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Artículo correspondiente al número 218 (30 de nov al 13 de dic 2007)
Aurelio Montes Jr. habló con Capital de negocios y sentimientos. Contó cómo ha sido su aterrizaje en la viña forjada, entre otros, por su padre y cuáles son sus planes de vida. Abogó porque los sectores privado y público trabajen por consolidar la imagen del país y de la industria y anunció que su retiro del sector vitivinícola será... el día que lo entierren.
Aurelio Montes Jr. habló con Capital de negocios y sentimientos. Contó cómo ha sido su aterrizaje en la viña forjada, entre otros, por su padre y cuáles son sus planes de vida. Abogó porque los sectores privado y público trabajen por consolidar la imagen del país y de la industria y anunció que su retiro del sector vitivinícola será... el día que lo entierren. Por Lorena Rubio; fotos, Verónica Ortíz.

Viene llegando de Estados Unidos, donde estuvo un mes visitando a clientes, traders y supermercados para vender una marca que conoce muy bien, pero a la que tardó en incorporarse: Viña Montes.
Aurelio Montes del Campo (33, agrónomo de la UC con mención en Enología) se convirtió desde febrero de este año en el nuevo jefe de enólogos de la viña en la que su padre es uno de los mayores accionistas. El tema no lo estresa, pero Aurelio Jr. tiene claro que hoy es “el rostro” de la firma para atraer nuevos consumidores y abrir más mercados, algo que lo obliga a viajar constantemente a las principales plazas de la firma: Norteamérica, Asia e Inglaterra.
Y aunque la mayor parte del tiempo lo pasa recorriendo los viñedos de la empresa, se da tiempo para sus principales hobbies: el paracaidismo (que ha practicado dentro y fuera de Chile), el tenis y para retomar su desconocido gusto por el boxeo. Además, cuenta que reinició su vida sentimental –tras la muerte de su esposa Francisca Cooper en Tailandia, en 2004– con una joven ejecutiva de una cadena de retail, con la que pololea hace 1 año y tres meses.
Sigue totalmente dedicado a la labor social y no elude afrontar temas que preocupan a la industria, como el tipo de cambio, la imagen-país y la agenda laboral. También el cariño que siente por el fundador de la viña, Alfredo Vidaurre, quien enfrenta una complica enfermedad.
-¿Ingresar a Montes fue darle el sí a tu padre (Aurelio Montes Baseden, socio y fundador de la viña), después de tantos años en Ventisquero?
-Nunca había trabajado en Montes, lo cual para mí era súper importante, porque fue una decisión de vida. Siempre he pensado que las cosas, para que uno las valore, deben lograrse con esfuerzo y pasión. En Australia, donde estuve un año trabajando y mejorando mi inglés recién salido de la universidad, tuve una conversación muy linda con mi padre en la que me dijo: “ya terminaste tus estudios, ¿cuándo te vienes a la viña”. Y mi respuesta fue: “no tengo ningún problema, pero en muchos años más. Necesito que me inviten como un profesional y no como el hijo de alguien”. Ahora se dio el momento y he hecho una carrera suficientemente importante para merecer estar aquí.
-¿Cómo han sido estos meses?
-Intensos y entretenidos. No es fácil entrar a una empresa como Montes donde el éxito se respira en todos lados (es la quinta viña chilena en retornos por exportaciones y la segunda en el mercado estadounidense). Aquí hay que mantenerse en la cresta de la ola, lo que implica perfeccionismo, trabajo y tener el concepto de calidad metido en la sangre. Aquí no existen vinos de medio calibre. Es todo o nada. Tiene también una connotación personal: a mi padre lo admiro mucho profesionalmente y es espectacular decir “esto lo aprendí de Aurelio Montes”, como escuché tantas veces a la gente que trabajaba en el día a día con él.
-¿Sigues a cargo de los mismos temas que veías en Ventisquero?
-Es básicamente lo mismo, pero aquí todo está enfocado en vinos tremendamente Premium. Tenemos tres vinos iconos, de altísimo valor. Lo que sí mantengo en mi trabajo es algo que siempre me ha preocupado: ser la cara de la marca, para lo cual tengo que viajar muchísimo y contar nuestra historia y posicionarnos entre los clientes. El desafío es mayor porque no somos una marca nueva y el nivel de exigencia es muy alto.
-Cuando recién llegaste a la viña, dijiste en una entrevista que habías “llegado para quedarte”. ¿Tus planes se mantienen o no descartas emprender algún proyecto propio?
-Se mantienen absolutamente. Yo vivo, pienso y duermo pensando en vino y en Montes. Cuando no estoy trabajando, estoy disfrutando, pero siempre en torno al vino. Los proyectos propios siempre van a estar. Soy enólogo, esa es mi esencia, y eso implica que siempre voy a estar buscando nuevos cultivos, tener un huerto, en fin. Por ejemplo, me encantaría desarrollar aceite de oliva.
-¿Cuántas copas se toma un enólogo al día?
-Dos copas. El fin de semana la cosa es más violenta (ríe).
-¿Te han ofrecido ingresar como socio a Montes?
-No, y creo que no podría, porque esta compañía cuesta entre 100 millones y 120 millones de dólares, así que tener el 1% cuesta 1,2 millón de dólares. ¡Imagínate!
-Este año sólo Montes y Santa Rita se mantuvieron en el que ranking de Wine Spectator, con los 100 mejores vinos del mundo. ¿Te sientes parte de ese logro?
-Sí, cien por ciento. En todo caso, si bien Wine Spectator es muy importante –sobre todo en el mercado norteamericano– no es Dios.
-Pero su opinión es seguida por los consumidores, ¿no?
-Sí, mucho. Es el ranking que más se mira. Pero hay que tener claro que un puntaje no sólo es “oh, mi vino es espectacular”. Salir elegido entre los 100 mejores es trayectoria, consistencia, calidad, imagen, ser conocido en EE.UU., y muchas cosas más.
-¿Con qué meta te retirarías satisfecho de Montes?
-Lo primero es consolidar lo que Montes es hoy. Y después, mi meta es apoyar los mercados que están más débiles, por ejemplo, Inglaterra, donde me encantaría que fuéramos más potentes. Ahora, nosotros tenemos un tema de capacidad de producción. No somos un Concha y Toro, sino que una bodega chica, por lo tanto, no es para volverse loco.