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Bienvenido, te encuentras en Inicio Reportajes y Entrevistas Germán Marín“Estoy en la lista negra de todos los escritores” |
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Artículo correspondiente al número 212 (07 al 20 de sept 2007)
-¿Cierto fetichismo?
-Es una verdad que no habla bien de mí. Lo mismo me pasa con la ropa interior femenina.
-¿Cuándo conoce a Pinochet?
-Ingresé a la Escuela y el segundo año me toca como capitán de compañía Augusto Pinochet. Dura la cosa, muy jodida. No era más ni menos exigente que otros, pero era atrabiliario. Daba órdenes contradictorias. Se ponía nervioso, era permanentemente tenso. No inspiraba confianza.
-¿Era irresoluto?
-Yo creo que sí. Era muy desconfiado, siempre andaba tratando de pillar a la gente en algo. Siempre tratando de descubrir en el otro la equivocación, la maldad, qué sé yo. Eso lo hacía, para nosotros que éramos unos niños, un personaje temible.
-¿Qué piensa cuando Allende lo nombra comandante en jefe, lo reconoció?
-Por supuesto, lo tuve muy presente. Incluso antes que Allende lo nombra en un momento en que el general Prats viaja a Estados Unidos y la Unión Soviética, asume como comandante y ocupa la oficina de Prats en el Ministerio de Defensa y en ese momento el general Pinochet invita a sus ex cadetes a una copa de champán. Nos reunimos con él, esto te digo fue el año 72 y ahí conversamos, yo estaba metido en la cosa editorial, era escritor y hacía periodismo y él lo sabía perfectamente y entonces ahí me cuenta los dos o tres libros que tenía escritos, donde había recreado y estudiado el tema de distintos combates, ocurridos en la guerra del Pacífico. Sobre la historia de Chile desde el punto de vista militar, él presumía de erudito. “Bueno, me dice, por qué no editas estos libros, que no encuentro editorial, los militares con vocación de investigadores estamos en una situación desmedrada”. Ese era el Pinochet que conocía, hasta que aparece el otro Pinochet cuando vino el golpe. Y entonces dije la cosa viene dura.
-¿La publicación de Las cien águilas, donde relata su paso por la Escuela Militar, le provocó problemas con sus antiguos compañeros?
-No graves, pero se molestaron y a partir de eso no nos vemos más. Porque cuando yo volví a Chile después del exilio, ellos hicieron un gran esfuerzo de estar conmigo, de verme, de compartir cosas, de explicarme. Publiqué Círculo vicioso, y me dijeron “qué bien hombre”, pero cuando publiqué Las cien águilas, no les gustó nada.
-Allí cuenta que fue expulsado por emborracharse junto a unos compañeros vestidos de uniforme, a quienes sin embargo no delató. ¿Rompió un código al contar estas intimidades?
-Sí, rompí un código. Quiérase o no el que ha estado en la Escuela Militar pasa por un bautizo, no hay vuelta que darle. Uno queda bajo ese signo. Y yo rompí esa lealtad mínima que debía haber tenido con aquella gente, pero no podía, porque primó en mí el escritor antes que el ex cadete militar.
-¿Qué le dejó la Escuela Militar?
-Recuerdos nada más, el único patrimonio. Y luego me permite saber días antes que venía el golpe, porque me lo dijo un compañero.
-¿Qué hizo con esa información?
-La comenté con varias personas pero todo el mundo comentaba que venía el golpe. Era el lobo, el lobo. Todo el mundo diciendo viene el lobo. Y si yo decía lo mismo, “viene el lobo”, “ah, sí claro, viene el lobo, viejo”. Entonces nada. Llegó el 11 y bueno. Pasaron como dos meses, y me fui a México.
-Allí trabajó con García Márquez.
-Lo conocí a través de la viuda de Allende. García Márquez le dice un día “necesito que me presentes a alguien porque hay muchas cosas que yo tengo que hacer y que no me alcanza el tiempo, no es que quiera un secretario, pero alguien de confianza que por los menos dos o tres horas a la semana, se dedique a trabajar conmigo”. La Tencha consultó y salió mi nombre. La Tencha me digo “llámelo, acá esta el número”. “No, que me llame él”. Tampoco quería aparecer yo como el sirviente. Y fíjate que me llamó por teléfono y le dije juntémonos en mi casa, no vivía lejos de donde yo vivía, y nos quedamos de juntar un día a las 4 ó 5 de la tarde, les conté a mis hijos, que tenían once o doce años, García Marquez había publicado Cien años de soledad y acababa de publicar El otoño del patriarca. Fue muy amable, se conquistó a toda la casa y ahí empezamos a conversar de qué quería que yo hiciera, entonces llegamos a un acuerdo de que lo mejor era no tener sueldo sino que cada trabajo lo viéramos en sí.
-¿Qué tipo de cosas hacía?
-Por ejemplo recibía una entrevista con las preguntas escritas desde Italia. Y yo tenía que contestarlas. El se dio cuenta que yo conocía su obra, conocía lo que él decía en la prensa, en ese tiempo aceptaba muchas entrevistas y no me resultaba difícil darme cuenta qué cosas quería decir. Yo hacía el borrador, después él lo revisaba. Teníamos, digamos, una fórmula. Bien divertida. Me decía que yo ponía la letra y él la música. Siempre fueron textos secundarios dentro de su obra.
-¿Discursos?
-Sí.
-¿Se han recopilado esos textos?
-No tengo idea. Pero eran textos cotidianos dentro del ajetreo de una figura que en ese época estaba muy incorporada al mundo. Fue a fines de los 70 -cuenta Marín, dando por terminada la charla. Enciende un enésimo cigarro mientras pagamos la cuenta y agrega: “Empecé a fumar en la Escuela Militar. Una cajetilla al día”. “Eso al menos le dejó la Escuela”, le comento y el autor sonríe, antes de perderse, entre humos, en la fría tarde.