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Artículo correspondiente al número 227 (2 al 15 de mayo de 2008)
Sus primeros años de formación en el hogar, el colegio y la universidad; sus primeros negocios, su visión de los personajes históricos y su enfoque del momento actual. En fin, muchas hojas del libro de su vida fueron las que el empresario Ricardo Claro estuvo dispuesto a exhibir en esta entrevista; probablemente, una de las más memorables que me ha tocado realizar. Por Patricia Arancibia Clavel.
Cuando niño, su abuela le decía que tenía cara de juez del crimen. Y algo de cierto hay en ello. Pero detrás de su imperturbable seriedad se esconde un hombre mucho más cálido, abierto y entretenido que lo que la gente cree. Satisfecho de la vida, activo y siempre pensando en nuevos proyectos, Ricardo Claro Valdés tiene mucho “cuento”. Este exitoso abogado, profesor universitario y agudo empresario tiene fama de ser una de las personas mejor informadas y relacionadas de Chile. Ha sido testigo y protagonista de acontecimientos decisivos de nuestra historia reciente y ha tenido la oportunidad de tratar con personalidades de la talla de Benedicto XVI cuando todavía era el cardenal Ratzinger; de Henry Kissinger en la plenitud de su influencia y de Deng Xiao Ping en los años en que estaba dando un giro copernicano a la economía china. Sus Memorias –si decidiera escribirlas– no sólo serían un éxito editorial, sino un aporte significativo para el conocimiento y la comprensión de muchos hechos inéditos y desconocidos. Todavía no he logrado convencerlo. Sin embargo, aceptó esta entrevista sin cuestionario previo y me sorprendió la naturalidad con que a través de un hablar lento y pausado fue desgranando sus recuerdos, permitiéndome hurgar en algunos aspectos de su vida personal que pueden ayudar a develar el aura de misterio que rodea su figura.
-Don Ricardo, no es desconocido el aporte que varias de sus empresas realizan para apoyar el desarrollo cultural del país. ¿Cuándo y cómo surgió su interés por el mundo del arte, de la historia y de la cultura en general…?
-Fue durante mi infancia y gracias a mi abuelo materno, Ricardo Valdés Bustamante quien, entre otras cosas, fue senador y ministro de Hacienda. Cuando yo era chico, él era corredor de la Bolsa y llegaba a nuestra casa para ayudarme –al igual que a mis otros dos hermanos– a hacer las tareas y a ser un buen alumno. Fue él quien me enseñó a leer el diario cuando yo tenía siete u ocho años. Recuerdo que leía El Imparcial y –ya en ese tiempo– La Segunda. Fue mi abuelo también quien me incentivó el gusto por la historia, tanto de Chile como universal, y me abrió al mundo del arte y la pintura. Era un gran admirador de Velázquez y El Greco, así como de los impresionistas, en una época en que pocos se interesaban en ellos.
-Ud. proviene de una familia tradicional, pero de raigambre más bien liberal. ¿Cómo fue que forjó su tan acendrado catolicismo?
-Es cierto. La verdad es que en mi casa existía una religiosidad un tanto fría. Pero yo me eduqué en el Saint George’s, que primero dependió del Arzobispado y luego pasó a ser dirigido por sacerdotes norteamericanos de la congregación Holy Cross. Allí recibí una formación religiosa muy ortodoxa, dentro de un ambiente de libertad y de mucha apertura en lo social. Sin embargo, quien verdaderamente me dio a conocer otra dimensión de la fe fue Jaime Eyzaguirre cuando yo ya estaba en la Universidad. Fue él quien infl uyó en hacerme cambiar una fe superficial por una más profunda, cooperando con ello a que mi vida fuera adquiriendo otro sentido.
-Cuénteme un poco de su adolescencia, de sus amigos del colegio, sus pololas, sus hobbies…
-Bueno, el período en que comenzó a bajar un poco mi rendimiento escolar coincidió con la época en que empezaron a interesarme las niñas. La verdad es que no tuve el éxito que yo esperaba. Si bien tuve buenas amigas, no fui muy pololo porque las que me gustaban no me hicieron caso. Yo era bastante tímido. Por otra parte, mis amigos de entonces eran Gustavo Vicuña, hoy en la Fundación Las Rosas, un hombre muy inteligente; Marcial Parada, que luego se convertiría en sacerdote y Carlos López Urrutia, que vive en Estados Unidos y es autor de varios libros históricos. También estaban en el colegio Javier Vial y Fernando Larraín, con los cuales con el tiempo me asocié para hacer negocios. Por último, entre mis entretenciones estaban jugar fútbol –lo hacía harto mal– e ir al estadio. Desde los ocho años fui socio e hincha de la Católica. Con todo, mi gran hobby siempre fue la lectura, especialmente libros de historia.
-¿Cuándo y por qué entró a estudiar Derecho a la Universidad de Chile?
-En 1952 y a pesar que mi corazón estaba con la Católica por mi club deportivo, lo pensé mucho y llegué a la conclusión de que irme a la Católica iba a ser la prolongación del colegio y yo quería conocer el Chile real: masones, comunistas, socialistas, de todo. No me arrepiento para nada de esa decisión.
-Y, ¿conoció a ese Chile real?
-Claro que sí. Tuve la suerte de tener excelentes profesores y un grupo de compañeros muy notables y capaces, de distintas tendencias políticas y posiciones sociales. Me vienen a la memoria Eugenio Valenzuela Somarriva, que fue miembro del Tribunal Constitucional; Julio Luna, que era comunista y al cual le perdí la pista; Luis Ortiz Quiroga, el galán del curso y al cual todas las mujeres le coqueteaban; Alfredo Nazar y Raúl Brañes que, siendo radical, se hizo luego comunista; Juan Bambach, muy buen alumno y que había sido compañero mío en el colegio al igual que Juan Colombo. En la escuela me relacioné también con Juan Agustín Figueroa, ex ministro de Agricultura y presidente de la Fundación Neruda, a quien conocí peleando…
-¿Cómo fue eso?
-Peleando por materias de fe. Es que Juan Agustín era masón y yo católico, lo que nos hacía discutir mucho. Eramos distintos, pero nos hicimos muy amigos, hasta el punto que cuando él se casó y tuvo a su último hijo me pidió que yo fuera su padrino. Le dije que sí, pero con la condición que fuera bautizado. El aceptó y lo hicimos bautizar por el padre Gabriel Guarda.
-Es interesante lo que me cuenta, porque Ud. tiene fama de intolerante… ¿lo es?
-Puede ser que en alguna época yo haya sido muy intolerante. Pero, después aprendí que había que ser intolerante con el error, pero no con las personas. Tengo amigos que piensan muy diferente a mí, tengo varios amigos socialistas, tengo amigos de todos los partidos, salvo el Comunista…
-Quizás la intolerancia surge de ellos…
-Puede ser, quién sabe...
-Ud. me habló de que tuvo buenos profesores en la Universidad. ¿Hubo alguno que lo influyó de manera especial?
-Sin duda alguna, Jaime Eyzaguirre, quien fue mi profesor de Derecho Constitucional e Historia del Derecho. Junto con mi abuelo, fue el hombre que más influyó en mi formación. Aparte de haber sido un gran historiador –hispanista hasta la médula– era también un excelente profesor, lo que no siempre va de la mano. Yo había leído en el colegio su biografía de O’Higgins, la cual me impresionó mucho. Debo admitir que me encantó desde que escuché su primera clase y así le ocurrió a mucha gente del curso. Fue una persona muy querida por moros y cristianos y dedicó gran parte de su vida a educar. Era un católico muy fervoroso, un gran modelo de coherencia y consecuencia. Me encantaba ir a verlo a la librería “El Arbol”, que dirigía. Allí mantuvimos innumerables conversaciones sobre lo humano y lo divino.