tiene una postura definida respecto de Kyoto? - Chile está consciente de que hay que hacer un tipo de apertura pero claro, también tiene que ver qué es lo que significa para el país. Muy importante es saber cuál será el año base del nuevo protocolo… Veo a Chile como un país que, en primer lugar, tendrá que buscar una mayor autonomía energética. En consecuencia, con todos los resguardos medioambientales, hay que desarrollar los recursos hídricos. No solamente es renovable sino que es barato. Más represas y centrales de pasada. -¿Y energía nuclear también? -Chile no tiene por qué negarse a explorar energías que en determinados países son el 70% de la energía eléctrica, como Francia. Allí hay que tener visión. Pero si tenemos algún excedente podemos pensar también en crear condiciones para energías renovables. ¿Qué son en el norte de Chile 500 hectáreas para producir 500 megas de energía solar? Lo que estoy diciendo es que Chile tiene que avanzar y entrar a las energías renovables con mucha fuerza. Tenemos que imitar a otros países que dan ventajas tributarias importantes respecto de las energías renovables. -¿Qué opina de la falta de defnición del gobierno respecto de la energía nuclear? -Creo que sería útil tener una definición lo más pronto posible sobre ese y otros temas. Lo que los países están reclamando hoy es cuál es el tipo de matriz energética que van a tener, y no es menor. Tiene que ver con costos, y hoy Chile tiene costos energéticos demasiado altos. |
| El negocio “verde” |
Para el ex gobernante está claro que la idea de que la inversión ambiental es gasto forma parte del pasado. “Es negocio, de todas maneras”, argumenta, indicando que todos los informes de accionistas hoy tocan conceptos como efi ciencia energética o energías renovables. “Que ese es el futuro no está en discusión”, dice, rotundo. Es posible pensar en un mercado ambientalmente sustentable y que, además, sea un buen negocio empresarial, sostiene. Y agrega: “nuestro mundo de empresarios tiene que mirar ese escenario porque ahí están las perspectivas reales de negocio del futuro y nos van a medir por eso. Si ahora Chile está bien calificado, en el futuro van a medir esto otro. Si Chile dice que se va a posicionar como el país número uno de América latina en energía renovable, te da un sello. Lo ideal es que Chile se posicione. Tenemos los recursos. |
| La mirada de la ONU • “La temperatura media de la superficie terrestre ha subido más de 0,6ºC desde los últimos años del siglo XIX. Se prevé que aumente de nuevo entre 1,4ºC y 5,8ºC para el año 2100, lo que representa un cambio rápido y profundo. Aun cuando el aumento real sea el mínimo previsto, será mayor que en cualquier siglo de los últimos 10.000 años. • El nivel del mar subió por término medio entre 10 y 20 centímetros durante el siglo XX, y para el año 2100 se prevé una subida adicional de 9 a 88 cm. • Entre 1990 y 2000, el total de las emisiones de gases de efecto invernadero de los países industrializados disminuyó de hecho ligeramente (un 5,6%), pero ello fue fruto de circunstancias excepcionales: la caída de la producción económica en los países de Europa oriental y de la antigua Unión Soviética, los mismos que ahora se expanden y critican las restricciones que impone la normativa ambiental. • Dinamarca estabilizó las emisiones entre 1990 y 2000 introduciendo métodos más eficientes de generación eléctrica y sustituyendo la utilización del carbón en la industria por energía renovable y gas natural. El producto Interno bruto del país aumentó un 27% durante el decenio. • El problema es que la puesta en marcha de esta tecnología –instalación y pago de procedimientos más eficientes para la quema de combustibles fósiles y para utilizar fuentes de energía renovable, como la energía solar y eólica– es política y económicamente difícil. |