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Hielos Subprime

Artículo correspondiente al número 241 (14 al 27 de noviembre de 2008)



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Porque Klaus es, ni más ni menos, un declarado enemigo de Al Gore y de su marketing. “Combato este nuevo alarmismo sobre el calentamiento global, que se ha convertido en ideología. Es un intento de reprimir la libertad individual y el desarrollo de la prosperidad en el mundo. En un principio, el calentamiento era una teoría respecto a la cual había partidarios y opositores. Encuentro amenazador que ahora se haya convertido en una ideología mundial que nos limita a todos. No olvidemos que las víctimas reales de Al Gore y su histeria global serán los países más pobres, forzados por los ricos que sí pueden tolerar los costos de esta política, aunque sus economías no crezcan igual”, señaló ofuscado al diario español ABC.



Yes we can?


Mientras la Comunidad Económica hace lo imposible para mantener vivos sus compromisos medioambientales, Estados Unidos aparece como el encargado de devolverle la fe al mundo. Más allá del triunfo de Obama, ya los especialistas auguraban que, sin importar quién hubiera salido ganador, nadie podría haberlo hecho peor que la actual administración. A Bush no sólo le tomó años reconocer públicamente que el calentamiento global era causado por los seres humanos sino que, en su esfuerzo por fomentar la producción industrial a toda costa, debilitó de manera sistemática las leyes y reglamentos que protegían el medio ambiente en Estados Unidos.

Por lo que sabemos de sus promesas de campaña, Obama tendría la firme intención de limpiar el aire. De partida, se comprometió a despertar tres áreas que hasta ahora estaban ignoradas: legislación climática, expansión y desarrollo de energías limpias y liderazgo diplomático para lograr acuerdos medioambientales a nivel mundial. No por nada, en el discurso que dio el martes pasado en el Grant Park de Chicago –el primero como presidente electo– puso dentro de sus prioridades primero el calentamiento global y después la crisis financiera.

La primera de sus metas consiste en lograr que a 2020 las emisiones de carbón de Estados Unidos se reduzcan a los mismos niveles que en 1990. La segunda fase, que se lograría por medio del fomento al mercado de emisión de carbono, es alcanzar para 2050 una disminución del 80% respecto a las emisiones del país en los 90.

Paralelamente, Obama prometió el retorno de Estados Unidos a la Convención Marco de Naciones Unidas sobre el Cambio Climático, y propuso la creación de un Foro Global de la Energía, integrado por las potencias del G8 y los países emergentes.

El nuevo presidente también apuesta por incentivar la investigación de combustibles alternativos, incrementando –en los próximos 10 años– en 150 millones de dólares la inversión federal en energías limpias. Y respecto a la energía nuclear, no la descarta como una manera limpia de generar electricidad. Si bien son noticias alentadoras, lo cierto es que con la profunda crisis económica que hereda, las buenas intenciones del nuevo presidente pueden ser insuficientes a la hora de enfrentar al parlamento. Los cambios a la política energética deben pasar por el Congreso y es ahí donde pueden surgir los problemas.

Sin importar que el nuevo presidente tenga mayoría parlamentaria, la aprobación del fomento al mercado de emisiones de carbono (clave en su política medioambiental-energética) puede convertirse en un problema. Pues si bien es una medida efectiva y que fomenta la economía, implica, al menos en sus primeros años, un costo extra para las empresas que, nos guste o no, termina siendo traspasado a los consumidores. Y a menos que ocurra un milagro, pasará un par de años antes de que las autoridades quieran estresar los bolsillos del electorado.



El camino a Copenhague



El 30 de noviembre de 2009 –sí, el próximo año por estas mismas fechas– más de 170 líderes de todo el mundo se reunirán en Dinamarca. El encuentro tiene como objetivo cerrar el acuerdo que debe reemplazar al Protocolo de Kioto una vez que éste quede obsoleto en 2012.

El asunto no se ve fácil. Si el propio Protocolo de Kyoto fue un fracaso en la medida en que no logró que Estados Unidos lo adoptara (que es la nación que más gases de Co2 libera a la atmósfera), cuesta pensar que el próximo año, con una crisis financiera en pleno desarrollo, exista mayor voluntad política para hacerlo.

Es cierto, la elección de Obama puede ser clave en cuanto a que el presidente recién proclamado ha señalado que tiene la firme intención de liderar los esfuerzos mundiales por reducir las emisiones de carbono. Pero esos cambios no son gratis y queda la duda de si tendrá el sufi ciente apoyo político para lograr que su ley de reducción de emisiones de carbono se apruebe antes de la reunión deCopenhague. Sin una ley promulgada que le permita negociar y demostrar la voluntad que Bush no tuvo, se ve bastante difícil que China (que acusa a Estados Unidos y al resto de los países desarrollados de ser responsables del al menos el 24% de sus misiones de carbono ya que, de acuerdo a la autoridad oriental, ellos son los que finalmente consumen los productos que causan esas emisiones) quiera participar en el nuevo protocolo.

De hecho, hace muy pocos días el gobierno chino presentó su primer Libro Blanco en política ambiental. Allí reconocen que el nivel de sus emisiones es casi el mismo de Estados Unidos y asume que el cambio climático está afectando duramente a sus recursos hídricos y a su agricultura, por lo que están “muy preocupados”. Pero también advierte que es muy poco probable que pueda recortar sus emisiones contaminantes ya que –como señala el texto– “el consumo energético, basado en el carbón, no puede cambiarse de forma sustancial en el futuro próximo sin afectar a la economía”.

En caso de que China no quiera aprobar el documento de Copenhague, lo más probable es que el resto de los G5 (grupo de países emergentes que reúne a Brasil, China, India, México y Sudáfrica) tampoco lo ratifi que. Basta recordar que el mes pasado –en Nueva Delhi– Brasil, India y Sudáfrica golpearon la mesa y advirtieron que “bajo ningún punto de vista estamos dispuestos a pagar la crisis de los países ricos”.

No sería la primera vez que un acuerdo medioambiental con pretensiones de salvar el mundo no llegue a buen puerto, dirá usted... pero el problema es que no sabemos si el planeta nos dará tiempo para redactar otro.

 

 

Lehman Brothers, el banco que salvaría al mundo

A futuro, existe la posibilidad de que la quiebra de Lehman Brothers no sólo sea sindicada como el momento exacto en que la crisis subprime mutó a una crisis financiera de alcances inéditos, sino que también se le recuerde como el momento en que la humanidad perdió la última posibilidad de revertir el calentamiento global.

Sucede que, cuando el 16 de septiembre pasado Lehman Brothers se acogió al capitulo 11 de la Ley de Quiebras norteamericana para salirse del mercado, no sólo facilitó el peor escenario económico mundial desde la crisis del 29, sino que también dejó trunco uno de sus proyectos más ambiciosos: salvar el planeta.

Tal cual.

El plan de Lehman Brothers era convertirse en uno de los agentes líderes en la colocación de permisos para la emisión de carbono. Para tal efecto llevaba varios años investigando el desarrollo del mercado y ya habían publicado dos papers titulados El negocio del cambio climático (ambos sobre las 100 páginas y disponibles en Internet). Todo indicaba que estaba listo para invertir una fuerte suma de capital en el desarrollo de este mercado. Pero, claro, nada de eso ocurrió. Lehman Brothers quebró antes de poder realizar cualquier iniciativa al respecto
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Cómo andamos por casa

Chile suscribió el Protocolo de Kyoto, a pesar de que –por su condición de nación emergente- no está obligado a reducir su emisión de gases de efecto invernadero. Pero no han faltado las empresas que han visto el potencial de negocio que representa la posibilidad de colocar bonos que se transan a nivel internacional.

En todo caso, independiente de la discusión internacional, nosotros tenemos una versión propia y que se manifiesta en el proyecto de ley que crea la nueva institucionalidad ambiental, ministerio ad hoc incluido. “En días pasados, la ministra de Medio Ambiente afirmó que el actual Sistema de Evaluación de Impacto Ambiental, opera y funciona. Nosotros compartimos plenamente esta opinión y por eso nos ha sorprendido mucho el nuevo proyecto de ley”, fue el mensaje del presidente de Sofofa, Bruno Philippi, en la reciente cena anual del gremio. Y a propósito de la crisis financiera, dijo que era mejor no hacerlo ahora “justamente en un momento donde lo que requerimos inyectar es unidad y certidumbres”.





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