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Bienvenido, te encuentras en Inicio Reportajes y Entrevistas Gabriel Valdés. "Chile es un país gótico que necesita autoridad" |
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Artículo correspondiente al número 229 (30 de mayo al 12 de junio de 2008)
A pesar de su crítica visión del Chile actual, GABRIEL VALDES se confiesa feliz de estar nuevamente en el país. Próximo a publicar sus memorias, repasa en esta entrevista hechos fundamentales de la historia reciente y enjuicia la coyuntura: faltan decisión, cooperación latinoamericana, descentralización, cultura y altura de miras. Por Patricia Arancibia Clavel; fotos, Enrique Stindt
Luciendo esos modales impecables tan propios del Chile tradicional, Gabriel Valdés Subercaseaux recibe a Capital en el escritorio de su departamento del barrio El Golf, donde se ha instalado luego de regresar de su última misión diplomática en Italia.
El tiempo lo ha respetado –me digo con callada admiración y a semanas de cumplir 89 años sigue siendo el hombre buen mozo, distinguido y atento de siempre, preocupado por el porvenir del país y enamorado de su historia, materias de las que opina con cariño, pero sin concesiones sentimentales.
Buen conversador, huye de la contingencia menor y provinciana, comunicando sin afectación su visión de personas y cosas con la perspectiva de quien tiene –para regalar gran roce internacional y experiencia en el servicio público. No en vano asistió al colegio en Roma y estudió luego en el Instituto de Ciencias Políticas de París. Después, ya maduro, fue el ministro de Relaciones Exteriores de Eduardo Frei Montalva (1964-1970) y, durante toda la década siguiente, se desempeñó en Nueva York como subsecretario general encargado del Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD). Más tarde, ya de regreso en Chile, presidió el Partido Demócrata Cristiano, luchó denodadamente por la vuelta a la democracia y representó por dos largos períodos a la región de Los Lagos en el Senado, siendo, en el primero de ellos, presidente de la Cámara Alta.
Aunque no lo dice, probablemente su iniciativa más querida sea la Ley de Donaciones Culturales –torpemente desfigurada más tarde y la distinción más apreciada, el Premio Bicentenario 2002; todo ello, vinculado al rescate y preservación del patrimonio nacional. Ahora está dedicado a luchar por esa “ley castrada” y a revisar sus memorias que prometen ser una fuente imperdible para recrear la historia de ese Chile que se fue.
-Don Gabriel, ¿cómo se siente de vuelta en Chile?
-En lo personal, me siento muy bien, pero observo con preocupación lo que está pasando en Chile y, en general, en América latina. Pero, en verdad, no quiero hablar de la contingencia, de la pelea chica…
-¿Estamos bien posicionados como país en Europa?
-La admiración por Chile es grande y así se notó cuando viajó la presidenta, pero creo que es una admiración que se va apagando con el tiempo. Yo me acuerdo cómo fue recibido Eduardo Frei Montalva, el primer presidente chileno que viajó a Europa. Fue una cosa extraordinaria. A partir de ahí Chile comenzó a darse a conocer. Luego vinieron el gobierno de Allende y el gobierno militar, hechos que concitaron una gran atención. Pero luego, mi impresión es que Chile como que comenzó a relajarse, afectándolo también la progresiva mala imagen que se tiene allá de América latina…
-¿Ha influido en esa visión la falta de integración latinoamericana?
-Sin duda. En la época en que fui canciller, había mucha mayor unidad entre nuestros países. Teníamos gran amistad con Perú, Ecuador, Colombia, Venezuela, donde existían gobiernos democráticos, y también con los militares de Brasil y con Uruguay. Nosotros pensábamos en la necesidad de crear una América latina unida, siguiendo el ejemplo y el modelo de la unidad europea, tarea muy grande que se debió a personalidades sólidas y fuertes, como De Gaulle, Adenauer, De Gasperi. Gracias a sus liderazgos, fueron capaces de generar las bases de una Europa que hoy es una maravilla. Fue una hazaña democrática nunca antes realizada en la historia, con moneda común, parlamento y más de un millón de jóvenes participando de un programa educacional que les permite viajar prácticamente sin costo, con tranquilidad, sin angustia. No ven el fin del mundo, como lo vemos acá, donde las miradas generalmente no tienen perspectivas…
-¿Hubo intentos de hacer algo parecido en nuestro continente?
-Nosotros lo intentamos en los 60. En mis Memorias, voy a contar en detalle, por ejemplo, la conversación entre Frei Montalva y el presidente argentino Illia el año 1965, en que Eduardo le propuso formar una sola nación cuya capital sería Córdoba. En esa época se podía conversar de ello sin mayor escándalo. Crear una sola moneda hubiera significado un salto enorme para América latina. Brasil se entusiasmó pero vino el golpe militar y todo quedó en nada, pese a que los militares brasileños siempre fueron propicios a la integración. Luego vino el golpe en Argentina y entonces se pensó en el Pacto Andino con Perú, Ecuador, Colombia, Venezuela, siempre muy amigos. Muchos de sus líderes pasaron por mi casa. Trabajábamos juntos, con confianza, simpatía. Todos adheríamos a los principios democráticos y logramos hacer acuerdos económicos muy buenos.