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Artículo correspondiente al número 240 (31 de octubre al 13 de noviembre de 2008)

Las imágenes que evoco están almacenadas en el inconsciente y tienen su origen en mi propio contacto con
la naturaleza.
Mi particular punto de observación se centra en cómo la naturaleza se va reinventando a sí misma, a través de sus agentes naturales.
Sólo quiero rescatar las sensaciones, la energía gestual del paisaje térreo, con visión y carácter personal.
Es la intuición la que domina mi trabajo. En el diálogo con la materia, es el objeto quien sugiere los cambios, por lo que muchas veces el resultado creativo se aleja de la idea inicial. De este modo, privilegio la autenticidad del instinto expresivo, la espontaneidad de la obra.
Este trabajo nos invita a apartarnos un instante del mundo tecnológico y funcional, transportándonos a un territorio ajeno al paso del tiempo, alejado del desgaste de la modernidad.
Ruth Krauskopf
Conversaciones con la tierra

Me es difícil hablar de mi obra, ya que justamente trabajo la arcilla para expresar lo que no puedo decir con palabras.
Desde niña lo sentía y me preocupaba de escoger las palabras con cuidado, para ver si lograba transmitir, en cada frase, todos los matices de su significado. Por supuesto no podía.
Posteriormente tuve la suerte de encontrarme con la arcilla. Desde el primer instante me habló y yo le hablé. De ese diálogo, que sigue hasta hoy, nacen estas esculturas.
Y estas conversaciones con la humedad de la materia, con el grano que raspa mis manos, son hoy para mí como el aire que respiro, como los afectos que me nutren, indispensables e irrenunciables.
Keka Ruiz-Tagle
Sentimientos y espíritu en la materia

Elegí trabajar en cerámica porque me pareció un medio adecuado para contactarme con los sentimientos. La cerámica impone un ritmo lento, un camino largo, que se recorre con pasos cuidadosos. El tiempo de la cerámica no es el tiempo de la vida. En este andar necesariamente pausado surge el espacio para reflexionar. Es un privilegio trabajar con la tierra, el agua, el aire y el fuego, elementos esenciales de nuestro mundo, de la vida.
La arcilla transformó mi manera de relacionarme con la tierra, no sólo como paisajista, ya que he podido sentirla, moldearla, dándole otro tipo de vida y, a su vez el fuego, que no tiene forma y se adhiere, da el color, el calor y nos transforma.