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Reportajes y Entrevistas
Gonzalo Garcés. "Argentina es un país de opinadores"

Artículo correspondiente al número 227 (2 al 15 de mayo de 2008)

 

 

A Gonzalo Garcés le gusta polemizar y aspira a que un día lo vean como un desmitificador. Sus comentarios literarios le han granjeado enemigos pero no duda en decir que Cortázar es intragable y César Aira, la nada misma. Desde el próximo mes asume una nueva faceta, como columnista de Capital, donde reseñará libros de no ficción, publicados en inglés, francés o alemán, dando cuenta de su formación políglota y cosmopolita. Por Marcelo Soto; fotos, Verónica Ortíz.

 

 

 

 

Gonzalo Garcés tiene toda la pinta de haber sido de esos niños adelantados, medio geniales, que despiertan algo de envidia, cuando no antipatía, entre sus compañeros. Por eso parece haber forjado una piel dura, de cocodrilo, contra las críticas y los comentarios malintencionados. Le han dado duro a este escritor argentino, de padre chileno, y formación francesa, pero es algo que suele pasar con la gente que escapa a los moldes.

 

“Los golpes fueron muy buenos”, dice el novelista, de ademanes intensos y acento porteño, suavizado por periódicas mudanzas. “Estoy harto de cambiar de país”, cuenta a modo de explicación sobre su actual residencia en Santiago, ciudad en la que se siente más cómodo que en Buenos Aires. Mientras bebe lentamente un café corto, que hace durar una hora, se extiende con largueza sobre cualquier cosa, como si no necesitara mayores estímulos para la conversación.

 

Nacido en 1974, Garcés ha sido precoz en casi todo. Dicen que fue el crítico más joven del diario La Nación, de Argentina, donde comenzó a publicar en 1990. Por esa misma época llegó –igual que Nathan Zuckerman en La visita al maestro– con el manuscrito de su primera novela bajo el brazo a la casa de Abelardo Castillo, uno de los escritores argentinos de mayor prestigio.

 

“Me alarmó porque pensé cómo un chico de esta edad iba a escribir una novela y me alarmó más cuando la leí, porque era buena”, diría después el reconocido autor de El evangelio según Van Hutten sobre el encuentro con el muchacho de 17 años. “Ya en esa época me asombró el conocimiento que tenía de la literatura en general. Hablaba de Dostoievski, Miller o Knut Hamsum como lo haría un autor adulto. Había leído a Roberto Arlt, a Borges, a Cortázar. Censuraba, a veces muy duramente, a escritores que para su generación tendían a ser sagrados. Eso me dio la idea de que estaba realmente frente a un escritor potencial, porque miraba a los grandes escritores y a sus personajes con natural familiaridad”.

 

A pesar de haber publicado tres libros, Garcés considera que en realidad ha escrito apenas “un libro y medio, nada más”. Explica: “El futuro, que es la última novela que publiqué y el que estoy escribiendo ahora, que llevo la mitad. Los dos primeros habría hecho mejor en no publicarlos, simplemente para ahorrarles a los que lo compraron el mal rato”.

 

Garcés, que pasó muchos veranos en Viña, donde su padre se formó como arquitecto de la UCV, mata las noches de Santiago, en su departamento de Ñuñoa, escribiendo un relato que ya supera las 500 páginas. “Es complicado de contar, es una novela ambientada en Argentina, la historia de una conspiración que se desarrolla a lo largo de 40 años, y que involucra a muchos personajes. Fue interesante el trabajo de investigación, me tuve que meter a hablar con policías, empresarios, detectives, oficiales del ejército retirados y en actividad. Es un intento de hacer lo que echo de menos en nuestra narrativa: una novela realista, pero de un realismo que se ocupa de la circulación del dinero, del funcionamiento de la empresa, desde los anunciantes que sostienen los diarios a los quiosqueros que los venden”.

 

Aunque Abelardo Castillo afirma que “Gonzalo está entre los escritores que serán fundamentales en nuestra literatura”, la crítica lo ha tratado con dureza. Al publicar su segunda novela, Los impacientes, que ganó el Premio Biblioteca Breve en 2000, cuando tenía 26 años, las reacciones fueron encontradas. El infl uyente Ignacio Echevarria, que entonces escribía en El País, dijo que era una obra “de retórica también muy aprender de Borges todas estas exigencias, y puede aprender algo sobre las posibilidades que tiene la lengua y sobre la posibilidad de abrirse a todas las tradiciones sin escribir algo que se parezca a Borges. El eterno problema con la influencia de Borges es el siguiente: lo que se te pega de Borges cuando escribes son las tonterías, las cosas que son tan borgeanas que son caricaturales, como decir el espejo en que estaba el fondo de mi cuarto. Pero mi escuela son los escritores franceses de los siglos XIX y XX. Yo estudié en Francia y mucho de la lógica francesa se me pegó, sin duda.

 

 

-¿También los escritores norteamericanos del pasado siglo?

 

-Absolutamente, incluyendo a un escritor vivo como Philip Roth. Hay que separar lo que es la formación de lo que son los modelos de uno. Hay una pregunta que siempre me hago: ¿qué nos falta? ¿Por qué en nuestro continente se escribe tan poco sobre sexo? Se escribe desde la represión, simples exabruptos de rebelión; en cambio, en Roth y detrás de él, hay una tradición de escritura de la satisfacción y de la euforia, que es un sentimiento totalmente desconocido en la literatura de lengua española. Otra cosa: ¿por qué somos tan jodidamente malos para escribir novelas policiales y políticas? Se podrá discutir que hay novelas muy buenas, pero si uno compara un escritor como James Ellroy, con nuestros novelistas policiales, Ellroy tiene un nivel de precisión en el lenguaje, en los mecanismos internos, en los detalles que van desde el funcionamiento de un revólver hasta los métodos de investigación de un caso. Hace poco discutí esto con Fogwill, que es un escritor argentino que sospecho tiene preocupaciones parecidas. A él le interesa mucho el mundo real, en su aspecto material, algo que en la literatura latinoamericana despreciamos tanto. Y hablaba con Fogwil sobre la posibilidad de escribir una novela sobre el funcionamiento de una empresa. ¿Por qué vamos a vivir en la narrativa española como meros consumidores, nunca como productores? Si nuestros novelistas escribieran ahora mismo sobre nosotros dirían: dos amigos toman un café. Pero no sabrían cómo funciona ese café, cómo se administra el lugar. Es un aspecto de la realidad que es rico y complejo y que está ahí, ¿por qué va a ser tabú?


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Comentarios

1 Comentarios

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Publicado Domingo 18 de Mayo, 2008 - 03:46 hrs

Lo primero es que para ser tan joven es muy buen critico en lo literario, y por otro lado si va a ser columnista desde el proximo mes, me gustaria saber como poder interactuar en forma directa con el. Ademas es bastante guapo.

 
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