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Bienvenido, te encuentras en Inicio Reportajes y Entrevistas Germán Marín“Estoy en la lista negra de todos los escritores” |
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Artículo correspondiente al número 212 (07 al 20 de sept 2007)
El autor de La ola muerta habla de su último libro, Basuras de Shangai y de cómo la ficción puede fundirse con la vida. Así, repasa algunos momentos de su trayectoria, que ha sido siempre la materia de su obra, como la noche en que bailó con Ava Gardner o la tarde que bebió champán y habló de libros con Augusto Pinochet. Por Marcelo Soto; foto, Verónica Ortíz.
Cada cierto tiempo sobresale en el horizonte un escritor que parece contener y resumir las cimas y lagunas, las rabias y adhesiones de la narrativa local. Antes fue Roberto Bolaño, y antes de él José Donoso. Ahora no cabe duda de que Germán Marín es el hombre, el tipo que todos comentan o detestan o llevan a las alturas. Descontando a Jorge Edwards –que es el último de los consagrados– no hay otro autor que concentre tantos odios y alabanzas.
Marín no es un prosista fácil y seguramente nunca será un best seller, pero entre los lectores de verdad –que en Chile, como dice Gonzalo Contreras, no son más de 1.500– es una figura cenital, el centro de un nuevo canon, que desplaza de cierta forma a los narradores que fueron exitosos en los 90.
Sus tácticas narrativas son radicales. Pese a que abusa de las frases intercaladas, largas como una conversación de trasnoche, con párrafos extenuantes donde no hay un solo punto aparte, posee algo que en esencia es la marca de un escritor de estirpe: un estilo. Una manera de respirarescribir que finalmente captura. Su último libro, Basuras de Shangai, es una muestra de su oficio narrativo y ofrece algunos de los relatos más deslumbrantes que haya entregado la literatura chilena reciente.
Fuera de eso, el autor de La ola muerta –culminación de una trilogía que mezcla memoria, ficción y ensayo, donde las notas a pie de página forman una novela independiente– tiene una vida para contar. No solo fue contrabandista en su juventud bonaerense, sino que escribió textos firmados por Gabriel García Márquez, bailó con Ava Gardner y conoció a Borges antes de que el escritor argentino se convirtiera en Borges. Suficiente material para entretener a los nietos (tiene cuatro, a los que regalonea cada domingo en los almuerzos familiares que exige su herencia italiana).
Igualmente, ha tenido una larga trayectoria como editor, tanto en Chile como en México y España, y hoy trabaja en Random House Mondadori, donde no le tiembla la mano para rechazar textos que, por muy vendedores que puedan ser, no poseen según él la calidad literaria adecuada. Por lo mismo se ha ganado no pocos enemigos. “Estoy en la lista negra de todos los escritores chilenos”, me dice una tarde, la más fría del año, mientras tomamos café y él fuma un cigarro tras otro.
Por si no lo han escuchado, una de las cosas más singulares del novelista, imposible de esquivar si armamos el personaje, es su voz ronca y profunda que casi da miedo y con ese acento neutro, como el que tenía Bolaño, que otorga el haber pasado buena parte de la vida no en Santiago sino en Buenos Aires, el DF mexicano y Barcelona.
Por cierto, para ilustrar sus aciertos como editor, uno de los últimos libros en el que trabajó fue el exitoso Las armas de ayer, de Max Marambio, del que lanzará una tercera edición con prólogo de García Márquez. Las malas lenguas echaron a correr el rumor de que Marín era el responsable en gran medida de la buena factura del texto. “Eso es una injusticia tremenda. Apenas toqué el borrador”, dice con vehemencia. Y enciende otro cigarro.
1. La verdad de las mentiras
-En Basuras de Shangai hay un apartado que se llama “Lecciones de cosas”, donde rescata objetos como los pantalones de golf, los abanicos y maniquíes. Una lista de artículos discontinuados.
-Es una especie de museo del cual me gustaría ser su director. Debo aclarar que ese libro incluye algunas de las últimas cosas que escribí y otras de hace cinco años, pero que modifiqué mucho. Se transformó en algo distinto, autónomo.
-El relato Días perdidos, sobre un escritor que va a Isla Negra a escribir una novela que nunca escribe, tiene un divertido tono paródico. ¿Usted alguna vez hizo ese viaje que parece una tradición en la literatura chilena?
-No, para nada. ¡Nunca voy a la playa! Ese cuento tiene algo autobiográfico en el joven que intenta escribir, pero no en cuanto a los escenarios y sucesos. Yo siempre me he reído de la gente que va a escribir a Isla Negra. Es una tradición algo patética. Y en general se fracasa. Me acuerdo de Claudio Giaconi, pobre fi nado, cuando se vino a Chile, después de jubilar en Estados Unidos y me dijo con toda seriedad me voy a Isla Negra a escribir una novela. Qué tontería. Existe el mito de que ir a Isla Negra sirve para escribir mejores libros, como si Neruda pudiera ayudarte. Es bastante aldeano y ridículo. Lo mejor para escribir no es moverse de la pieza de uno, ahí tienes todo: tus libros, el teléfono...
-Es interesante esa mixtura que se hace entre ficción y autobiografía en la mayoría de sus libros. ¿Cómo llegó a esa fórmula?
-Es algo que se me va dando. Yo a veces modifico la realidad, porque me hubiese gustado que la realidad fuese distinta. Incorporo la ficción dentro de la línea de flotación de lo real. El libro es una suma de estos brotes, estas basuras que a uno le surgen en la mente a partir de lo vivido.
-La ola muerta, su anterior libro, es una mezcla de memorias y novela y comentarios sobe la escritura. ¿Qué hay de verdad y mentira?
-Hay verdad y hay mentira. Por ejemplo, lo que es verdad es que trabajé en la boite Rendez Vous, de Buenos Aires, en los años 50, que era de Oslvaldo Fresedo y estaba en la calle Maipú con Córdova. Fresedo era un director de orquesta, compositor, autor de Vida mía, de mucho prestigio, incorporado a la historia del tango. Eso es verdad, yo trabajé ahí y fui pinchadiscos. En esa época no era un trabajo con toda la parafernalia técnica actual, era una labor nada más. Bastaba seleccionar discos e ir poniéndolos durante una jornada, que empezaba como a las seis de la tarde y duraba hasta las diez. Entonces, hay una mixtura en esos relatos de la realidad, pero también de pronto el autor se va adonde le hubiese gustado ir y corrige esa realidad incorporando pequeños elementos de ficción de tal modo que el brazo del disco vuelve a su lugar y continúa la música.